LA HORA DEL CAFÉ

Desde hace unos meses, proliferan en el país los lugares donde la gente play y los mágicos se sientan afuera para que los vean, y los políticos y periodistas, para que nadie los oiga. Donde los diseñadores y modelos comentan de modas y los actores, de rollos. Donde las señoras bien exasperan a meseros y administradores con su indecisión, y los familiares y los amigos se creen dueños del lugar. Donde los que no son políticos, ni actores, ni modelos, ni famosos, van a mirar a todos los demás. Y donde los extranjeros se acomodan a leer y los nacionales a conversar.

18 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

A conversar después de un día de trabajo o antes de una noche de rumba, con un café o un coctel en la mano. La gente salía a las 5 de la tarde y no tenía a dónde ir , afirma la administradora de Niko Café, Patricia Camelo, para explicar la aparición de pequeños y acogedores rincones que intentan rescatar el hábito de las tertulias, propias de la primera mitad del siglo.

Epoca en Bogotá de tranvías tirados por caballos, de cielos enlutados, de cafés intoxicados de tinto, aguardiente y humo. Cafés situados alrededor de la Plaza de Bolívar, en la avenida Jiménez y en sus calles aledañas. Donde los de Piedra y Cielo leían a los poetas españoles, y los nuevos, a Baudelaire y a Rimbaud.

El Automático, el Asturias, el Windsor, el Avión, el Rivera, el Marsella, el San Francisco, el Gato Negro y el Luis XV, entre otros, muchos otros. Refugios de poetas, pintores y políticos, entregados al placer de la bohemia. León de Greiff, Jorge Zalamea, Germán Arciniegas, Diego Montaña Cuéllar, Alberto Lleras Camargo, Jorge Eliécer Gaitán, Enrique Grau, Alejandro Obregón destilaban sus ideas junto a las humeantes tazas de café y bajo la mirada recelosa del Gobierno.

El mismo Obregón lo cuenta en un libro que sobre él escribió Fausto Panesso: Todos los días entraban tropas, porque todos allí éramos sospechosos de algo, éramos un foco de rebeldes para el Ejército, pero lo único que éramos era gente que se veía mucho, que hablaba, que discutía, solo estábamos llenos de fervor .

Esto parecía heredado de los cafés europeos. De esos que en Londres, durante el reinado de los Estuardo, padecieron amargas persecuciones. Donde se discutían las leyes de Carlos II, de regreso del exilio. Considerados como antros de traidores y conspiradores. Expendios de un bebedizo, negro y repugnante, que afectaba la virilidad de los hombres y la felicidad de sus esposas, que en 1674 se unieron para emitir the women s petition against coffee.

Cafés con vista De esos años dorados, tan solo unos cuantos cafés sobrevivieron a El Bogotazo del 9 de abril de 1948. En el Automático, el San Moritz y el Pentágono, los jubilados se dedican hoy a recordar y los oficinistas a jugar en el billar. Emboladores y vendedores se ocupan en trabajar, y las mujeres no entran jamás. Un cartel en la pared ofrece tinto, gaseosa y té a 250 pesos, y cerveza a 600.

En Bogotá, los cafés se desplazaron al norte y después de la apertura de Il Pomeriggio, en 1994, aparecieron el Café del Parque, Via Venetto, Niko Café, Il Panino, La Tienda del Café, Baraka y Arroba Internet Café. Mientras tanto, en Medellín, los principales tertuliaderos son El Café, Baraonda, Le Gris, el Allegro, el Moka y el Café Al Grano, el más nuevo de todos.

La gente, las sillas y las mesas se quedan afuera del lugar. Acomodadas bajo toldos de verdes o azules fuertes, las parejas tienen vista a un parque y observan a los caminantes. Ambientes contemporáneos en tonos monocromáticos y columnas forradas en espejo, barras en granito y paredes ondulantes, y espacios románticos salpicados de trastos viejos son opciones, muy diversas, que se pueden encontrar.

Refugios donde el arquitecto Bernardo Saavedra encuentra tranquilidad, la publicista Isabella Reyes va a mirar quién está, y que para Gian Gabriele Foschini, administrador de Il Panino, son sitios hermosos y de buena calidad para poder sentarse a conversar .

A hablar sobre el Presidente, que culpable, que inocente; a comentar la novela o la película de ayer; a contar los amores y desamores; a evocar las calles de París, los canales venecianos, la vida en Turín.

Y esto en torno a un café. Café colombiano y café Illy italiano, expreso y capuchino y descafeinado, con sabores de vainilla y caramelo y naranja y avellana, helado y con helado, mezclado con licor y coronado con crema. Pero también té de frutas y cocteles de colores, vino y whisky y cerveza, agua con un toque de limón y cubos de hielos con fresas en su interior.

Las cartas informan que un expreso cuesta en promedio 1.300 pesos; el té, 1.500; el capuchino, 1.600 y si es con licor, 4.000 pesos.

Sin embargo, no solo de café viven estos negocios, dicen dueños y administradores, y entonces también ofrecen toda clase de sándwiches, paninis, crepes y brusquetas, preparados con procciutos y carpaccios italianos, salmón rosado de Noruega y quesos de Holanda y Francia, y postres que se esfuman en la boca.

Todo se refleja en los espejos que recubren las paredes de los cafés. Espejos que dan la sensación de amplitud. Espejos que iluminan el lugar. Pero sobre todo, espejos que sirven para mirar. Al que entra y al que se va y al de la barra y a sí mismo al de más allá. Porque, concluye Juan Manuel Osorio, dueño de Vía Veneto, a estos sitios uno también viene a ver y a ser visto .

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