EL RETORNO DEL OSCURANTISMO

EL RETORNO DEL OSCURANTISMO

Como en los viejos tiempos del Turbayismo, por las épocas del Estatuto de Seguridad, las torturas y el destierro, los consejos de guerra y la justicia militar para juzgar a civiles, aparece ahora, la propuesta de Samper para reformar con esa misma inspiración la Constitución Nacional.

13 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

Es previsible que las alocadas sugerencias del desquiciado mandatario encuentren eco y sean acogidas por un Congreso que al fin de cuentas es de su misma estirpe, y comparte el mismo desespero del Presidente por acallar el inconformismo popular y obnubilar las conciencias civilistas que despertaban en el país.

Pretender de nuevo la justicia castrense para civiles y por ende los poderes judiciales a los militares es, no solo atrabiliario sino peligroso para las fuerzas armadas, que como ha venido ocurriendo en el Guaviare y en el Putumayo están siendo distraídas de su verdadera misión, para ponerlas a confrontar a la población civil, reprimiendo sus angustias, encerrándola, y condenando por simples protestas populares de índole social, sin negar además que por este camino pronto se llegará a tipificar el delito de opinión.

Las fuerzas armadas estaban logrando su propia reconciliación fraternal con el país nacional, se habían ganado el respeto de los campesinos por su tolerancia y comprensión, por sus aportes al progreso, pero están a punto de ser carne de cañón en la polarización creciente del país.

Pensar en reformas primitivas y bárbaras como las que proponen Samper y Serpa es sumar más atrocidades a un aparato judicial en franco deterioro por las políticas del gobierno. Si no sirvieron la justicia sin rostro, el estatuto antiterrorista, la conmoción interior, las zonas especiales de orden público y los testigos secretos, no se entiende la insistencia oficial en el hallar nuevas soluciones de fuerza que solo agudizan el conflicto y favorecen a la guerrilla, a cuya causa así no la comparta, terminarán adhiriendo los campesinos y sectores reprimidos, para enfrentar al que consideran enemigo común, el propio Estado.

Solo la concertación y el eventual cambio de actores políticos, incluyendo la salida del Presidente; la despenalización de algunas conductas como el narcocultivo en su fase primaria, y una audaz política de sustitución de cultivos podrá devolverle la concordia a los colombianos, o por lo menos a su reencuentro con el Estado, sin necesidad de acudir a la tiranía sutil.

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