MÁS SOBRE EL PREMIO ATILA

MÁS SOBRE EL PREMIO ATILA

A nuestra convocatoria para lanzar candidatos al Premio Atila contestó Gloria Triana, proponiendo el Politécnico Grancolombiano como un ejemplo para no seguir de la implantación arbitraria de un uso institucional en un barrio residencial.

19 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

Movido por la curiosidad arquitectónica, me interné a conocer el barrio El Castillo, frente al cual había pasado miles de veces sin pensar en su enorme desarrollo. Esquivando amenazantes cóndores y gacelas, tomé la vía de ascenso que, aún sin la presencia de estos monstruos interurbanos, es totalmente insuficiente y mal diseñada para la topografía del lugar. Mi sorpresa fue en aumento tanto por la belleza intrínseca del lugar como por la sucesión de edificios mal reglamentados y muchos de ellos dignos del Premio Atila.

Es increíble que un barrio relativamente nuevo de Bogotá, con la mejor ubicación y vistas posibles, no hubiera sido motivo de un poco de cuidado por parte de Planeación para exigirle al urbanizador unos aislamientos, un régimen de alturas o escalamientos apropiados para el caso específico de este cerro y una serie mínima de requisitos de parqueo, diseño vial y sobre todo, de conservación ambiental.

Conceptualmente se trata lo mismo el caso de un barrio propuesto en terreno plano que el de otro en las estribaciones de la montaña que es la característica más destacada de nuestro paisaje.

El Politécnico Grancolombiano, desde un punto de vista solamente arquitectónico, tengo que reconocerlo, me impactó favorablemente. Se trata de grupos relativamente pequeños de aulas, discretamente entreverados con el bosque y que físicamente no violentan el entorno. Me escandaliza pensar que con un poco de atención tanto el barrio como la entidad educativa habrían podido ser ejemplos de convivencia y planificación urbana en este sitio privilegiado. Y más me escandaliza que se haya pedido construir sin siquiera el servicio de acueducto.

Aunque al mencionar esta empresa distrital viene a mi mente de inmediato el caso del Colegio Ramón Jimeno, perteneciente a esta misma entidad que a diario invade con sus buses parqueados uno de los dos muy tramitados carriles de la Circunvalar, así como parte de las calles aledañas del sufrido barrio La Macarena. Y con su ruido no solo automotor sino de estruendosos altoparlantes desafía impunemente la resolución 8321 del Ministerio de Salud y los artículos 25 y 26 sobre contaminación por ruidos en zonas urbanas residenciales (gracias a Hernán Tobar por sus luces al respecto).

Como bien dice Gloria Triana, si son los mismos centros destinados a enseñar, quienes violan los principios mínimos de la educación... qué podemos esperar del futuro proceder de sus alumnos? .

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