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ALAIN JUPPÉ, EN UN CALLEJÓN SIN SALIDA

ALAIN JUPPÉ, EN UN CALLEJÓN SIN SALIDA

La tercera semana de huelga en Francia comienza a mostrar las verdaderas armas con las que cuentan los sectores enfrentados: el gobierno y los sindicatos.

Tras un fin de semana en que el primer ministro Alain Juppé, que se negaba de plano a negociar directamente con las centrales Fuerza Obrera (FO) y Confederación General de Trabajadores (CGT), decidía en vano el envío de un mediador para hablar con los sindicalistas, y de reuniones entre los sindicatos y el Ministro de Asuntos Sociales Jacques Barrot, ahora le tocó su turno.

En otras palabras: la determinación de los huelguistas fue más fuerte que la autoridad de la que Juppé se siente investido, y éste debió retroceder y abrir su propia puerta al comprobar que las aperturas previas no daban resultados.

Esta concesión de Juppé, la de negociar personalmente, unida a otras como la promesa de que el plan de reestructuración de los ferrocarriles nacionales (SNCF) quedará aplazado sine die, que no se modificará la edad de jubilación del personal de la SNCF (que es de 50 años), y que después de la crisis se hará una reunión cumbre sobre el empleo en la que se discutirá principalmente la reducción del tiempo de trabajo, suponen para la clase trabajadora una primera victoria.

La encrucijada de Juppé Pero la huelga sigue pues Juppé no ha aceptado retirar o al menos congelar el plan de reformas, y porque se niega a negociar de forma global el conjunto de los problemas, amen de que los directivos de los sindicatos, Louis Viannet, de la CGT, y Marc Blondel, de FO, parecen ahora determinados no sólo a lograr su objetivo sino también a derribar al primer ministro, como un escarmiento por haber intentado tocar el sistema social francés sin diálogo ni concertación previa.

El problema ahora para Juppé y los sindicatos es cómo salir de la crisis. Tras 18 días de inactividad y gigantescas manifestaciones en las que, sumando, ha habido 5 millones de personas en la calle, parece difícil llegar a un acuerdo que satisfaga a las dos partes sin que haya grandes concesiones de alguno de los dos lados. En Francia, históricamente, los cambios relativos al régimen laboral, de pensiones o de la salud, se han hecho siempre por concertación social, es decir a través de negociaciones entre el poder y los representantes de los trabajadores.

El error de Juppé fue lanzar un proyecto de reformas tan sensible por decreto, apoyándose en esa mayoría absoluta que le da el poder supremo en todas las instancias de gobierno. Como el poder de su partido es mayoritario, el único espacio de discusión para oponerse es la calle. El caso claro es la CGT, una central moribunda que parecía tener sus días contados, y que ahora, con esta crisis, volvió a revitalizarse al punto de poner, junto con su vieja enemiga FO, en jaque al gobierno.

Salida sin salida Salidas a la crisis? Difícilmente habrá un acuerdo rápido, pues a estas alturas de la huelga los sindicatos no pueden hacer quedar al sector laboral como perdedor, en un país de gran tradición sindical y luchas sociales.

Y tampoco Juppé puede presentar a los trabajadores como perdedores, pues de ser así los días del gobierno, ya no sólo del suyo sino incluso del de Jacques Chirac, estarán contados, pues hay que recordar que Chirac fue elegido con la promesa de no modificar las ventajas sociales de los asalariados. Juppé no quiere retroceder por una cuestión de estilo político, y los sindicatos tienen la obligación de dar respuestas afirmativas a las peticiones de los trabajadores que han perdido con la huelga un 50% de sus salarios en el mes de Navidad.

Así las cosas la única salida posible parece ser la caída de Juppé, pues retirar ese plan de reformas sería para él el fin de la razón de ser de su gobierno, al menos de la razón de ser que él mismo quiso darle a su gestión.

Y mientras tanto, en las calles, la huelga parece haberse convertido en un modo de vida. Paralelo a las manifestaciones, como la prevista para este martes y que sin duda será multitudinaria, la vida cotidiana de los franceses se ha ido adecuando a la situación con todo tipo de consecuencias. La falta de transportes ablandó por ejemplo, el endurecido corazón de los parisinos, y ahora es difícil ver un automóvil que no se detenga a recoger a los que echan dedo, que no se muestre cooperativo y hasta generoso, desviando su trayecto en aras del bien común.

En fin, la prolongada huelga convirtió a París en una ciudad de seres humanos pues la población, en su ir y venir, parece haber redescubierto esa cosa misteriosa que se llama el prímo , y que de ser una efigie plana recostada en la puerta del Metro pasó a ser un señor de nombre y apellido, con un trabajo y unos problemas precisos.

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