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Ya pasó lo difícil; ahora viene lo peor

Ya pasó lo difícil; ahora viene lo peor

Cayó por fin la dictadura del coronel Gadafi, uno de los sátrapas más sanguinarios y extravagantes que envilecían el paisaje político universal. Cayó como había subido: por las armas. Cayó tras una cruenta guerra que duró casi un semestre. Cayó cuando le faltaba apenas una semana para cumplir 42 años en el trono. Cayó ante las fuerzas coaligadas de sus enemigos internos y externos.

Cayó, y a partir de ahora los libios y los aliados occidentales que ayudaron a derrocar al tirano empezarán a recorrer la parte más difícil y peligrosa del camino: la construcción de un nuevo país democrático, libre e igualitario.

Porque, como bien dice el historiador polaco Adam Michnik: "Lo peor del comunismo es lo que viene después". A menos que reinen la inteligencia, la buena voluntad y la solidaridad -tres cualidades escasas en el ser humano y casi inexistentes en el mundo de la política-, Libia podría convertirse en un infierno. Y al decir Libia, digo también Egipto, Túnez, Argelia, Yemen, Siria, Baréin, Jordania y demás países árabes que intentan dar un vuelco a su historia.

El desafío de ellos y de quienes los apoyan es el de impedir que lo que viene después de las dictaduras sea peor que las dictaduras. Hay elementos que permiten temer un futuro peligroso, de fanatismo y frustración.

El primero es la situación de Occidente. A los pueblos árabes se les habla desde hace tiempos del progreso material, la libertad y la democracia de Europa y Estados Unidos. Pero ahora, cuando parecen dispuestos a subirse al carro del siglo XXI, encuentran unos patrocinadores golpeados y desconcertados. En efecto, el vendedor de la panacea padece numerosos males.

Enumero. Para empezar, las amenazas contra la libertad, su más valioso tesoro, que esta vez no proceden del comunismo, sino de las cavernas de la derecha, siempre proclives a recortar, menguar, encerrar.

Segundo, una crisis económica recurrente, que está cobrando la vida laboral de millones de personas. En tercer término, una ola de corrupción nunca antes vista, que sacude a casi todos los países "ejemplares". En cuarto lugar, el rechazo a la inmigración, golpe directo contra los árabes que, liberados, aspiren a hallar en Europa y Estados Unidos nuevos horizontes. En quinto término, una atmósfera de decepción, indignación y pesimismo que podría ser contagiosa. Y, como si algo faltara, la ausencia de líderes firmes, clarividentes, inspiradores. Pongo un solo ejemplo, el de España, que se apresta a pasar de un José Luis Rodríguez Zapatero ingenuo y primíparo a un Mariano Rajoy extraído de un parque jurásico.

El ciudadano árabe que mire hacia el norte verá más nubarrones que luces.

También su propia situación resulta inestable y peligrosa. Contra la exigua libertad conquistada conspiran varias fuerzas. Vuelvo a enumerar. Primero, los afanes de venganza. Muchos rebeldes que se asoman hoy al poder deben de estar ansiosos de desquites y vindictas, sin esperar a leyes ni tribunales. Segundo, el éxito de la violencia. Si ella sirvió para desalojar a los dictadores, ¿por qué no utilizarla para afincar el nuevo régimen? Tercero, las luchas intestinas. Los movimientos de oposición que triunfaron en Egipto y Túnez eran alianzas partidistas; pero otros, como los de Libia y Siria, son agrupaciones variopintas de alianzas extrañas y aun de enemigos en efímero trance de paz.

El Consejo Transicional Nacional Libio reúne, según el experto Shadi Hamid, a "liberales, tecnócratas de maneras amables, socialistas, salafistas y, por supuesto, Hermanos Musulmanes". Un coctel explosivo.

Las falsas ilusiones pueden convertirse pronto en foco de frustraciones y, como corolario, despertar una actitud escéptica hacia la libertad arduamente conquistada. Esa sería la antesala del triunfo del fanatismo religioso, otra forma intolerable de dictadura.

Todo, pues, está por hacerse. Si ha sido difícil en Alemania oriental, imagínense lo que espera en los países árabes "destiranizados".

cambalache@mail.ddnet.es

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