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Un embrollo llamado Céline

Un embrollo llamado Céline

La conmemoración francesa del cincuentenario de la muerte de Céline, truncada por asociaciones judías de hijos de víctimas de la guerra, nietos y bisnietos del holocausto, redundó en beneficio del repelente escritor. La Red se llenó de Céline. Y todos los periódicos serios de Occidente se acordaron de su figura maldita.

Supongo que muchos como yo en todo el mundo corrieron a buscar sus libros para saber qué lo hacía tan execrable y le impedía ocupar el sitio que merece entre los maestros de la prosa en Francia. Para acabar deslumbrados con Guignold's band, Viaje al fin de la noche o Muerte a crédito. Es imposible permanecer indiferente ante este poema cómico, formidable de vómitos, lodos y amarguras, epopeya de la resistencia de los pobres contra sus adversidades. Uno queda lleno de admiración y compasión. De admiración por uno capaz de mirar la existencia humana a la cara en su mísera grandeza, sin flaquear, y de compasión con una lucidez rayana en la rapacidad que se niega a llorar por orgullo y elige maldecir.

Será el entusiasmo por una obra que me era desconocida y me desborda. Pero estoy pensando que todas las novelas que leí frente a las suyas son meras tapicerías de prosistas más o menos hábiles y debilitados por raquíticas esperanzas. Muerte a crédito, encargado a una voz acezante, plaga de puntos suspensivos que dicen que estamos frente a lo indecible, recuerda las peores asperezas del genio del Rimbaud de Una temporada en el infierno. El estilo entrecortado, la fuerza de los verbos, el estado de ánimo pútrido. Pronto Céline se convirtió en el escritor más leído y traducido de Francia después de Marcel Proust. Y el más odiado. Ya en vida las autoridades de su país lo declararon desgracia nacional. Un título honroso para uno que había pensado que el nacionalismo es una enfermedad, y que hizo de su obra un manifiesto contra el colonialismo, la guerra y el poder. Céline deja dicho que no hay guerras saludables, que ninguna razón justifica el envilecimiento, que frente a la perversión uno tiene derecho a apelar a la cobardía, al cinismo o la locura. Eso lo hizo detestable. Más que el antisemitismo que disculpó como un error de percepción un tiempo cuando muchos pensaban que los sionistas estimulaban la guerra conjurados con el comunismo contra la civilización cristiana. Céline heredó de su padre el antisemitismo. Y el gusto por las bailarinas. Más comprensivo que las asociaciones judías opuestas a la celebración de Céline en el cincuentenario de su muerte, el judío Trotski lo consideró un moralista que desplegó el panorama de las crueldades y las mentiras de la vida. Pero la justicia, divinidad vendada, suele establecer jerarquías ambiguas. Vargas Llosa, en una nota sobre la nueva condena de Céline, advierte que Polanski vive en Francia mientras las autoridades gringas lo piden en extradición acusado de drogar a una niña para violarla.

Von Braun, que llevó a los gringos a la Luna, cómplice necesario de los crímenes de Hitler, perteneció a la élite de los sabios norteamericanos a pesar de su pasado. Céline barbotó porquerías para descargar la bilis. Pero no violó niñas. Ni diseñó cohetes contra sus semejantes. Luego del apostólico servicio como médico de pobres debieran perdonar sus retorcimientos ideológicos. Pero mejor así. Para que siga reinando sin la intermediación de las instituciones, aparte, y raro. Es diciente que su tesis de grado versara sobre Semmelweis, microbiólogo húngaro que descubrió que muchas parturientas morían porque los cirujanos no se lavaban las manos en los hospitales. En sus novelas recurrió al habla del arroyo porque pensó que así podía comprenderlo "la bestia vertical", y que esta civilización pide revulsivos extremos contra sus locuras.

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