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VIENTOS REGRESIVOS

VIENTOS REGRESIVOS

Con la constitución de 1991, no fueron pocos los colombianos que creyeron vislumbrar el inicio de un nuevo país. La revocatoria del mandato al viejo congreso, así como las nuevas normas en torno a la protección de los derechos fundamentales y la participación ciudadana, crearon un ambiente de optimismo general que permitía presagiar el final de las insanas costumbres en el ejercicio tradicional de la política.

Antes de cinco años, sin embargo, el desengaño y la desilusión han comenzado a herir de muerte toda esperanza regeneradora. Como nunca, el actual Congreso de la República ha hecho gala del descaro antipolítico y del más claro apego al viejo país que sancionara la Constituyente.

No se trata simplemente de un Congreso con muchos de sus miembros cuestionados moral y judicialmente por sus compromisos con actores y dineros ilícitos. Se trata de un Congreso en el cual reinan los micos de tamaño orangután, la instauración total de antiguos vicios politiqueros y corruptos, la mentira y el deseo de mordaza contra la opinión, las componendas del clientelismo aprobador y absolutorio, y el nuevo respiro de las costumbres de rapiña frente al turismo, el erario y los cargos públicos.

Con el estilo deplorable de una gruesa bancada parlamentaria, cada semana los asientos del congreso se convierten en zoológico para albergar la más increíble variedad de micos colgados de cuanta ley se emite. Sin que se supiera cómo, ni por obra de quién, siniestros propósitos aparecieron, por ejemplo, en el proyecto de ley de seguridad ciudadana, al ofrecer cárcel de dos a seis años para los medios que publiquen documentos reservados, y de cinco a 12 para los periodistas que divulguen comunicaciones privadas gravadas sin orden judicial. No faltó un extraño mico alcohólico que perseguía disminuir el precio del whisky, ni otros para regular la actividad periodística con representantes del Gobierno.

Salvo minoritarias excepciones, los congresistas buscan ahora derrumbar el régimen de incompatibilidades que creara la Constituyente para salvaguardar la independencia legislativa de los favores del ejecutivo. Al parecer, los congresistas se encuentran más interesados en acceder inmediatamente a cargos ministeriales y a embajadas, que por desarrollar las funciones para las cuales se hicieron elegir. Desean fortalecer de esa manera la vieja costumbre de apoyar al Gobierno a cambio de jugosos platos burocráticos.

Descontentos con la Constitución, los congresistas guardan en sus mangas más de cien proyectos legislativos que pretenden tumbar a retazos la Carta del 91. El pleno restablecimiento del fuero militar para cobijar incluso delitos atroces escudados en el uniforme, constituye otro ejemplo sustancial. El derrumbe de la circunscripción electoral nacional, un nuevo-viejo tipo de conformación del congreso y el recorte a las facultades de la Fiscalía y la Corte Constitucional, cabalgan como medidas próximas.

En síntesis, si el ciudadano colombiano no reacciona a tiempo, el país del segundo milenio seguirá siendo el viejo país. El país cuyos congresistas, después de un desayuno en palacio, aprueban el incremento del IVA, aplauden la vinculación de la mafia a la política o se preparan para saltar sobre los sutanciosos cargos de la diplomacia y el manejo presupuestal.

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