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RESPONSO AL FRANQUISMO

RESPONSO AL FRANQUISMO

Si la muerte del general Franco y la consiguiente democratización española no son más que vago recuerdo para quienes las vivieron hace veinte años, para los jóvenes deben parecer episodios insignificantes, a pesar de tratarse de la agonía de parte muy importante del siglo. Aquel a quien sus apologistas llamaron Generalísmo y Caudillo fue junto con Mussolini, Hitler u Oliveira Salazar representante de una ideología que casi consiguió dominar al mundo y lo sumió en la guerra más cruenta de la Historia.

El fascismo como movimiento que se hizo sentir inclusive en Colombia y en su versión española, el franquismo hizo parte de la reacción ante otro protagonista de estos cien años, el comunismo, divergentes ambos en sus aspiraciones doctrinarias y sociales pero coincidentes en métodos como el Estado fuerte o el partido único.

La figuración prolongada y discutida del general Francisco Franco se inició como la del oficial aparentemente anodino que encabezó en Africa, en el 36, el pronunciamiento contra la República. La encarnizada guerra civil posterior fue preludio de la mundial, merced a la ayuda abierta de Italia y Alemania a los insurrectos, y de Rusia y las izquierdas internacionales al Gobierno de éstos, como también constituyó el primer acto de la ofensiva mundial del fascismo, bautizado así por su fundador, el Duce, para recordar un símbolo del poder romano.

Franco sepultó la República y gobernó a España omnímodamente y sin piedad con sus enemigos durante tres décadas. Como hoy ocurre con Pinochet, en Chile, unos le reconocen a su régimen haber llevado la nación a la sociedad industrial, mientras otros lo califican como un oprobio.

Luego de la pérdida de Cuba, epílogo de su prolongado imperio, los españoles habían empezado a sintonizarse con Europa gracias a las generaciones brillantes del 98 y del 27. El franquismo implicó la desbandada de esa modernización y lo que José Luis Aranguren describe como renuncia de la conciencia nacional en un déspota no propiamente ilustrado.

Hoy está más completa la visión sobre lo que en realidad fue un duelo entre grandes ideologías, de cuyo capítulo bélico Franco mantuvo astutamente aislado a su país. Hitler renunció a exigirle compromisos ante su pretensión sobre el norte de Africa.

España permaneció también al margen de la postguerra, dentro de la tradición antieuropea de la Contrarreforma, hasta cuando luego de la muerte del Caudillo el rey Juan Carlos emprendió con éxito la democratización que hoy va en la reincorporación ibérica a la comunidad continental y a la Alianza Atlántica. El franquismo repercutió en Colombia, en cuanto algún sector comulgó con sus ideas y, por contrapartida, a la vez se benefició de aquella diáspora intelectual y científica antifranquista, algunos de cuyos principales exponentes se acogieron al amplio albergue que les ofreció nuestro país, por entonces bajo el Gobierno del presidente Eduardo Santos.

Hasta cierto punto el país ha reproducido en sus guerras civiles y en especial en la larvada del medio siglo cuyas secuelas se dan hoy bajo otras variables, la rivalidad tradicional española entre modernidad ilustrada liberalizante y tradicionalismo conservador, o si se prefiere, el choque hoy ya anacrónico de izquierdas y derechas.

La joven pero vigorosa consolidación democrática española es un proceso que conviene e interesa a Iberoamérica y en particular a Colombia. Si bien esa relación avanza formalmente por los cauces en ocasiones formalistas de los protocolos de la Comunidad Iberoamericana, al menos en el caso de Colombia lo notable es un alejamiento de la España que se pone al día con Europa como del viejo Continente en general. Habría que preguntar en colegios y universidades cuántos jóvenes conocen hoy nombres, desarrollos y proyecciones de la política y la cultura ibéricas. Sería torpe que, por atender necesidades diplomáticas, económicas y culturales comprensibles, el país y la región se distanciaran del polo natural de su tradición.

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