SI EXISTE EL INFIERNO

SI EXISTE EL INFIERNO

Con solo leer el título, ya se han producido diversos grupos de lectores:

18 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

1- Los que se apresuran a leer esta columna con la esperanza de que les diga que cerraron el infierno para siempre. No está en mis manos. Qué tal! 2- Los que desean saber si lo han mitigado un poco, con relación a lo que imaginaba la piedad antigua: un horno ardiente, a miles de grados de temperatura, con diablos y tridentes para atizar el fuego de cada condenado.

3- Los que vigilan que el autor sea fiel a la enseñanza tradicional.

4- Finalmente, aquellos que, por miedo o desinterés, no quieren prestar atención a una creencia que juzgan pasada de moda o que no dice con ellos. Y, si de pronto es verdad, quien saldría perdiendo? Entremos ya en materia con los que quedan.

Pero antes de entrar en materia y, sobre todo, en tema tan delicado, se imponen ciertos presupuestos.

El primero y más importante es que el infierno pertenece a la revelación cristiana. Su afirmación en boca de Jesucristo aparece en muchos pasajes de los cuatro evangelistas.

La tarea de los teólogos consiste en ayudar a interpretar la Revelación.

Nunca han faltado en la historia de la Iglesia algunos fundamentalistas, quienes en vez de interpretar, se apegan a la letra de los textos, haciéndolos decir no lo que quiso el escritor sagrado, inspirado por el Espíritu Santo, sino la mera letra. Olvidan que los textos sagrados son mensajes de Dios, expresados en una cultura distinta de la nuestra, y con un lenguaje cargado de mitos, símbolos e hipérboles, todos al servicio de un mensaje que necesita ser leído críticamente y traducido a nuestra época. Hoy en la Iglesia se trabaja en hacer la traducción de la fe en el infierno, a nuestra cultura moderna.

Debemos superar la concepción medieval del infierno y la imaginería barroca posterior, inspiradas en las descripciones literarias extracristianas, como las de Platón y Virgilio, en la Antigedad y las representaciones simbólicas del mismo Dante, en la Edad Media. El lenguaje usado por los evangelistas debe entenderse como simbólico y pedagógico. Bien sabía Jesús lo grande e inaudito que es el cielo la vida con Dios y no pudo menos de enfatizar con imágenes semitas, lo que se iban a perder los que rechazaban el don de Dios. Esto supuesto, preguntémonos: cómo se entiende hoy día el infierno? Ante todo, conviene observar que ya no resulta apropiado hablar del infierno como castigo aplicado por Dios a los condenados, y menos aún como una venganza del mismo Dios. Jamás! Tal interpretación quedó descartada. Es incompatible con el Abbá, Padre misericordioso, que nos reveló Jesús. Se trataría de un tirano, que fuera de crearnos sin nuestro consentimiento, nos castigara por no haber creído en él, ni haberle rendido culto.

El infierno, se enseña hoy, es un autocastigo, un libre rechazo del don de la salvación que nos ofrece Dios a todos sus hijos. Hasta allá pueden llegar la ceguera, la terquedad y la indiferencia del pecador que, por anteponer su cielo de placeres materiales de la vida presente, rechace el verdadero cielo definitivo que le ofrece Dios. Dios ofrece, pero no impone. El infierno consistiría en una especie de pecado eterno , en una expresión estable del pecado, o bien, en una segunda y definitiva muerte, como la llama San Juan. A veces se piensa que el infierno es incompatible con el amor de Dios. Pero precisamente quienes más han creído en el amor de Dios, por ejemplo Jesucristo, son quienes más han enseñado la posibilidad de la condenación eterna.

Son impresionantes la frecuencia y la seriedad con que habló Jesús del infierno. Entren por la puerta estrecha, aconsejó Jesús a sus seguidores, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la perdición, y muchos son los que entran por él . Mt.7.13.

Esta lectura de los pasajes bíblicos del infierno va a título de orientación, que pretende no solo dejar a salvo la verdad de fe, sino hacerla hoy día vigente y eficaz.

La conducta de los colombianos, en especial de ciertos funcionarios públicos, no puede ser peor. Se ha perdido el temor de Dios, quizá por culpa nuestra, por no haber vuelto a predicar sobre el infierno. La verdad de fe no puede ser más seria y más cierta: seamos católicos, musulmanes o ateos, si no practicamos el amor a Dios en el amor a nuestros hermanos, si continuamos asesinando, mintiendo, oprimiendo al débil y al pobre, robando y matando ponemos en serio peligro nuestra salvación, y es posible nuestra condenación eterna.

En la educación religiosa de los niños, conviene no pasar por alto advertirles la posibilidad de la condenación, al menos de los adultos empedernidos. La vida hay que tomarla en serio. No existe la tal reencarnación. Es contraria a la fe cristiana.

Lo que cuenta en el fondo es la advertencia que sale del corazón de Dios, que evitemos, cegados por nuestro egoísmo, perdernos el don de Dios del que bien dice San Pablo: Que ni ojo vio ni oído oyó, ni cabe en la mente humana el cielo que Dios tiene preparado para los que lo aman .

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