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¿Y cuándo la botella no se bebe por completo?

¿Y cuándo la botella no se bebe por completo?

Con toda esta moda de los vinos con demasiado alcohol, se hace cada vez más complicado tomarse una botella completa. Y no digo que uno 'necesariamente' deba beberse la botella completa cada vez que se bebe vino, sino que más bien me refiero al hecho de que hay muchos vinos que no están diseñados para beberse completos.

Hablo de esos tintos inmensos, que llenan la boca de sabor y que, por sus no sé cuántos grados de alcohol, te adormecen. Una copa y a dormir la siesta, no queda más alternativa. Es por eso que muchas veces me preguntan qué se hace con la botella que ha quedado a medio beber. ¿La uso para cocinar? ¿Riego las matas con ella? La pregunta no debiera existir. Si uno abre una botella de vino, es para terminarla. Es una idea romántica, ya lo sé, pero me gusta pensar que el momento de beber vino implica calma, tiempo, amistad y todas esas cosas. Por lo tanto, si además hay buena comida de por medio, beberse una botella entre dos no tendría por qué ser un sinónimo de borrachera.

Pero la vida real dice otras cosas. Y la botella que abrimos a la hora del almuerzo queda abierta. ¿Qué hacemos con ella para que el resto no se estropee? Lo primero, claro, es volver a ponerle el corcho con el objeto de evitar que se oxide. El oxígeno les hace muy bien a los vinos, abre sus aromas, les da más suavidad, pero también -con el paso de los días- los encamina hacia el vinagre. Por eso hay que evitar el exceso de oxidación. Y lo primero es el corcho. También, claro, existen otros adminículos como los 'vacu-vin' que extraen el oxígeno de la botella y alargan la vida del vino, pero pongámonos en el caso de que no tienen de esas cosas: lo que deben hacer es ponerle el corcho y llevar el vino a la nevera. El frío retarda el proceso de oxidación, como también lo retarda en una manzana que se cortó por la mitad y aún se come. Claro que nada es eterno. Los tintos, por tener taninos -eso que nos raspa le lengua cuando los bebemos-, duran más tiempo sin estropearse. Digamos que en tintos generosos en taninos, como los cabernet sauvignon, el tiempo entre el momento de descorchar una botella y en el que pretendemos volver a disfrutarla no debiera ser superior a una semana, cuando mucho. En el caso de los blancos -cuya cantidad de taninos es mucho menor- ese lapso se reduce a solo unos días, aunque blancos ácidos como el alvariño o el riesling pueden aguantar tanto como los tintos. Luego de una semana, es preferible cocinar con ellos. El vino, como lo ven, se puede aprovechar hasta la última gota.

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