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SOBRE LOS GATOS Y LOS QUESOS

SOBRE LOS GATOS Y LOS QUESOS

La semana pasada se conoció la carta en la que César González, actual presidente de la Asociación Bancaria de Colombia, declinó aceptar su nombramiento como nuevo Superintendente Bancario. Dicho nombramiento había sido criticado por algunos comentaristas, con el argumento de que el haber representado los intereses del sector financiero ante el Estado inhabilitaba al presidente de la Asobancaria para asumir de manera neutral la vigilancia y la supervisión de las entidades vinculadas al sector.

En otras palabras, como bien lo dijo César González en respuesta a tales comentarios, se partía de la base de que cualquiera que propicie un interés especial queda automáticamente inhabilitado para asumir un cargo público en el que se ejerza alguna autoridad sobre ese mismo interés.

La aplicación de esta tesis moral, tal como se ha propuesto, hubiera impedido que Carlos Lleras Restrepo se posesionara de la Presidencia de la República, por haber dirigido a Fedemetal, o Hernando Agudelo Villa del Ministerio de Hacienda, por sus vinculaciones con Fenalco. Peor aún, esta moral aparente, que exige que no solamente se impida a los gatos cuidar el queso, sino también a cualquiera que parezca gato, hubiera privado al país de las luces de muchos ciudadanos cuya experiencia en áreas específicas de la actividad económica o social fueron precisamente las razones que motivaron su nombramiento para cargos directamente relacionados con tales áreas.

Hace bien entonces César González en afirmar que se siente moral, técnica y legalmente competente para desempeñar la tarea de Superintendente Bancario. No es aceptable que solamente las personas que puedan preciarse de jamás haber trabajado en una entidad con ánimo de lucro, y cuya vida haya transcurrido entre la academia, el Estado y las entidades internacionales, ofrezcan suficientes garantías morales para el ejercicio de la función pública.

Desafortunadamente, como también lo anota González en su carta al Presidente de la República, la Ley 200 de 1995, más conocida como el Código Disciplinario Unico del Servidor Público, tiene algunos vacíos que se prestarían para ataques políticos al Gobierno mientras son clarificados por el Contencioso Administrativo. Esta es la única razón que le impide aceptar el nombramiento que se le ofrece.

De todo este incidente quedan dos moralejas. Una de ellas es la necesidad de precisar de manera razonable las incompatibilidades que prevé la Ley 200. La otra es la de que los peores gatos son aquellos que, sin parecerlo, jamás pierden la oportunidad de meterle la garra al queso.

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