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PHILIP FLOERKE

PHILIP FLOERKE

Con cámara, filmadora y mapa en mano, su cuerpo de no más de 1.65 metros sube y baja montañas en busca de misterios del pasado. A paso acelerado, recorre cada semana kilómetros a pie, y en jeep, vestido a lo Indiana Jones. Con acento alemán habla un español que más bien parece portugués. Pues en Brasil realizó muchas de sus investigaciones arqueológicas, y desde que vive en Colombia no ha dejado de mezclar ambos idiomas.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
02 de septiembre 1990 , 12:00 a. m.

Un salpicón de piezas arqueológicas también tiene en su casa en Bogotá. De Africa, Asia, Europa, Centroamérica y Suramérica tiene vasijas, pieles y cabezas de animales, cuadros, grabaciones y regalos típicos que le hacen en sus visitas a otros países.

En 1979 llegó a Colombia con apoyo del gobierno alemán para estudiar el movimiento megalítico (ver En Foco ). Hoy lo hace por su cuenta.

Sale cada vez que se le ocurre y eso sucede varias veces al mes para algún lugar del altiplano cundiboyacense, San Agustín o norte de Colombia. Generalmente solo, lo que preocupa a su hija. Pero es que no es fácil encontrar una buena compañía interesada en hacer lo mismo que él hace y que pueda desaparecerse por un tiempo en cualquier momento.

Y si está en casa, lee, toma notas a mano y en máquina que luego guarda en fólderes, y estudia algunas de esas miles de diapositivas que tiene metidas en unos treinta maletines. Porque la fotografía en él no es un hobby, sino un instrumento más de trabajo. Claro que a veces no se resiste ante un paisaje o una flor...

Con tantos proyectos no hay tiempo que perder. Por eso el libro que piensa sacar lo hará cuando ya no pueda salir y moverse como hoy. Le costará trabajo hacerlo pues no tiene facilidades para escribir.

El alemán Philip Floerke, nacido hace 77 años en Posen (hoy en Polonia), no terminó sus estudios de arqueología, en Berlín, por la guerra. Siendo un piloto de prueba con muchas horas libres por el mal tiempo, estudió ingeniería aeronáutica en la Universidad Técnica de esa ciudad. Se doctoró en ingeniería industrial, y tanto en Europa como en Brasil ese fue su medio de sustento.

Pero lo que verdaderamente lo mantenía vivo era la arqueología. Y lo que se ganaba en una lo invertía en otra. Guardaba parte para su esposa (una alemana fallecida hace siete años) y su hija, hoy con dos hijos.

En Bengalore (sur de la India) trabajó como ingeniero y como arqueólogo. Lo mismo en Pakistán, Camboya y Tailandia. De regreso al Brasil, se pensionó como ingeniero y al fin pudo dedicarse a la arqueología.

Esa es su amante. La que no le da tiempo para el trago y el cigarrillo. La que lo ha alejado del mundo moderno y lo ha sumergido en el pasado.

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