EL DÍA QUE LLORÓ EL CORSARIO NEGRO

EL DÍA QUE LLORÓ EL CORSARIO NEGRO

Hace muchos más años de los que estaría dispuesto a reconocer devoré con pasión los libros de aventuras de Emilio Salgari. Casi todos me encantaban. Pero hubo uno, entre todos, que me dejó perplejo, y fue el del Corsario Negro. Recuerdo vagamente que sus primeros capítulos me parecieron muy interesantes, repletos de aventuras y de duelos. Pero que después se desataba una aburridísima historia de dolor y amor que dio el traste con mi interés infantil y me condujo a buscar lecturas más animadas. Hace poco encontré en una librería de viejo un tomo ajado de El Corsario Negro y, empujado por la nostalgia, me lancé sobre él. Quería saber si podía conmoverme con las peripecias de este personaje tanto como en otros tiempos.

09 de septiembre 2001 , 12:00 a.m.

Hace muchos más años de los que estaría dispuesto a reconocer devoré con pasión los libros de aventuras de Emilio Salgari. Casi todos me encantaban. Pero hubo uno, entre todos, que me dejó perplejo, y fue el del Corsario Negro. Recuerdo vagamente que sus primeros capítulos me parecieron muy interesantes, repletos de aventuras y de duelos. Pero que después se desataba una aburridísima historia de dolor y amor que dio el traste con mi interés infantil y me condujo a buscar lecturas más animadas. Hace poco encontré en una librería de viejo un tomo ajado de El Corsario Negro y, empujado por la nostalgia, me lancé sobre él. Quería saber si podía conmoverme con las peripecias de este personaje tanto como en otros tiempos.

La experiencia, como casi todo lo que se ensaya en busca del tiempo perdido, fue extrañísima: esta vez la parte de aventuras me pareció convencional y floja, y en cambio descubrí unos capítulos extraordinarios cuando el Corsario Negro queda, como Antonio Machado, al fin solo con su corazón y el mar. No digo que las aventuras fueran del todo desdeñables. Hay en particular una larga secuencia en que el Corsario y sus amigos sufren sitio en una casa de Maracaibo, que me hizo evocar la claustrofobia que padecen los personajes de Alvaro Mutis en sus novelas (donde alguna sombra del autor de Sandokán flota). Algún día habrá que escribir sobre la claustrofobia en Mutis y Salgari.

Pero lo realmente interesante era aquella parte que me aburrió tanto cuando estudiaba primaria. El Cosario Negro es un realidad un noble italiano, don Emilio de Roccabruna, señor de Valpenta y Ventimiglia, que, por cosas de la vida, termina llevando vida de pirata. Lo mismo ocurre con dos de sus hermanos, que se hacen a la mar como el Corsario Verde y el Corsario Rojo y mueren ambos asesinados por el cruel gobernador de Maracaibo, el miserable flamenco Wan Guld. El Corsario Negro se presenta en el puerto ansioso de rescatar el cadáver de uno de sus hermanos. Logra hacerlo, no sin arriesgar la vida, y zarpa con él en su buque, El Rayo, rumbo a las islas Tortugas, sede de los filibusteros. En el camino derrota a una nave española y recoge a una hermosa muchacha holandesa que va a bordo y de la cual queda enamorado: la única mujer a la que he querido de verdad .

Este viaje de regreso, que me hizo bostezar de niño, me parece ahora una pieza estupenda de literatura romántica. Salgari pinta al Corsario como un personaje atormentado por la pena y el luto, en quien no se sabe qué sobresale más: si el valor o la tristeza. Su hazaña no ha consistido en salvar la vida de sus hermanos, sino en bajarlos de la horca y entregarlos al oceano. Poca cosa. Es un juntacadáveres.

Todo en el Corsario concita pesadumbre y estremecimiento. "El Rayo avanzaba con la rapidez de una gaviota, hendiendo el agua fulgurante con su agudo espolón. Tan negro como era, parecía el fantasma del legendario y maldito holandés, o el barco féretro navegando por un mar de fuego . Lo del agua fulgurante es porque Salgari pone a El Rayo a surcar un mar donde las crestas de las olas parecían despedir chispas, y la espuma formando como una franja, proyectaba magníficas fosforescencias . Es un mar que se ilumina de repente por la luz verdosa de los peces. Pero esto sólo ocurre porque se apresta para recibir el cadáver del Corsario Rojo.

La escena es majetuosa y pone los pelos de punta. Al despuntar el alba, un alba cuyo color se asemejaba al gris del hierro , El Corsario imparte la orden de arrojar al agua al querido fiambre. El contramaestra y tres marineros lo envuelven en una hamaca lastrada con balas de cañón y lo dejan caer por la borda. El fúnebre bulto se precipitó entre las olas, levantando un gran salto de espumas que semejaba una llama. Todos los filibusteros estaban inclinados sobre las amuras. A través de las fosforescentes aguas se veía cómo el cadáver descendía al fondo de los misteriosos abismos del mar describiendo grandes ondulaciones . Es una descripción casi cinematográfica hecha por un escritor que se suicidó en 1911.

Minutos antes, frente a su hermano ahorcado, el Corsario convocó a la tripulación y rompió el fúnebre silencio que reinaba a bordo del buque para proferir un terrible juramento. Hombres de mar! -grita-. Juro por mi honor, por estas ondas, nuestras fieles compañeras, y por mi alma, que no gozaré de bien alguno sobre la tierra hasta que haya vengado a mis hermanos, si no mato a Wan Guld y extermino a toda su famili, así como él ha exterminado a la mía! La lealtad a este juramento la habrá de traer varios dolores de cabeza al inconsolable filibustero. En el segundo tomo de la novela ocupa, con enorme despilfarro de vidas, a Maracaibo y Gibraltar (Venezuela), pero se le escapa el gobernador Wan Guld. Y lo peor es que se entera de que esa blanca pálida y adorable que le ha arrebatado el corazón es hija del odiado personaje. Momento poco envidiable: si ha de ser fiel a su juramento de venganza, debe dar muerte a esta mujer que lleva la sangre del maldito; pero ello significa el sacrificio irremediable de su corazón.

Al terminar el libro, el Corsario cumple su palabra y ordena abandonar a la muchacha en una chalupa en alta mar y en medio de una tempestad feroz para que se la traguen las olas. Frase final, pronunciada por un ríspido pirata a otro:.

-Mira hacia arriba: el Corsario Negro llora.

Para el lector que soy ahora, este final es hermoso y suficiente. Pero sospecho que la historia continúa en otro libro. Hace muchos años debí de haberla leído y disfrutado, pero ahora no recuerdo nada. Voto a Belcebú que la aventura ha vuelto a emocionarme! No habrá un alma caritativa que me diga dónde prosigue, o, por lo menos, cómo termina la biografía de este italiano improbable que peleaba mucho y lloraba poco?

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