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Turbulencias económicas

Turbulencias económicas

Las enrevesadas negociaciones entre demócratas y republicanos en Estados Unidos, entre Casa Blanca y Congreso, para evitar una inverosímil cesación de pagos por parte de la primera potencia económica, militar y política del planeta, mantuvieron en vilo al mundo durante varias semanas, atónito ante tanta obcecación e intransigencia.

Al borde del abismo, finalmente se llegó a una fórmula de compromiso que a ninguno de los dos bandos satisfizo, pero conjuró el riesgo de otra universal e inminente catástrofe financiera. Se elevó el nivel de la deuda y se convino un recorte gradual de gastos, prescindiendo por lo pronto de fortalecer las rentas públicas mediante la supresión de las dádivas a los contribuyentes de más altos ingresos, por la cual el presidente Obama en vano y con persistencia abogó. Los antecedentes de esa nación no presagiaban un forcejeo tan azaroso y prolongado, ni las circunstancias críticas que lo provocaron, cuando la recuperación económica no logra aún consolidarse. Es posible que el arreglo de emergencia no logre impulsarla sino que sea otro factor de lentificación o merma de dinamismo. Aunque no faltan quienes confían en que el menor gasto público libere recursos en favor de la iniciativa privada para su inversión oportuna. Podría, eventualmente, venir un período de relativo estancamiento, como el reiniciado en 1937 por causa de prematuros reajustes fiscales que truncaron el ritmo del vigoroso repunte de la economía, después de la gran crisis de 1929.

Fuera de haberse exteriorizado un punto de vulnerabilidad económica de la superpotencia.

¿Cuál el elemento político determinante? Aparte de la proximidad de elecciones presidenciales y legislativas, la aparición en el Congreso estadounidense del ultraconservador Tea Party, adverso a todo avenimiento y obsesionado con llegar al poder con sus fanáticas banderas. No obstante, la conclusión provisoria del encarnizado debate ha llevado al presidente Obama a enviar al Congreso, para su aprobación, los TLC con Colombia, Panamá y Corea del Sur, dejando de lado las reticencias que sobre ellos tuviera y creyéndolos útiles para crear empleos en EE. UU.

En el vecindario, llaman la atención las enérgicas medidas expedidas en el Brasil por la presidenta Dilma Rousseff para frenar la caída de la producción industrial, ocasionada por la apreciación de su moneda y otros hechos concomitantes. "Tenemos que proteger nuestra economía, nuestras fuerzas productivas y nuestros empleos", afirmó. Tan plausible como es la iniciativa colombiana de concertar a nivel suramericano o de los países vecinos las políticas para hacer frente a los perjuicios de la revaluación, no podemos ignorar que cada cual va estableciendo sin demora sus mecanismos defensivos.

Aquí damos trazas de estar embelesados con al auge minero-petrolero y de desdeñar las dañinas manifestaciones de la llamada "enfermedad holandesa". Es más. A disparar las importaciones se ha contribuido con la baja unilateral de aranceles en los momentos menos propicios, sacrificando suma valiosísima de las rentas fiscales, mientras las necesidades públicas se acrecían con las sucesivas olas invernales y se proyectaba la venta de importantes activos del Estado.

No es de ignorar ni de subestimar lo mucho que ha pasado a significar, otra vez, la actividad extractiva de materiales no renovables, supremo polo de atracción y producción en la Colonia. Pero no conviene perder de vista otros ángulos, ni otros focos esenciales para la creación de empleo, a la cual mucho aporta la construcción, felizmente recobrada. El retroceso de la industria es una campanada de alerta, similar a la del Brasil, con el aditamento de que también afecta a la agricultura como fuente de trabajo y producción

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