SUPRESIÓN DE LA VERGENZA PRODUCTIVA

SUPRESIÓN DE LA VERGENZA PRODUCTIVA

La toma por los cocaleros de la alcaldía y de otras dependencias oficiales en Mocoa, como otros actos de protesta en el mismo departamento de Putumayo, en el Guaviare y el Caquetá, ponen de presente la magnitud y las ramificaciones alcanzadas por esta actividad ilícita.

17 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

Inclinados por la costumbre a verla en términos de laboratorios, transportes y despachos clandestinos, los colombianos no caímos oportunamente en la cuenta del auge que los cultivos iban adquiriendo en los territorios periféricos. De pronto, nos encontramos con una agro-industria concentrada e integrada de proporciones pecuniarias notablemente superiores a las del café.

Innegablemente, sus desarrollos contaron por buen o mal tiempo con una propicia atmósfera de permisividad. En un principio se combatieron sus formas violentas, su terrorismo, sus atentados contra personalidades representativas del Estado. No obstante, aun dentro de dicha fase hubo ánimo conciliatorio con sus jefes reconocidos, según lo demostraron la llamada política de sometimiento, las condiciones penitenciarias y la posibilidad de delinquir desde el refugio seguro de las cárceles. Era cuando los testaferros se paseaban como Pedro por su casa y no pocos gozaban de aprecio social e influencia política.

La fuga de la cabeza del cartel de Medellín abrió los ojos e impuso una estrategia más efectiva frente a los terroristas, pero de implícita tolerancia con la economía del narcotráfico mientras no creara problemas de orden público. En parte, por su colaboración para reprimir las expresiones de violencia.

En el curso de la Asamblea Constituyente la línea predominante fue de apaciguamiento. No sólo por la prohibición de la extradición sino por medidas concomitantes de tipo económico. El nuevo régimen cambiario legitimó el ingreso de los dineros de cualquier origen (incluidos los del narcotráfico) y una vez en el país no hubo ninguna limitación para utilizarlos e invertirlos. Al mercado nacional se incorporaban y en él se movían sin restricciones.

Con la marihuana ocurrió algo semejante en época anterior, hasta cuando se le cerró la denominada ventanilla siniestra en 1977, merced a las facultades del control de cambios entonces existente. Era utópico e ingenuo suponer que después de nacionalizados los respectivos dineros habrían de congelarse y de mantenerse escrupulosamente al margen de cualquier operación comercial.

En veinticinco años, el tráfico de narcóticos ha tenido asombroso ímpetu expansivo y ha arrojado cuantiosas ganancias que en el ancho mundo han echado anclas, obviamente sin excluir a Colombia. Lo que más llama la atención e inquieta es el hecho de haber montado en su suelo la economía informal sobre cuyas características y dimensiones al fin se han descorrido los velos.

Costos financieros y laborales El primer requisito para el éxito de desandar sus pasos es situarla en su exacta significación de flagelo de la humanidad con inocultables raíces en nuestra patria y en otros países latinoamericanos, viejos productores de coca.

Probablemente aquí no nos hemos detenido a pensar en las implicaciones y dificultades de cortar de tajo una agro-industria poderosa e ilícita. El aforismo popular enseña que la necesidad tiene cara de hereje. Y, por la salud y estabilidad de Colombia, es absolutamente necesario erradicar esa productiva vergenza.

Si a alguien se le comunicara en Colombia la inminencia de la extinción de la industria cafetera, por cierto en aprietos con motivo de la revaluación, se resistiría a admitir tan patética perspectiva. Pues bien. Guardadas las debidas distancias en el campo ético, legal y salutífero, en lo económico puede resultar equivalente la eliminación de los recursos viciados y viciosos del narcotráfico. Con el factor agravante de que también se ha extendido al mundo rural y ofrecido en su ámbito oportunidades de trabajo e incluso de enriquecimiento.

En cuanto dependió de la materia prima peruana y boliviana, se redujo a ser un proceso de transformación industrial y de comercialización clandestina. Pero como el éxito trae éxito según Chamfort, no se tardó en contaminar al agro, aprovechándose de su desamparo e infortunio. La tesis generalmente aceptada era la de que los brazos cesantes habían emigrado a las ciudades o se habían refugiado en la violencia. Ahora sabemos hasta dónde encontraron generoso asilo en la delictuosa actividad de los narcóticos.

Felizmente el inevitable ocaso de la economía del narcotráfico coincide con el despuntar de la bonanza petrolera. Pero ello no indica que la batalla por eliminar ese flanco podrido no tenga un costo financiero y otro social: el primero por el cercenamiento de los recursos correspondientes y el segundo por el cierre de una fuente ilícita de trabajo y su reemplazo por otra ceñida a la ley y la decencia.

La desaparición de un ingreso nocivo no es demasiado arduo de resistir y asimilar. En lo tocante al empleo y al medio de vida de las familias, las cosas se tornan más problemáticas y conflictivas. Entre otras razones por la imposibilidad de dar plazos para la sustitución sin correr el riesgo de validar la venta y la movilización de artículos estupefacientes.

Estrategia global El énfasis inicial ha sido puesto en los aspectos militares y policiales de fumigar cultivos y de reprimir el acceso a los precursores y materias primas de la industria prohibida. Son tareas imprescindibles, tanto más cuanto se relacionan con el mantenimiento o el restablecimiento del orden público.

Sin embargo, habiéndose querido destacar en este comentario la connotación económica y los costos financieros y laborales, permítase subrayar la importancia de disponer de un tratamiento global y suficientemente comprensivo para atender a las complicaciones del desmonte imperioso del narcotráfico. No vaya a escudarse en los azares de conflictos sociales regionalmente multiplicados y hábilmente manipulados y capitalizados.

La cooperación internacional se ha invocado para la persecución y el juzgamiento del delito. Del mismo modo y con neta franqueza debiera procederse para los efectos de sustituir trabajos y cultivos. Por grande que sea la voluntad de una nación, sus solas energías no bastarían para coronar la ambiciosa e irremplazable empresa en pro de la humanidad.

Por lo demás, es entendido que el Congreso de Colombia aprobará con sentido de emergencia las leyes punitivas, preventivas y represivas contra el narcotráfico y sus bienes malhabidos. Pésima impresión causan en el exterior noticias como la de que a uno de los heliotropos de la mafia criolla se le condenó a cuatro años de presidio por porte ilegal de armas. Noticia difundida a todos los vientos por un periódico televisivo extranjero con daño del aporreado nombre de Colombia, tan urgido de rehabilitación y promoción a base de acciones y comportamientos irreprochables.

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