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Conspiraciones, un deporte nacional

Conspiraciones, un deporte nacional

Si le buscamos a la historia de Colombia un hilo conductor, lo encontraremos en las conspiraciones que han ocurrido en nuestro país desde la Colonia hasta el siglo XX. Aunque ya lo había vislumbrado en la investigación para El corazón del poeta (biografía de José Asunción Silva), no lo tuve claro hasta hace poco, al redactar la crónica de Las grandes conspiraciones en la Historia de Colombia (Random House Mondadori, 2011).

Pensé que cada conspiración podría tratarse como un episodio aislado, acorde con las características de la época y de los conspiradores. Pronto pude comprobar que en la historia no existen los hechos aislados ni casuales.

Todos, de atrás para adelante, están conectados por hilos, unas veces evidentes, casi siempre invisibles. Los que no se ven suelen ser los más fuertes y los más reveladores, dado que las conspiraciones son impalpables hasta el momento de su triunfo o de su fracaso.

En la contratapa del libro anota el editor que "detrás de todo hito histórico se oculta una gran conspiración. Colombia ha sido fecunda, desde los tiempos coloniales, en conjuras que buscan el acceso al poder por medios distintos a los que indican las leyes y las normas constitucionales". A los conspiradores nunca les falta un pretexto desinteresado para justificar su acción. En algunas ocasiones, a lo mejor, no los mueve otra idea que la de sostener una noble causa. Derrocar a un tirano, cambiar un orden de cosas injusto, etc. Sin embargo, en la mayoría de los casos, los motivos son menos altruistas y más inclinados a favorecer ambiciones de poder o intereses personales. Las apariencias refinan su capacidad de engaño.

Instituida en 1550, la Real Audiencia de Santafé, que gobernaba el Nuevo Reino de Granada y administraba justicia en nombre de su majestad el rey de España, había sido la más infecta de las entidades coloniales, y los oidores, los más odiados entre los funcionarios españoles asignados al Nuevo Reino. Los oidores de 1715 no desmerecían el rechazo ganado a pulso de corruptela por sus antepasados. Felipe V, harto de las quejas constantes que recibía acerca del comportamiento de sus magistrados en Ultramar, envió a su amigo el capitán Francisco Meneses Bravo de Saravia con el cargo de presidente de la Real Audiencia, y, además, le confirió el de gobernador y capitán general del Nuevo Reino, con lo que le daba poderes amplísimos. Una lucha sorda, y sórdida, se entabló entre el presidente y los oidores, con lances novelescos, que concluyeron en la conspiración de 1715 y la deposición del presidente. La intervención de las brujas del Nuevo Reino, que se las arreglan para hacerle llegar al rey la historia del golpe de estado que perpetran los oidores, le da un desenlace feliz a la trama. Los bellacos oidores pagan la traición con sus vidas.

Paradójicamente, la conspiración de 1715 sirve de inspiración para los dos grandes alzamientos antitributarios del siglo XVIII: la rebelión de las alcabalas de Vélez (1741) y la de los Comuneros en El Socorro (1781). Los comuneros no se levantan contra la corona, sino contra la política impositiva. Veinte mil hombres en pie de guerra están resueltos a oponerse al plan de impuestos ordenado por el visitador Gutiérrez de Piñeres; pero, en Santafé, el grupo de notables criollos, encabezado por el marqués de San Jorge (Jorge Miguel Lozano de Peralta) analiza el alzamiento de El Socorro como la oportunidad para ponerle fin a la Colonia y establecer un gobierno soberano. No hay simbiosis entre los criollos de Santafé y los comuneros. Estos solo quieren que les rebajen los impuestos, y en cuanto obtienen, o creen obtener, su propósito, abandonan el movimiento y se disuelven. Solo José Antonio Galán, con su pequeño ejército de cincuenta hombres que mantiene en jaque a las tropas del rey, actúa de acuerdo con los criollos santafereños. El marqués y sus amigos intentan un golpe desesperado el 14 de junio de 1781, que fracasa. Setenta implicados en la conspiración son detenidos y desterrados. Galán cae al fin y es ejecutado en Santafé con cuatro de sus compañeros. Los anhelos de independencia deberán aplazarse para ocasiones mejores. En la conspiración criolla del marqués de San Jorge, toman parte varios descendientes de los oidores de 1715.

No hay duda que, en 1793, al amparo de la condescendencia del virrey don José de Ezpeleta, y bajo el recelo de la Real Audiencia, los criollos, animados por las revoluciones victoriosas de 1776, en Estados Unidos, y de 1789, en Francia, se organizan para reanudar la tarea iniciada por sus antepasados de 1781. Antonio Nariño traduce, imprime y divulga clandestinamente, con apoyo de los masones, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, delito gravísimo por cuanto ella está prohibida para las colonias, por decreto de la corona. La violación de dicho decreto se castiga con penas severas, incluida la de muerte.

Los espías de la Real Audiencia informaron de la publicación de los derechos, sin aportar la prueba. De distintas partes del reino comenzaron a llegarles a los oidores informes de un papel titulado Los derechos del hombre, que corría de mano en mano; pero no pudieron conseguir un ejemplar que les permitiera encausar a don Antonio Nariño y a sus compinches. Entonces, los oidores se inventaron una conspiración, que se conoció como conspiración de los pasquines, la cual les permitió poner en la cárcel y desterrar a Nariño y a veinticinco de sus presuntos cómplices.

Esa autoconspiración de 1794 desencadena la de 1810, que facilita el primer paso irreversible hacia la Independencia.

En el intermedio semirrepublicano, de 1810 a 1816, hay algunas conspiraciones menores de criollos versus criollos, como la que se intenta contra el presidente Nariño, en 1812. Muchos de los inmiscuidos figurarán después en la conspiración septembrina de 1828 que, si no es por Manuela Sáenz, habría terminado en magnicidio. Los defensores de Bolívar, en 1828, conspiran contra Santander en 1833, coordinados por José Sardá y Mariano París. El eje de las conspiraciones en tiempo de la República es la pelea entre librecambistas y proteccionistas, que alcanzará su clímax en la revolución de los artesanos (1854), una de las historias más apasionantes de la Colombia del siglo XIX, que tendrá su epílogo tragicómico en el golpe contra el presidente Mosquera, el 23 de mayo de 1867

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