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HOMENAJE A PEDRO FELIPE VALENCIA

HOMENAJE A PEDRO FELIPE VALENCIA

Palabras del vicepresidente de Colombia y embajador en España, Humberto de la Calle, el pasado 30 de noviembre, para despedir al delegado de la Federación Nacional de Cafeteros en España y Portugal, Pedro Felipe Valencia, quien ha sido nombrado embajador en el Japón.

Lo que nos congrega esta tarde en la Embajada de Colombia en Madrid nos produce sentimientos encontrados. Porque si decirle hasta luego al doctor Pedro Felipe Valencia, quien deja los cargos de Delegado para España y Portugal de la Federación Nacional de Cafeteros y de Consejero Comercial de esta misión diplomática, nos entristece de veras, saber que en pocos días se posesionará como Embajador en Tokio nos causa una satisfacción enorme.

Pedro Felipe Valencia ha sido sin lugar a dudas uno de los colombianos que más han promovido al país en el exterior. Desde cuando, en 1959, viajó como diplomático a Bélgica, hasta estas últimas semanas en Madrid, pasando por su estancia en calidad de Consejero y Encargado de Negocios en Londres, ha mostrado resultados tangibles. Casi nadie ignora en Europa, y especialmente en España, el muy suave sabor del café de Colombia. Casi nadie desconoce a Juan Valdez. Y casi nadie olvida que la Federación de Cafeteros patrocina causas sanas, como el deporte. Si todo ello ocurre en el Viejo Continente, incluso a pesar de las malas noticias de nuestro país, se debe en gran medida a los últimos ocho años de trabajo, siempre intachable, de Pedro Felipe Valencia. De allí que su nombramiento en el Japón sea un acierto del presidente Ernesto Samper.

Pero, aunque suene curioso, a mí no me extraña lo que ha hecho hasta ahora Pedro Felipe Valencia, porque su conducta de servirle a Colombia en la medida de sus posibilidades obedece a lo que vio en su casa en la niñez. Obedece al ejemplo de su padre, el presidente Guillermo León Valencia, de su abuelo, el poeta Guillermo Valencia, y al legado de todos sus mayores desde don Pedro Valencia y Aranda, un malagueño que llegó a finales del siglo XVII a Popayán.

La familia Valencia y eso es precisamente algo que yo quiero hacer notar aquí ha participado activamente en la vida pública nacional sobre la base de una serie de principios que no deberían perder vigencia. El primero de ellos ha sido la vocación de servicio aun en medio de las más difíciles circunstancias. Tanto el maestro Guillermo Valencia como Guillermo León Valencia desempeñaron muchas veces encargos para los cuales fueron elegidos, sin dejarse influir por la adversidad del panorama político, porque le profesaban lealtad al país. Como entendían, de acuerdo con el diccionario, que ser leal es cumplir lo que exigen las leyes de la fidelidad, y las del honor y la hombría de bien , nunca rechazaron una tarea que les hubiese encomendado el pueblo. Sabían que eran mandatarios; no mandantes. Que su misión era estar; y allí estuvieron.

Era gente al igual que otros de su época, como Olaya Herrera, Alberto Lleras, Ospina o Eduardo Santos que comprendía que la política está cimentada en la honradez de quien se dedica a ella. Gente a la que no le cabía en la cabeza que existiera un cuestionamiento moral en torno de un hombre público. Ni siquiera una sospecha. Guillermo Valencia fue un intelectual, un erudito a quien, ocasionalmente, la suerte no acompañó en política. En la vida pública perdió no solo dos elecciones presidenciales, sino famosos debates como aquel en que pretendió que se impusiera la pena capital. Guillermo León Valencia, en cambio, tuvo más fortuna. Aun cuando ya ex presidente resultó vencido en unos comicios de mitaca, logró ocupar la Primera Magistratura de 1962 a 1966. Según puede verse, ambos sufrieron tropiezos, ambos saborearon la adversidad, ambos se equivocaron eventualmente en la actividad proselitista, pero jamás atentaron contra la honradez. Jamás pusieron en entredicho los mandamientos de la ética.

Hago estas reflexiones porque evocar generaciones anteriores nos pone de presente una preocupación que afecta a numerosas naciones: la ética pública. El final del siglo XX parece exigir que el mundo vuelva sus ojos a una concepción clásica de la moral, en la que la conducta del hombre público sirva de ejemplo a todos sus conciudadanos. Sorprende el crecimiento que ha alcanzado el cáncer de la corrupción en diversas latitudes. En este sentido no resultan tan graves los errores políticos en que pueda incurrir el estadista a los cuales estamos expuestos quienes escogimos esta actividad como sus traspiés en el campo de la moral. Porque como bien lo dijera el maestro Darío Echandía, en frase célebre, en política uno puede meter la pata, pero nunca la mano .

Para hacerles frente a estos tiempos de bancarrota moral en la vida pública, cuando en tantos países no se cree en la política porque esta no se construye sobre la honestidad, el Gobierno Nacional ha distinguido a Pedro Felipe Valencia con la Embajada en el Japón. Hombres probos, como él, son los que se necesitan en las posiciones de servicio público.

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