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UNA SOLA VEZ EN LA VIDA

UNA SOLA VEZ EN LA VIDA

Filmada a partir de la adaptación de la breve novela de Robert James Waller, de extraordinario éxito en Estados Unidos, la nueva película de Clint Eastwood, Los puentes de Madison está relatada bajo la advocación del diario íntimo. El diario que los hijos de Francesca Johnson (Meryl Streep), Michael y Carolyn, descubren cuando la madre ha dejado en libertad el legado de sus pertenencias, una vez muerta. Sellado por el pudor y el secreto, aquel diario, en tres pequeños volúmenes, contiene la narración íntima y estremecida, escrita a la sombra del recuerdo de los cuatro días que compartió su vida, en una inesperada y súbita relación amorosa con un desconocido, el fotógrafo Robert Kincaid (Eastwood) cuando se cruzó en su camino. De tal manera que la historia que se nos relatará habrá sucedido treinta años atrás, en 1965, cuando sus protagonistas ya han desaparecido, lo que impregna al relato de una especie de evocación del tiempo pasado, del amor, la nostalgia y la muerte.

Imposible sustraerse de la gravitación inequívoca de estos elementos ya que su presencia y su conjunción es lo que le da a la película de Eastwood su conmovedora intimidad, su devenir meditativo, ese aire poético y esencial a toda verdadera historia de amor. Historia arquetípica, que si para los hijos de Francesca puede llegar a ser turbadora, más allá del juicio moral que ella pueda implicar, se constituirá en mito verdadero, puesto que ya ha sido arrebatada del curso del tiempo que la ha clausurado. Y es así como se convertirá en una lección de vida, en una reordenación hipotética de los valores que decidirá sobre la nueva marcha de sus vidas.

Recuerdos comunes La historia misma ha sido contada una y otra vez, sin jamás llegar a agotar su verdad y su poesía, su contenido misterioso, vago y errabundo, su inspiración y su propia búsqueda. Es la historia de un encuentro amoroso, de la fuerza vital y persuasiva que hay en él, de la intimidad consumada y de la nostalgia del paraíso. La manera como Eastwood ha relatado esta sencilla pero irresistible historia de amor, llevándola a un grado de emoción pocas veces alcanzada, conlleva un conocimiento de la vida y del cine que puede reducir todo un mundo amoroso a sus trazos esenciales. Minimalista y esencialista, introduce al espectador con perfecta delicadeza en un ritmo pausado y necesario, evocador y nostálgico, hasta el corazón de ese encuentro fortuito y milagroso sobre el cual podrá decir Robert Kincaid en su momento culminante: Certezas como esta solo se tienen una vez en la vida Fotógrafo y aventurero, su largo vagabundeo quizá lo haya conducido finalmente hasta allí como la meta a la cual, de pronto, estaba desde siempre destinado. Y así se lo deja saber a Francesca. Ella se encuentra en el polo opuesto; pertenece a la tierra, al hogar, a la familia, se ha entregado a una vida tranquila, pero no insubstancial. Ambos han leído a Yeats y el mutuo recuerdo que confluye en uno de sus versos se nos presenta, más que como una referencia culta, como la presencia del espíritu que sopla en la inquietud de los seres que se aman. Ellos tampoco comprenden cómo ni por qué han llegado allí y mucho menos qué será de su puro y misterioso encuentro y por eso sus diálogos son balbuceos y tentativas.

Grave, sin concesiones a los clisés comunes a las historias de amor, sin falsos sentimentalismos y lejos del pathos ostensible de ciertos relatos de amor, dramática y realista, Los puentes de Madison, anulando toda sombra de los posibles giros de comedia fácil que la vida pueda tener, es el triunfo de quien ha entrado en posesión de un lúcido y vigoroso estilo propio. Su proximidad al drama intenso, y doloroso al final, puede parecer una exacerbación de ese estilo, cuando incluso llega al límite de lo fantasmagórico. Diríase, por el contexto en que está situado el corazón del relato, que esta película abre de nuevo la querella sobre la incompatibilidad entre el amor, la pasión y el matrimonio, de la que Denis de Rougemont dio tanto de que hablar en su época

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