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VISITA A LA BIBLIOTECA

VISITA A LA BIBLIOTECA

Cuando mi hija me pidió que la ayudará con su tarea de ciencias asentí: Perfecto, vamos a conocer la nueva biblioteca de la ciudad . Así que nos fuimos caminando por una amplia alameda de acacias, palmas y cayenos floridos, donde nos tropezamos con varias parejas que hacían deporte en sudaderas blancas. Un agente ayudaba a unos niños a depositar las envolturas de sus paletas en unas bonitas canecas marcadas con un letrero rojo: A asear se dijo . Por curiosidad, nos detuvimos un momento junto al recién inaugurado centro deportivo del barrio donde unos muchachos jugaban tenis de mesa y otros nadaban en la piscina olímpica. Todo impecablemente limpio.

La biblioteca no estaba lejos. Inmenso cubo blanco rodeado de jardines, ocultaba en su interior frescas y silenciosas salas de lectura divididas por estanterías de libros. Había salitas acústicamente aisladas donde algunos grupos de estudiantes discutían sus tareas. En la sección de periódicos y revistas un anciano leía una edición dominical del New York Times y unas chicas curioseaban revistas de ecología, en tanto que otras buscaban sus referencias en los computadores ficheros del fondo.

Frente al auditorio y contigua a la cinemateca y a la pequeña cafetería, se encontraba la videobiblioteca. Diez computadores conectados a redes de datos permitían obtener información universal instantánea. Como la tarea de mi hija consistía en estudiar las costumbres reproductivas de las ranas Goliath, nos dirigimos allí. Una linda asistente nos ubicó en un computador.

Revisen este compacto de batracios , nos indicó.

Muy amable , le dije, disimulando una mirada a sus morenas y bien torneadas piernas.

Pronto encontramos la información en la Enciclopedia Británica y en un compacto de biología. Nos tomó apenas media hora extraerla y obtener unas fotocopias.

Se debe algo? , pregunté.

No señor, fue un placer .

Gracias, es usted un amor .

Mi hija me pellizcó: Papiii... no sea gallinazo, cotizón .

Así que al descuido le guiñé el ojo y agregué serio: Señorita, muchas gracias .

No hay porqué , respondió ella con su franca sonrisa llanera, agradézcaselo al señor alcalde. Fue él quien impulsó el programa A leer se dijo , dentro de su ambicioso plan educativo.

Adivinaba ya cierta complicidad en la mirada de la morena cuando un relámpago en el exterior del edificio me trasladó a un universo paralelo, la dura realidad local. pese al calor, sentí en la oscuridad un baldado de agua fría. Le referí a mi esposa el sueño. Ya ves, musitó, tenía razón el abogado aquel de la alcaldesa: esos son sueños delirantes del subdesarrollo. Libros? Parques? Museos? Ay, Dios. Pero no seas negativo hombre, soñar no cuesta nada. Qué tal un milagro? Y ahora... a dormir se dijo .

Mas, no pude dormir y seguí soñando.

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