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Un deporte que se vive en familia

Un deporte que se vive en familia

Aplausos, risas y el estruendo de una 'moñona' cada 30 segundos son la sinfonía que, desde el 8 de agosto, se escucha en la bolera de la Unidad Deportiva de El Salitre. Es el Torneo Abierto Internacional de Bolo que, con su edición XXVI y la primera dentro del Festival de Verano, ha hecho volar los pinos 'como dinamita'.

David Felipe Gómez, un amateur de apenas 14 años, es todo un experto. Él, que el pasado 8 de julio logró 'el juego perfecto' (12 moñonas consecutivas) y obtuvo un total de 300 puntos, llegó para probar suerte en este torneo. Se inscribió en la categoría Candelaria (menos de 160 puntos) y espera arrasar con todos, aunque, sin pena, admite sus nervios. "La presión es muchísima.

Espero repetir mi buena racha y dar la talla a los otros deportistas," sostiene Gómez, quien empezó a jugar a los 8 años de edad, gracias a su abuela.

Como su nombre lo indica, el torneo está abierto a todos los públicos y cualquiera puede participar. Tal es el caso de Nubia de Tosin, una comerciante de 55 años, que desde hace dos años juega a los bolos."Todas los mañanas estiro y hago ejercicios de coordinación. No hay nada mejor para la salud que practicar algún deporte", declara De Tosin quien, según sus compañeros, tiene el equipo deportivo más completo. Álvaro Sepúlveda, presidente de la Liga de Bolos de Bogotá, está satisfecho por lograr la inscripción de 200 participantes. "Este es el torneo más grande del país, y no hay nada mejor que vivirlo en familia"anota Sepúlveda. Desde la tribuna, Julia Aldana y su hija Karen, de 8 años, observan boquiabiertas la competencia."Ella estudia en un colegio cercano y siempre venimos después de clase porque nos gusta ver la perfección de los jugadores," afirma Aldana, quien, además, indica que no ve la hora en que su hija se inicie en este deporte.

El fotógrafo 'no oficial' del festival.

El buen tiempo que por estos días se vive en la ciudad es el mejor aliado de Rafael Salazar. Este hombre, acompañado por una cámara digital y una impresora portátil, le da innumerables vueltas al parque Simón Bolívar, en busca de momentos familiares por inmortalizar.

Gracias a su tarea, se ha convertido en el salvador de aquellos que no tienen cámara y quieren llevarse el mejor recuerdo de la jornada.

Así le ocurrió a Léyder Niño, quien, por llegar puntual a un evento recreativo en la playa de verano, olvidó su máquina fotográfica.

"No sabía que aquí podía tomarme fotos instantáneas y sin necesidad de encartarme con esa máquina", contó este padre de familia que decidió tomarse una foto con sus hijos por tan sólo 5.000 pesos.

Si el tiempo se lo permite,Salazar seguirá plasmando 'álbumes familiares' en los días que restan del festival. Este fotógrafo empírico se dedica a esta labor desde que se inició el Festival de Verano en 1996.

"Las fotos con el lago de fondo son las que más se venden", asegura este hombre que, en unos instantes, puede llegar a registrar a más de diez familias y parejas de enamorados

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