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COLOMBIA, AÑO CERO

COLOMBIA, AÑO CERO

El país se encuentra en el año cero de su historia reciente. Como si todo lo anterior hubiera perdido vigencia y aún no se tuviera un paradigma para el futuro cercano. Dos acontecimientos han hecho de 1995 el año cero: el escándalo político del Proceso 8.000 que ha sido la última gota, la que colmó la taza de una larga relación entre la política y el narcotráfico, y el asesinato de Alvaro Gómez, cuya figura fue punto de referencia obligada de los últimos cincuenta años de vida política.

El efecto de este par de sucesos trágicos no se reduce al subsistema político sino que se extiende en círculos concéntricos a todo el establecimiento económico, educativo, de comunicaciones, cultural a todas las regiones y capas sociales. Por primera vez, desde los meses que antecedieron a la caída de Rojas Pinilla, toda la política nacional está cuestionada. La diferencia radica en que en ese entonces había una fórmula de recambio, basada en la unión de la clase política, la reconciliación partidista y la búsqueda de la paz. Hoy, por el contrario, lo que vemos es una voraz antropofagia del estamento político, la ausencia de un esquema para relanzar la política y una total incapacidad y falta de voluntad para frenar la violencia (...) Mirada prospectiva Ante el anterior panorama, deliberadamente negativo y oscuro, la preocupación es por el quehacer de hoy y el de mañana. La primera tentación es la de abstenerse, replegarse sobre sí y dejar el campo libre a los extremistas. La segunda es dedicarse a instigar la caza de chivos expiatorios, obedeciendo esas pulsiones colectivas de desesperación que se anclan en lo malsano y morboso. La tercera es la búsqueda desesperada del orden moral total o la transparencia absoluta que no son de este mundo, pero que se pretenden conseguir volviendo al país una caja de cristal controlada por los medios de comunicación como un big brother mediático al estilo 1984 de George Orwell. La cuarta es predicar que el cambio y la reforma son imposibles, demasiado costosos, más sangrientos que permanecer en la guerra y la disolución de hoy. La quinta es reconstruir la nación desde sus fundamentos políticos y sociales, desde la soberanía y la seguridad hasta las instituciones políticas y la cultura.

Lo único válido es tratar de rehacer la nación. A partir de una revolución ética que renueve el pacto social, que deshiele los partidos y haga de los ciudadanos verdaderos actores sociales. Para ello hay que compensar por la rehabilitación de lo político, entendido como una pedagogía del bien común y una escuela de coraje, distante de la complacencia y la demagogia que hoy caracterizan lo político en el país. Buscar que lo político sea unir, democratizar y modernizar.

Democratizar es hallar un nuevo equilibrio de las instituciones, que respondan a la sociedad, que la ayuden a lograr sus metas: a superar la pobreza, a vivir en seguridad, a conseguir la aplicación de la justicia, a terminar con la guerra, al respeto a los derechos humanos y colectivos. Democratizar es sacar al Estado de la impotencia en la que se encuentra, del empantanamiento, de la parálisis, del ataque de los contrapoderes armados que lo han convertido en una fortaleza cerrada y asediada, sitiada. Democratizar es volver a la separación de poderes de Montesquieu, es decir, a un modelo de organización en el cual ninguno se abrogue el monopolio del espacio de lo público, ni está investido de una misión redentora que lo autorice a infringir el derecho, sino que todos permanezcan en el lugar que les asigna la Constitución.

Modernización o catástrofe Modernizar es elaborar una nueva forma de regulación económica y social. Que empiece por el presupuesto del Estado, la protección social de niños y ancianos, de las mujeres y de los discapacitados que ha dejado esta guerra infructuosa. Colombia no puede seguir siendo el país que abandona a sus niños, que los da en adopción o los lanza a la calle. Ni el país de los ancianos hambrientos. Ni el país de las víctimas de los balazos y las bombas, con un incapacitado en cada hogar, un padre asesinado, un hermano secuestrado y otro desaparecido. Modernizar es salir del círculo infernal de la violación de los derechos humanos, de la venganza y del odio. Modernizar es cambiar totalmente el sistema educativo para que satisfaga las necesidades humanas, las urbanas y las rurales, las de empleo y las de investigación. Modernizar es salir del empleo informal sin que la seguridad social quiebre a las empresas.

A la vieja lucha de clases, todavía rediviva entre nosotros, ha sucedido en el mundo la lucha de generaciones, la lucha de castas y la lucha de campanarios. No es deseable que nosotros, superada la antigua lucha de clases, nos embarquemos en las que imperan en otras regiones, como en lo que fue Yugoslavia. Pero sí, que reemplacemos la lucha de clases por la lucha por la justicia y el bien común, por la distribución de la riqueza, por la preservación ecológica, por la disponibilidad social para la utilización de los recursos.

Unir es movilizar las energías, más allá de la guerra y de las posiciones ideológicas, más allá de la izquierda o la derecha, del liberalismo o del conservatismo, para el rescate de la nación. Unir es compartir unos valores, unir es trabajar juntos, unir es ser solidarios. Esto tiene que ser la nueva política. Porque como dijo Malraux: No se hace política con la moral, pero tampoco puede hacerse sin ella . Este es el nudo gordiano de la política colombiana. Y el papel de los gremios es obligarla a unir política y moral, para que las agremiaciones puedan cumplir su misión de contribuir al bienestar de la patria. Los gremios no hacen ni la política ni la ética, pero dependen de ellas para producir y comerciar. Por eso tienen que influirlas, presionarlas y obtenerlas.

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