INEFICIENCIA MILITAR

INEFICIENCIA MILITAR

En EL TIEMPO del pasado domingo 18 de agosto, se recogen en las páginas 16 y 17A dos excelentes reportajes, concedidos por el Comandante General de las Fuerzas Militares, almirante Holdan Delgado Villamil, y el Comandante del Ejército, general Harold Bedoya Pizarro en torno de múltiples temas tocantes con las responsabilidades de las instituciones que comandan y el tema específico de la eficiencia militar.

23 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

Más que oportuno el momento, cuando en la Amazonia invadida por los narcotraficantes que utilizan la tragedia humana de los cocaleros para sus fines proditorios, se escenifica un problema social de no ocultable magnitud orquestado por las Farc, a las que interesan tanto el desorden como el negocio que lo alienta.

Corresponde a las Fuerzas Militares, en particular al Ejército, una tarea gigantesca frente a la violencia. Gigantesca y no bien valorada por el grueso público y por no pocos dirigentes y periodistas. Basta pensar en más de un millón de kilómetros cuadrados de superficie territorial, en su mayor parte de selva y alta montaña, poblada por 36 millones de habitantes afectados en mayor o menor medida por circunstancias de violencia, para entender la carga que pesa sobre ciento diez mil hombres que deben dar cubrimiento y protección a ese conjunto telúrico y humano.

Lo que se libra en ese escenario en extremo favorable para la acción fluida de la lucha no convencional, es una guerra política, con sus complejas y peculiares características. Es decir, un conflicto de múltiple e intrincada raigambre, en el que el choque armado es apenas una de sus formas y muchas veces no la más importante aunque sí la más visible y aparatosa. Para librarla con éxito se requiere la acción total y coherente del Estado, no tan solo la de la fuerza pública, en nuestro caso deplorablemente débil frente a la combinación de factores adversos que enfrentan, entre estos la combinación de narcotráfico y bandas armadas.

Quien hable de ineficiencia porque en ese balance un tanto desolador de fuerzas en conflicto el Ejército no haya acabado con la guerrilla y en cambio esta se ha venido expandiendo, es porque no conoce la naturaleza de la guerra política que en Vietnam produjo la derrota norteamericana y no precisamente en el campo de batalla sino en los intrincados meandros de la guerra política.

La confrontación que se ha venido desarrollando en las vastedades amazónicas del Putumayo, Caquetá y Guaviare, es, sin ir más lejos, una de las batallas de la guerra política, que bien puede servir para apreciar la eficiencia del Ejército a lo largo del mes que ya dura el conflicto. Es evidente que allí se ha suscitado una situación de tensión extrema, en la que la desesperación de una masa humana arrastrada primero a la lobreguez del cultivo maldito y luego a la protesta enardecida porque se le quiere impedir su usufructo, predispone al estallido y al choque.

En defensa de la ley, el Ejército ha venido actuando con serenidad admirable. De otra manera el número de víctimas sensible y doloroso de todas maneras no hubiese sido de unos pocos dígitos sino de centenares. Baste recordar que en un estadio cualquiera de la culta y avanzada Europa, en unos pocos minutos se han desarrollado verdaderas tragedias. En nuestra Amazonia, con agitadores profesionales, con una fuerza subversiva enmascarada detrás de las protestas masivas, durante un mes de tensiones crecientes y con el fenómeno de masa presente en cada segundo que transcurre, el estallido se ha evitado y los incidentes que han podido desembocar en catástrofes inimaginables se han reducido al mínimo.

Y es que la eficiencia de un Ejército ante la guerra política no es tan solo la que puede desplegar en operaciones de combate contra una guerrilla elusiva e inasible. Sino ante conflictos sociológicos mucho más complejos, en los que la disciplina, el autocontrol, la serenidad, la sangre fría ante las provocaciones desafiantes ponen a prueba las virtudes de una fuerza armada. Si el Ejército colombiano estuviese inspirado en los sentimientos represivos que muchos le adjudican por no conocerlo, lo de la Amazonia cocalera y guerrillera hubiese tenido resultados bien distintos.

A los mandos de esa fuerza armada, que ha dado tan claras demostraciones de disciplina, lealtad y entereza en la defensa del Estado de Derecho, de la ley y el orden, no se les puede atribuir intenciones golpistas sin incurrir en insultante despropósito.

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