SHAKIRA EN EL DESCONCIERTO

SHAKIRA EN EL DESCONCIERTO

Los tres muertos y cuarenta heridos en el (des)concierto del viernes pasado, confirman una vez más, como si ello fuera necesario, una de nuestras peores tradiciones: aquella que desprecia, con una vulgar mezcla de ignorancia y afán de lucro, cualquier forma de organización.

22 de agosto 1996 , 12:00 a.m.

Todos sabemos que, en el fondo, de eso se trata. Aunque ya haya empezado la danza de los señalamientos (que yo no, que tú o, mejor, que ni tú ni yo, sino el otro) porque culturalmente nuestra sociedad es proclive a la producción de individuos incapaces de reconocer sus errores, porque la cultura de la mediocridad significa el imperio de los irresponsables y porque debe ser muy poco lo que importan los seres humanos cuando se mira la realidad con un signo de pesos en cada ojo.

Lo más lamentable, como siempre, es que las responsabilidades habrán de diluirse en la vil telaraña de las componendas y los matrimonios de conveniencias, ya que, también por desgracia, una de las escasas formas de solidaridad social que conocemos los colombianos es la solidaridad en el delito.

En cuanto a Barranquilla, sabemos así mismo, en la medida que lo sufrimos un día tras otro, que nuestra querida ciudad sucumbe ante el embate fluvial de cada invierno y se destroza en calles inconcebibles, justamente porque no ha conocido la menor forma de planeación urbana. De manera que suponerla preparada para organizar cualquier tipo de eventos multitudinarios constituye una presunción desmedida, cuando no una encubierta manifestación de oscura mala fe.

Tampoco ignoramos que esta última surge, por lo general, en la filistea mentalidad del mercader que sólo ve en la ciudad un sitio de feria, donde habrá de multiplicar hasta el delirio sus oportunidades de ganar más y más dinero. Criterio que lo llevará, por ejemplo, a considerar como un simple rebaño, como inermes ovejas de su ganancia, a los miles de adolescentes que asisten a un concierto en pos de un sueño que usted, señor mercader, llámese como se llame, ha convertido en una pesadilla, en un espantoso (des)concierto que lanzó a tres jóvenes a la muerte. Y no me imagino cómo puede dormir con ese afilado recuerdo.

Claro que, siendo justos, no ha sido usted solo. Lo ayudaron, como es usual, las complejas estructuras de la ineficacia sobre las cuales se erige nuestra cultura de la mediocridad. Estructuras que facilitan las cosas para filisteos irresponsables como usted, que obtuvo el correspondiente permiso de la Secretaría Distrital de Gobierno y no prestó mayor atención, como tampoco lo hizo la Policía, a las fritangas en las puertas de ingreso, que se convirtieron en las infernales pailas donde debería quemarse su conciencia, si es que la tiene, y no la piel de tanta gente indefensa. Estructuras que, por una estúpida paradoja, le dificultan en cambio la menor diligencia a todo aquel que quiera actuar conforme a la ley y a los principios de la ética. De manera que no nos preguntemos dónde estuvo la falla, no seamos fariseos; la falla, como todos sabemos, estuvo en todas partes. Así lo quiere nuestra peor tradición.

Y lo anterior no guarda ninguna relación con ser o no ser un ídolo, ni con la profunda mirada de tristeza que tenían los ojos árabes de Shakira, cuyas canciones, por cierto, evocan esa Barranquilla que, a las puertas del siglo XXI, se debate entre las formas de una posmodernidad prestada y las reales crudezas del atraso, entre las esquinas vestidas de viernes en la noche y los pies descalzos de cada mañana. Ciudad de los mil contrastes, donde lo que no se quiere se mata , y hasta es posible el milagro de que nazca una voz como la tuya, que se arrastra melodiosa por las sensuales cadencias del pop con la fuerza medular del trópico hechizado. Así que sigue cantando, Shakira, que la ciudad quiere tu arte como quiere la luna de octubre, la brisa de diciembre o la tarde de la Batalla de Flores. Como quiere la vida sin más, el amor sin menos y el feliz temblor de las emociones verdaderas. Porque son los artistas quienes nos salvan del caos sistemático en que se han convertido nuestras ciudades.

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