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Cuando el amor llega en buses

Cuando el amor llega en buses

Con un gesto mecánico, Liliana saludó a Ángel frente al Hostal Mati, en el pueblo español de Fermoselle. Él le preguntó de dónde era y ella respondió que venía de Colombia.

Al volverlo a ver por la noche no lo reconoció. Sin embargo, ahora, más de cuatro años después, puede describir cada detalle de ese encuentro. ¿Por qué? "Aquí estaba mi destino", dice.

Liliana llegó a Fermoselle -una localidad de Zamora, a pocos kilómetros de Portugal- en una caravana de mujeres. Ella hacía parte de una simpática iniciativa que todavía ayuda a combatir el despoblamiento rural en España, ocasionado en los años 50 por un buen momento económico y la necesidad de mano de obra en las ciudades. Las caravanas de mujeres prenden motores cuando un pueblo, habitado en su mayoría por hombres -como sucede con frecuencia en España-, se pone en contacto con una organización que programa ese tipo de visitas femeninas. Los anfitriones preparan el almuerzo y la música. Los encargados de la caravana llenan un enorme bus de mujeres. De lo demás se encarga el destino, como le pasó a Liliana.

La Asociación Caravana de Mujeres (Asocamu), fundada en 1995, es la más antigua en el país. La dirige Manuel Gozalo y ha realizado 70 visitas, en las que han surgido alrededor de 120 parejas. De ellas, 60 siguen vigentes. En tres o cuatro han tenido presencia de algunas colombianas. La idea, sin embargo, es anterior. Surgió en 1985, cuando un grupo de solteros del municipio Plan (en Huesca) vio la película norteamericana Westward the Women, en la que se muestra la repoblación del Oeste durante la colonización con mujeres provenientes de Chicago. Con 40 hombres solteros por cada mujer soltera no fue difícil poner la idea en práctica en el municipio. Estas caravanas aportan en la repoblación rural, pero no son la solución. Para Gozalo, se necesitan más subvenciones para los agricultores. "Con poca tierra no se puede vivir en el campo. Los pequeños agricultores y ganaderos se ven obligados a irse a las ciudades, y los pocos que aguantan se van jubilando.

Sus hijos no continúan", concluye. El ejemplo que predica Gozalo fundó Asocamu en compañía de otros amigos de Segovia, y predica con el ejemplo. Conoció a su esposa, la dominicana Venecia Alcántara, en la tercera caravana; ahora ella le ayuda con la organización de las visitas.

Las mujeres pagan 20 euros (unos 50.000 pesos) por día. El precio incluye el viaje en el bus, la comida y el resto de actividades, que comúnmente consisten en un concurso de baile y una fiesta con música hasta la madrugada. Los hombres que quieren participar cancelan 50 euros. El pueblo paga a Asocamu la mitad de los gastos del bus y organiza la comida.

Sin embargo, las caravanas no atraviesan su mejor momento. "Este año hemos suspendido cuatro y solo hemos realizado tres", dice Gozalo. La explicación al hecho de que no existan caravanas de hombres también está en las cifras. De cada 10 personas solteras, de edades entre 30 y 70 años en un pueblo, ocho son hombres y dos son mujeres. "Intenté organizar una caravana de hombres en un pueblo de Segovia, pero fue imposible", dice Gozalo, quien agrega que muchos no se apuntan por simple vergüenza. Ritmo latino Tres mujeres suramericanas se suben a una caravana cuyo destino es un pueblo de Guadalajara (en el oriente de Madrid). Cada una trae su historia y todas crean nuevas expectativas y nuevas parejas. Es el argumento de Flores de otro mundo (1999), una película de la española Icíar Bollaín, que retrata la iniciativa.

La mayoría de las mujeres que se les miden a las caravanas son latinoamericanas. En un bus de medio centenar de personas van alrededor de seis españolas, y el resto es de Suramérica. Gozalo calcula que entre 10 y 20 son colombianas. Ello se debe, en buena parte, a que una de las chicas que le ayuda a organizarlas es de Colombia. "Las colombianas son muy melosas y les gusta bailar, como a las demás latinoamericanas", dice Gozalo. Por eso, el momento cumbre de la jornada es el concurso de baile. El premio suele ser un electrodoméstico, como un secador de pelo. Y los finalistas se llevan juegos de dominó o de dados.

Para Carlos García Heras, fundador de la Asociación Cultural Caravana del Amor, la mayoría de las mujeres colombianas que participan "buscan la felicidad en pareja y en el entorno rural, son cariñosas, simpáticas, amables y divertidas". Asegura que no buscan colombianos. ¿La razón? "Su machismo", dice. "El colombiano es dominante y ellas quieren ser libres y tomar sus decisiones sin que nadie ejerza de amo". Un Ángel para Liliana La historia de Liliana con Ángel comenzó con música. Ella estaba sentada al lado de su prima Rosa. Miraban bailar a las parejas cuando se le acercó el hombre que la había saludado frente al Hostal Mati. Aunque ella no lo reconoció, comenzaron a conversar. Él le hacía todo tipo de preguntas; incluso, le propuso contratarla como vendedora. Ella le dijo que ya tenía trabajo. Era verdad. Liliana había llegado a España desde Santa Rosa de Cabal (Risaralda) para cuidar al niño de una familia colombiana a la que conocía. A los seis meses, su prima la convenció de apuntarse a una caravana de mujeres.

"Lo hicimos por conocer, no por conseguir novio", explica Liliana. Primero fueron a Piedrahíta y, en la segunda salida, a Fermoselle. También era la segunda caravana que visitaba el pueblo, según explica el alcalde, Manuel Luelmo. "Ahora hay varias parejas con hombres portugueses. Recientemente llegó una dominicana. Mi mujer, incluso, es cubana", aclara para demostrar que se trata de un pueblo con las puertas abiertas en este sentido. Liliana lleva cuatro años allí. Pero Ángel tuvo que insistir mucho para que se decidiera a dar el paso. La llamó varias veces después de la visita de la caravana. La visitó ese diciembre. Quedaron en salir el día 15, con su prima.

Ella se enfermó de la rodilla, y Liliana recorrió Madrid sola con Ángel.

"Estuvo siempre muy educado y no me produjo desconfianza", recuerda. "Él durmió en un hotel y al día siguiente volvieron a salir. "No intentó ni siquiera cogerme una mano", relata Liliana. Pasaron el 31 de diciembre donde una hermana de Liliana en Elche. Durante el camino él le confesó que la quería. Ella aceptó que le gustaba, pero le dijo que eso era todo. Él insistía en que la convivencia les ayudaría.

El tiempo demostró que tenía razón. Con la perseverancia de Ángel y, luego de un malentendido de Liliana con los jefes, ella llegó a Fermoselle. Al principio se quedó en el Hostal Mati. En junio de ese año se casaron y en diciembre fueron a Colombia. Liliana, que era viuda, había dejado en el país a sus dos hijos de 14 y 15 años. Ángel siempre mostró gran interés en llevarlos a Fermoselle, lo cual hicieron a los pocos meses. Ahora viven allí y están muy contentos.

"A los 44 años estrené una nueva vida", dice Liliana desde Fermoselle, donde encontró su destino

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