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La madre patria de los 'indignados'

La madre patria de los 'indignados'

España lleva casi tres meses viendo que en las plazas de algunas ciudades se instalan carpas, pasacalles y toda clase de consignas, gracias a un movimiento llamado 15-M. Movimiento que, para evitar cualquier etiqueta política, se ha autodenominado 'indignados', y ellos lo confirman porque ponen cara de enojados y rebeldes cada vez que alguien los entrevista.

Hay 'indignados' que protestan porque los excesos del capitalismo los han dejado sin trabajo y sin casa y piden correctivos, y hay 'indignados' que dicen no creer en el sistema y aprovechan la coyuntura para plantear su desmantelamiento.

Pero aunque en esos campamentos se habla a toda hora de crisis capitalista, lo cierto es que lo que la gran mayoría quiere es que la situación vuelva a ser la misma de unos años atrás. Una época en que la generosidad de los bancos regaba de forma irracional la economía de la península, en la que uno no salía del banco sin un crédito aprobado y en la que hasta el vecino del barrio más sencillo podía especular con el precio de su apartamento. Lo que nadie advirtió es que ese dinero había que pagarlo y, aunque hay rabias por esa mala noticia, hay más nostalgia de capitalismo que ganas de luchar contra él.

Es verdad que ahora todo está difícil, el desempleo ronda el 20 por ciento, hay muchas familias sin ingresos y empieza a haber más indigencia y necesidad.

Pero las elecciones celebradas unos días después del inicio de las protestas pusieron las cosas en su sitio. La mayoría de la población dejó de lado la gritería de los 'indignados' y votó a la derecha, o sea, por los políticos que han armado el desbarajuste económico. Nadie quiere cambios de fondo, lo que quieren es volver a cobrar bien y poder seguir haciendo vacaciones por todo el orbe.

Así que, pese a que estos movimientos de protesta son vistosos, usan lemas de éxito como "no podemos bajarnos los pantalones y apretarnos el cinturón al tiempo" o "el enemigo no viene en patera, viene en limosina" y atraen simpatías de nostálgicos del comunismo, lo cierto es que son marginales. Se mantienen vigentes y le dan la vuelta al mundo porque son mediáticamente atractivos. Producen imágenes vendibles y hoy en día, cuando no abundan las noticias enmarcadas en ímpetus heroicos, toda esta agitación se agradece. Por eso las radios, televisiones y periódicos del mundo intentan sacar de ellas hasta la última gota de lucro. Una noticia de este género es maná en tiempos de crisis.

Y aunque las protestas parecen extenderse a otros países de la región y aparecen las pedreas, los saqueos, los incendios y hasta algunos muertos, mientras Europa siga generando riqueza y logre mantener unas clases medias acomodadas, estos movimientos no prosperarán ni generarán mayor cambio. La situación variará si, definitivamente, los países europeos pierden el paso y la economía de mercado termina por relegarlos a un lugar marginal dentro del ámbito económico del planeta. Tal vez ahí, cuando grandes masas de las clases medias vean peligrar en serio su estatus, habrá verdaderas protestas y no solo ruidos de artificio.

Los jóvenes, que son los que parecen llevar la batuta del asunto, tampoco tienen muy claro para dónde van. Mi hijo asistió unos días y pasó de estar muy animado a conseguir amigos para aprender a hacer collares y navegar. Ahora gritan, debaten, hacen mesas redondas, asambleas, cuelgan fotos en Facebook y forman comités para cada acción posible. Pero pronto bajarán las aguas y volverán a los estudios, a los trabajos de medio tiempo con seguro de desempleo, a las casas de sus padres o a los edificios que acostumbran invadir y pintar de grafitis para tener una idea de lo que es ser independiente sin tener que trabajar demasiado ni pagar arriendo. Hay que constatar que mientras en Francia e Inglaterra los jóvenes están llenos de rabia y convierten la rebeldía en violencia, en España los jóvenes protestan con tambores y pitos, y vestidos de saltimbanquis.

Toca esperar a ver si la crisis económica se alarga y si la ambición desmedida de unos pocos banqueros finalmente hacer estallar la economía del mundo. Pero mientras el mercado no colapse, lo mejor es no tomarse muy en serio las imágenes que vemos en las noticias sobre estas protestas. Salvo estar llenas de entusiasmo y sonrisas ilusionadas, no traen mayor peligro al establecimiento. No debemos olvidar que, hace ya un buen tiempo, los noticieros son solo un segmento más de la parrilla de entretenimiento y el espectáculo permanente en que ahora vivimos

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