LOS CULTIVOS ILÍCITOS *

LOS CULTIVOS ILÍCITOS *

Imposible soslayar en cualquier estudio sobre el Llano y la selva, por somero que este sea, la presencia de los cultivos y actividades concomitantes que giran alrededor de la marihuana y de la coca. Indeseables y dañinos en toda la extensión de las palabras pero, a estas alturas, incrustados fuertemente en la economía y la vida social de los llaneros, exigen una mirada estructural, profunda y seria,

20 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

contrariamente a los tratamientos puntuales, inmediatistas y demagógicos con que las políticas oficiales han querido disfrazar sus acciones equivocadas tendientes a combatir el problema.

Varios factores concurren a que amplias zonas de la Orinoquia, a partir de la década del 70, se hayan convertido en comarcas ideales para estas actividades ilícitas: la lejanía relativa de los centros citadinos de poder y control, una topografía de muy difícil acceso para quien no esté familiarizado con ella, verdaderos laberintos vegetales y fluviales que facilitan el ocultamiento de las plantaciones; pero, a la vez, una región con vías de comunicación precarias y tortuosas pero, al fin y al cabo, superables para el transporte de los productos ilegales hacia los centros de distribución nacionales e internacionales.

Desde el aspecto humano, las condiciones tampoco podían ser mejores: los pobladores de las zonas donde se radicó esta economía subterránea (sur del Meta, Guaviare, parte del Vichada y norte del Vaupés) son en su mayoría colonos empobrecidos ante el fracaso de todas las acciones de todos los gobiernos tendientes a racionalizar y rentabilizar la colonización y, por lo tanto, dispuestos a abrazar cualquier actividad que mejore sus precarias condiciones de vida. Además presencia de grupos indígenas aculturados que proporcionan buena mano de obra y se comportan como insuperables guías en la maraña y la llanura, refuerzan la nómina perfecta para empresas de este tipo.

En lo que nunca se hará suficiente énfasis, sin embargo, es en el hecho de que las ganancias que genera el comercio de la coca, fabulosas por cierto, no quedan en manos de los cultivadores sino de los traficantes. Para los primeros, si bien salarios y precios de productos son relativamente altos respecto a los tradicionales, paralelamente deben enfrentar unos costos desmedidos de subsistencia, disparados precisamente por el flujo de dinero incontrolado que genera la misma actividad. Por otra parte, como es bien sabido, el traficante, raramente oriundo de la región, invierte y dilapida sus fortunas en latitudes bien lejanas.

Pero los impactos negativos de estas llamadas bonanzas se quedan en la región: sicariato, prostitución, consumo exagerado de licores, deserción escolar, se expanden a ritmos vertiginosos con sus secuelas directas de descomposición familiar, rencillas en cadena, ambiciones incontroladas, machismo a ultranza, desprecio por la vida, creando a la postre un fenómeno global que bien los sociólogos han calificado como una subcultura del narcotráfico .

Y esa subcultura terminó arrastrando a buena parte de la sociedad orinoquense, de la misma manera que el fenómeno de los carteles de Medellín y Cali penetraron hasta las más altas esferas de la sociedad colombiana. La mentalidad coquera , aún no estudiada en su verdadero arraigo y profundidad, es algo que, lamentablemente, se respira en todos los estratos desde Villavicencio hasta Mitú y desde San José del Guaviare hasta Puerto Carreño.

Mientras tanto, las medidas gubernamentales para combatir el flagelo parecen más cortinas de humo que verdaderas campañas estructurales.

Acciones militares de todo tipo, medidas policiales, fumigaciones masivas y otras formas de represión, no dejan de ser simples medidas puntuales, distantes a kilómetros de una verdadera política económicoásocial que se apoye en análisis objetivos de una realidad contundente, continúe con metodologías científicas y humanísticas a largo plazo, y concluya en la real reivindicación de la región con el concomitante bienestar para los miles de llaneros que han resultado involucrados en esta paradójica forma de subsistencia ilícita.

Verdaderos programas de fomento agropecuario, sistemas modernos de comercialización de productos alimenticios, apertura y mejoramiento de vías, acometidas de electrificación y servicios básicos, atención integral a los problemas de salud y medio ambiente, educación a todos los niveles, desarrollo comunitario y de autogestión, serán indudablemente eficaces estrategias contra la subcultura de los narcóticos.

Sin embargo, mientras en los países consumidores del mundo no se apliquen medidas reivindicativas átambién humanas y científicasá contra los millones de adictos a las drogas, seguirá existiendo un mercado generador de utilidades incalculables que, siempre, alguien estará dispuesto a surtir.

En este orden de ideas, el problema del cultivo y comercialización de narcóticos en el Llano, es y seguirá siendo un asunto de toda la humanidad.

* Este texto hace parte del trabajo: Borradores para una reflexión orinoquense .

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