RETOS DE HOY Y DE MAÑANA

RETOS DE HOY Y DE MAÑANA

El acuerdo de Orito para la erradicación y la sustitución del cultivo de la coca en el Putumayo quizá sea el preludio de conclusiones similares en los conflictos de Caquetá, Guaviare y Vaupés.

22 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

A la economía de los estupefacientes le llegó su fin y es vano todo intento de prolongarle la vida con cualquier pretexto. Conforme lo han precisado los voceros oficiales, el señalamiento de plazos para su extinción no haría sino legitimarla, facilitar temporalmente su dinamismo y hacer aún más difícil su abolición.

Al cerrarse en el Putumayo este tempestuoso capítulo y ojalá en la misma forma los de las otras zonas afectadas, el resto del país no podrá olvidar los sacudimientos experimentados ni los azarosos actos de presencia en las regiones marginadas. Probablemente estemos en la antesala de una redistribución demográfica análoga a las de la pasada centuria y también a las convulsivas de la presente.

En principio, el petróleo parece destinado a cumplir en los Llanos Orientales la función que desempeñaran el tabaco al promover el aprovechamiento de los valles insalubres y el café al crear la llamada civilización de vertiente. Será un horizonte natural en la propia patria que reemplazará el de las migraciones masivas al marchito esplendor de Venezuela.

Pero, cuál el destino de los territorios de la Amazonia y la Orinoquia donde no existe ese milagroso recurso? He ahí uno de los retos del futuro, digno de cuidadoso y pronto análisis si no ha de repetirse el drama de Urabá.

A veces obramos como si las circunstancias de Colombia no hubieran sufrido y no siguieran sufriendo profundos cambios. No siempre parecemos caer en la cuenta de que saltamos de los ocho millones de habitantes de la República Liberal en la década de los treinta a los treinta y siete millones de nuestros días. Ni de que la nación predominantemente rural de aquel tiempo, con mucha importancia de los pueblos, es hoy la predominantemente urbana, con inocultables modificaciones de los usos y costumbres.

El factor demográfico y sus asentamientos vienen provocando toda una revolución que no podríamos calificar de pacífica y tranquila en sus resultados ni en algunos de sus orígenes determinantes. La violencia de los años cincuenta contribuyó en alto grado al éxodo a las ciudades, y la subversión en el campo, que todavía dura, complementó e impulsó la arrebatada tendencia.

Frecuentemente no concedemos su real trascendencia a fenómenos sociales de grande envergadura, cuando se suceden ante nuestros ojos. Así, por ejemplo, los contemporáneos no debieron advertir que la agonía de la pujante economía del oriente colombiano en la segunda mitad del siglo XVIII y en la primera del XIX, agonía generada por radicales ventoleras librecambistas, pasaría la antorcha al occidente y provocaría acomodamientos humanos relativamente acelerados.

Mayor conciencia ha habido en el actual siglo XX del proceso deliberado de urbanización, pero escasa de sus efectos y complicaciones, especialmente en la capital de República, tras haber quedado a cargo de la capacidad electiva de sus ciudadanos. De otro lado, por andar metidos en los muros urbanos, no supimos que la economía de los narcóticos se iba tomando, al favor de su desamparo, los departamentos de la Amazonia y la Orinoquia y precipitando hacia ellos una insospechada corriente migratoria.

Impreparación del Estado Está preparado el Estado para atender a las necesidades de los nuevos tiempos? Ni mucho menos. Con la monserga de reducirlo, se ha pregonado la conveniencia de mantenerlo ausente de muchas realidades, miserias y problemas. Su utilidad no se recuerda sino cuando estallan los vacíos o los desvaríos de las fuerzas del mercado y de la iniciativa privada.

Entonces se comprende la urgencia de proveer orientación y protección, asistencia y seguridad, servicios públicos y estímulos adecuados. Véanse, si no, los casos de Urabá, de Putumayo, del Guaviare, del Vichada. Por si algo faltara, las Fuerzas Armadas declaran que con su actual personal y dotación no se encuentran en condiciones de honrar plenamente su misión. Vastas regiones hay donde el Estado no da muestras efectivas de existencia, mientras la guerrilla y el narcotráfico hacen de las suyas.

En Francia, al término de la segunda guerra mundial e incluso durante la resistencia a la ocupación nazi, hubo la preocupación esencial de capacitar al Estado para corregir los yerros y decadencias de la Tercera República. De formar funcionarios competentes y probos, de entrenarlos en las nuevas técnicas y de infundirles una mística de servicio.

Entre nosotros, por el contrario, de lo que se habla es de desmontarlo más que de depurarlo y perfeccionarlo, como si su apartamiento de las zonas en dificultades allanara los caminos y no los entregara a la práctica codiciosa del delito en sus diversas modalidades. Cierto es que en otros escenarios muchos de sus agentes han incurrido en complicidad y también en crimen, pero esa anomalía no autoriza a renegar de sus objetivos fundamentales.

A raíz de la reforma constitucional de 1945 abundaron las ideas de planificar y extender previsoramente la acción del Estado a todas las áreas. Al efecto, se propuso crear el Departamento Administrativo de Asuntos Seccionales y Locales. Transformado el ministerio de Gobierno en ministerio del Interior y consagrada la elección de gobernadores y alcaldes, dicha función de coordinación, indagación y consejo debe cumplirse dentro de sus cuadros, sin perjuicio de las facultades de otros ministerios.

Orientación del desarrollo En rigor de verdad, el narcotráfico había invadido la actividad nacional, empezando por la de las ciudades. No en vano los carteles de la droga se han distinguido por sus denominaciones urbanas. Al Estado lo escarnecieron en sus propias barbas y en parte lo contaminaron. En los departamentos periféricos, el intento ha sido el de constituir repúblicas independientes, con economías dominadas y uniformadas por la rentabilidad de la coca y dispuestas a resistir a la autoridad legítima.

La escarmentadora experiencia incita a volver por los fueros del Estado, en el entendido de que se librará de mancha y se inmunizará contra irregularidades delictuosas. El desarrollo de Colombia pasa por el meridiano de las regiones hasta ahora marginales y marginadas. Quién duda del papel que corresponderá al Meta y a Casanare o de la significación económica y social de la Amazonia y de la Orinoquia? La afluencia espontánea de gentes a esas tierras de promisión bien merece ser encauzada y sus trabajos encaminados a empeños sanamente constructivos. No haya de ser su colonización anárquica y perjudicial, ni delictiva, sino ordenada y fecunda. Tal la responsabilidad inexcusable del Estado.

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