La Sierra, un barrio que quiere sobrevivir

La Sierra, un barrio que quiere sobrevivir

18 de septiembre 2011 , 12:00 a.m.

Yeison Gualdrón Redactor de EL TIEMPO Mínimo hay que ponerle la mano a diez taxis para que algún conductor decida llevarlo a uno a La Sierra, es lo que aseguran quienes habitan este barrio de la comuna 8 de Medellín, que se hizo famoso con el documental que lleva su nombre y en el que se narra una violenta realidad, en una época donde la 'autoridad' de la periferia la ejercieron los paramilitares. A él se sube por una angosta carretera. A duras penas caben dos carros pequeños; si viene un bus o un camión, toca dar reversa en la loma, esa en la que hace 35 años algunos campesinos sin esperanza y desplazados por la violencia llegaron para convertir un pedazo de montaña en su hogar.

Las casas parecen trepadas unas sobre otras. Interminables escaleras conectan un laberinto en el que un forastero se perdería con facilidad. El aire es fresco y hasta el canto de las aves se escucha con nitidez. Pero no es secreto, en La Sierra esa aparente tranquilidad dura poco. "Aquí no podemos negar que hay grupos armados y un conflicto histórico", asegura Jorge Gaspar, un ebanista que a falta de empleo dedica sus horas libres a trabajar, como él dice, por el bienestar de su comunidad. El ocaso golpea la montaña, la gente sonríe, los niños juegan, parece como si nadie recordara que de cuando en cuando las balas zumban por encima de las casas de La Sierra, que como hace más de 20 años es el escenario de una guerra entre los grupos armados que se enfrentan a barrios vecinos, como el 8 de Marzo y Caicedo. Frontera con historia Esa guerra entre los tres barrios creó una de las fronteras invisibles más antiguas de Medellín, la de Tres Esquinas, en Caicedo, considerada por los habitantes de La Sierra como la más aterradora. "Hace unas semanas obligaron a un hombre, en compañía de su esposa quien era mi familiar, a bajarse del bus y allí les dispararon. La mataron y el muchacho quedo herido", denunció un habitante del barrio, quien por miedo miedo oculta su nombre.

Esa 'frontera' hace que muchos jóvenes observen una ciudad que crece en la distancia. Pero no Norberto Castaño, quien con su música y sus letras ha desafiado las históricas fronteras invisibles impuestas por los 'combos'. Norberto es de poca estatura, usa pantalanes anchos y a pesar de que lo han bajado en Tres Esquinas y se ha salvado de morir en esos retenes ilegales, va todos los días al centro, a cumplir su sueño: ser un artista de la música urbana. Lo paradójico es que su afición a ese arte se la inculcó uno de los líderes de las bandas, quien se negó a recibirlo en el grupo armado cuando apenas era un niño. "Ellos se mantenían con dinero y bien vestidos, mis zapatos estaban rotos, pero cuando yo le dije al jefe de ese entonces que me diera trabajo me miró a los ojos y me respondió: 'Vos estás para otras cosas'. Hoy se lo agradezco", recuerda con una sonrisa. Hoy, Latin Power, como se llama la agrupación de Norberto, grabó su primer video clip con el que espera mostrar el otro lado de las calles del barrio que lo vieron crecer. Pero esta no es la suerte con la que corrió Camilo*. Tenía 17 años cuando a su casa llegó el comandante del 'combo' de Villa Turbay -barrio limítrofe de La Sierra-, alias 'Orlando'. "Nos dijo -a su madre y a él- que si yo no trabajaba para su banda me tenía que ir del barrio", recuerda. Desplazado, pues la segunda opción era la muerte, fue recibido en La Sierra.

"Acá nunca me obligaron a trabajar con ningún grupo armado, por eso me quedé", dice el hombre de 23 años. Sin embargo, haber sido exiliado del barrio Villa Turbay hizo que conociera lo que es estar "encarcelado". "La Sierra sólo tiene una entrada. Si bajamos nos matan -dice mientras observa a lo lejos-. Es una ciudad extraña la que crece allá abajo", comenta mientras contempla los edificios del centro de Medellín, aquellos que desde hace cuatro años no ve de cerca.

Ese encierro y sin oportunidades de conseguir un empleo hizo que el joven se hiciera pasar, según él, como miembro de un grupo armado, su razón, acceder a los recursos del programa de resocialización de la alcaldía de Medellín Fuerza Joven. "Nunca en mi vida he empuñado un arma. Acepté hacerme pasar como delincuente por la plata, porque aquí no hay trabajo", asegura. Con ese dinero (400 mil pesos al mes) y con lo que se hace lavando los buses de La Sierra, Camilo mantiene a su esposa y su sobrina, pero tiene miedo, pues según él, por ese error se convirtió en un objetivo de otros combos de 'abajo'.

Camilo no puede bajar por la angosta carretera se conforma con verla en las noches, como estrellas lejanas.

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