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Una calma temporal

Una calma temporal

Después de la tempestad, al fin volvió la calma. Así podría describirse lo sucedido ayer en los principales mercados de valores del planeta, en donde la volatilidad brilló por su ausencia. Lejos de los fuertes altibajos de los cuatro primeros días de la semana, pareciera que los inversionistas están recuperando la tranquilidad y empiezan a ver la luz al final del túnel. De hecho, la mayoría de las plazas bursátiles importantes remontaron buena parte del terreno perdido y terminaron con un pequeño saldo en rojo, que suena manejable.

Sin embargo, quienes saben de estas cosas aseguran que todavía es demasiado temprano para cantar victoria. Y es que las mismas razones que explicaron el descalabro inicial siguen prácticamente vigentes, si bien algunas noticias y decisiones menores tomadas en los países más ricos sirvieron de paliativo.

De manera que, a menos que los líderes europeos se pongan de acuerdo para manejar el problema de la deuda de las naciones que están en la zona mediterránea, y en Estados Unidos demócratas y republicanos lleguen a una solución para recortar el déficit fiscal, la incertidumbre seguirá presente.

Tristemente, no se ve un claro liderazgo en el Viejo Continente ni en Norteamérica que garantice una salida consensuada. En el primero de los casos, Alemania está distanciada del resto del bloque comunitario, mientras que en el segundo, Barack Obama da la impresión de ser un gobernante incapaz de manejar la polarización política que afecta su administración. Como si lo anterior no fuera suficiente, muchos dirigentes están disfrutando de sus vacaciones de verano, con lo cual, por más increíble que parezca, las respuestas se demoran cuando aparecen los incendios. Un caso cercano fue el del presidente francés, Nicolás Sarkozy, quien tuvo que interrumpir esta semana su descanso para enfrentar los rumores sobre una rebaja de la calificación de los bonos galos, pero cuyas promesas de ahorros presupuestales carecieron de detalles precisos.

Por cuenta de esa realidad, el viento cambia continuamente de dirección. Para citar otro ejemplo: es cierto que la producción estadounidense avanza a un ritmo más lento que en el primer semestre, pero todavía mantiene la capacidad para generar puestos de trabajo, como lo demostró el dato sobre desempleo en julio. El peligro, claro está, es que la oleada de titulares alarmistas golpee la confianza de los consumidores, que son el motor más importante de la mayor economía del mundo.

Mientras eso ocurre, los llamados países emergentes siguen a la expectativa de lo que pasa, sin que se hayan disparado todas las alarmas. El motivo es que, a pesar de que los más ricos estén en problemas, las naciones en desarrollo continúan relativamente bien. China es aún una locomotora que va rápido, como lo ponen de manifiesto su poderío comercial y el ritmo de su industria. Debido a ello, los precios de las materias primas se mantienen elevados, así el petróleo haya descendido frente a los máximos alcanzados al comenzar el 2011.

Ese último factor garantiza que las regiones productoras de bienes primarios, incluyendo a América Latina, puedan aguantar mejor el chaparrón si el clima empeora.

Ante esa circunstancia, todo sugiere que los inversionistas empiezan a hacer distinciones. Al tiempo que Wall Street cerró en terreno negativo, la Bolsa de Colombia terminó la semana con saldo en negro. En ambos casos se vieron alzas y bajas extremas, pero al final de cuentas comenzaría a quedar claro que las realidades locales importan y que, ante las dificultades en Estados Unidos y Europa, no todos merecen, por ahora, estar en la misma canasta.

A pesar de que en buena parte del planeta las bolsas terminaron la semana en alza, las razones que explicaron el descalabro inicial siguen vigentes

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