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De gajes y trajes

De gajes y trajes

Hace años no voy a una iglesia, y nunca pisé una sinagoga ni oré en una mezquita, pero me inspiran mucho respeto y espanto las personas que se aferran a la luz de una idea, y al culto de lo invisible y remoto. Respeto porque todos tenemos derecho a nuestras neurosis aunque no entiendo por qué se deben besar las losas al ocaso apuntando al cielo con el trasero, y espanto porque esas ilusiones por las cuales adquiere en ocasiones una importancia desmedida un prepucio de más o menos, condujeron a veces a los mejores hombres a las peores canalladas. Se necesita coraje para completar las asperezas de esta vida tan embrollada por las marrullas de los bancos y las corruptelas de los políticos en la pantomima del poder, con un Ser omnipotente sobre Quien no hemos conseguido un acuerdo. No sé si las elucubraciones de La Cábala, la poesía del sufismo y los romances de Juan de la Cruz justifican la quimera.

Hice la mitad de mis lecturas en la esperanza de desvincularme de la cara de beato, tan pegajosa, adquirida en el seminario, de borrar de los talones el tizne del traje talar y de salvarme de la teología. Lo cual, como se ve por esta nota, fue imposible aunque contraje temprano la enfermedad del siglo XX que fue el prurito crítico. El sentimiento religioso me sigue intrigando.

Mientras más indago en la poderosa superestructura más perplejo me quedo. Nietszche, más que un deicida, me parece hoy un místico brillante. Marx, una copia tardía de San Pablo. Lenin, el último iconoclasta bizantino. El embrujo prehistórico del chamán animista sobrevive con otro boato en el rabino, el cura, y el imán. El molino es hoy más eficiente, pero el molinero sigue muy semejante a sí mismo con una fidelidad incomprensible a la jaula de los símbolos. Con los cuales la tribu humana, dada a las ilusiones, sigue resguardándose de la penosa realidad como en un capullo. Muchos piensan que ya está en edad de renunciar a los hechizos de la infancia, de asumir su destino sin la intermediación del fantasma del Absoluto. Pero la jaula de los símbolos es plástica. Y en el juego cerrado los campeones del ateísmo, Mao, Hochimin y Lenin, adversarios de la vieja metafísica en el siglo XX, acabaron endiosados, eternizados por colegios de taxidermistas y atendidos por cortesanos que les cortan las uñas y las greñas que les siguen creciendo a ciertas momias.

Es imposible suprimir la superstición por ley. La secta de los comunistas que escribieron los Hechos de los Apóstoles sigue incólume contra la impertinencia de Nerón, y contra los misioneros el brujo emplumado de papagayos de la prehistoria americana campea en las ciudades modernas traficando con los polvos de la uña de la Gran Bestia que esclaviza el amor imposible, en Pitalito y Nueva York. Prohibir las cruces en las escuelas, los velos de las musulmanas en las universidades europeas, las mezquitas, es una injusticia. Es una iniquidad con las masas dejarles por todo consuelo la cabronada de la farándula, el escándalo de los políticos, el estadio. Tal vez necesitan una incertidumbre más inabarcable, y un sentido de la gloria y el entusiasmo místico fuera de los goles dominicales, los amacices de Shakira y el sortilegio televisivo. Todo traje es simbólico de un alma, de una ilusión de perfección. Si se prohíben a las musulmanas sus cárceles de tela, los rizos de los hashidín que les dan aires de alquimistas recién resucitados, las sotanas, los clavos en las ternillas a los muchachos de las tribus urbanas y sus cascos de guerreros persas modelados con gel, el mundo parecerá más razonable, pero menos interesante. La libertad se niega a sí misma estorbando a quienes deciden someterse a sus fantasías. Y a lo mejor, quienes aún son capaces de delirar con un cielo eterno gerenciado por un dios justo son los únicos que aún no fueron despojados del todo, obnubilados por el espejismo de la solidez

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