PARAMILITARES, AHORA AMAPOLEROS

PARAMILITARES, AHORA AMAPOLEROS

Para Camilo Echandía, asesor de la Consejería de Paz, Economista y profesor titular de la Universidad Externado de Colombia, el fenómeno de la violencia en el Tolima está estrechamente ligado con la producción amapolera y su incidencia en los ámbitos social y económico de la región.

29 de noviembre 1995 , 12:00 a.m.

Revelador estudio sobre la amapola y la violencia en el Tolima Su estudio más reciente, sobre el tema, titulado Amapola y Violencia en el Tolima, el cual publicamos a continuación, hace importantes revelaciones sobre la incursión de los paramilitares en el negocio ilícito y la dinámica de este tipo de economía de ciclo corto, portadora de la ilusión de progreso y una alta carga de violencia.

En el departamento del Tolima se ha detectado el mayor número de hectáreas sembradas con amapola, concentradas en 11 municipios. Se ha podido estabelcer que la guerrilla actúa en 10 de estos municipios; grupos de justicia privada o paramilitares tienen presencia en seis 6; tres registran conflictos por la tierra y finalmente seis se encuentran afectados por la violencia que se expresa en altos niveles de conflicto armado o elevadas tasas de homicidio o secuestro.

En los municipios del sur del departamento se concentran la mayoría de los factores de violencia. Los municipios con cultivos de amapola son: Ataco, Chaparral, Ortega, Planadas, Rioblanco, San Antonio y Rovira. En estos se presenta un fenómeno de colonización vertiente, presencia de una población trashumante atraída principalmente por las bonanzas ofrecidas por los cultivos ilícitos, una agricultura campesina deprimida, comunidades indígenas con conflictos de tierras no resueltos, incremento en la delincuencia común, la presencia muy activa de las FARC a través de dos de sus frentes y también de los grupos de justicia privada.

Los problemas que han afectado al sector agropecuario en los últimos años se expresan en esta zona en la fuerte contracción de la agricultura comercial (café, algodón y arroz), como de la economía campesina que genera un alto índice de desempleo rural. Estas circunstancias han llevado a que los cultivos ilícitos se constituyan en una alternativa a la crisis económica y es así como a partir de 1989 los cultivos de amapola se comienzan a extender sobre la Cordillera Central que atraviesa el departamento.

Por otra parte, la zona indígena del sur del Tolima ha registrado los niveles más altos de conflcito agrario, coincidiendo con los municipios productores de amapola en Ortega, Chaparral y Ataco. En estos municipios el conflicto agrario ha tenido la interferencia de la guerrilla y de los grupos paramilitares que han imprimido una mayor carga de violencia. Las Farc operan en todos los municipios del sur del Tolima, donde encuentran una zona propicia para las operaciones guerrilleras, (en este sentido los municipios de Chaparral y Planadas registran entre 1990 y 1994 elevados niveles de actividad armada) y es también una zona vital para el financiamiento proveniente de los cultivos ilícitos. Los recursos de la guerrilla se obtienen a cambio de que esta garantice el orden social y evite abusos de los comerciantes de las zonas donde la bonanza económica derivada de la producción y comercialización de la amapola, introduce enormes distorsiones en los patrones de comportamiento de los pobladores, que terminan expresándose a través de diferentes manifestaciones de violencia.

Paramilitares en el negocio amapolero Las organizaciones paramilitares, particularmente la que se denomina Rojo Ata en los municipios de Rioblanco, Planadas y Ataco, también participa en el negocio de la amapola y propicia el desplazamiento de colonos y campesinos de zonas cocaleras para organizarlos en torno a la producción de amapola y recolección del látex. Esta organización armada se financia en parte por los ingresos provenientes de los cultivos ilícitos, teniendo como objetivo impedir la incursión guerrillera y la infiltración en las zonas bajo su influencia, de personas cercanas a la guerrilla o que así lo parezcan. Estas organizaciones que tinene menor cohesión que la guerrilla, enfrentan dificultades ante el rápido enriquecimiento de sus miembros, que se disputan el aparato armado, a fin de tener pleno dominio sobre los cultivos ilícitos.

La dinámica que ha adquirido la violencia en el sur del departamento (subregión del Alto Saldaña) parece tener una estrecha relación con el negocio de la amapola. En efecto, en todos los municipios del sur del departamento, con excepción de Chaparral, se aprecia una alta relación entre el aumento del tráfico de armas, el incremento de los homicidios y la disminución de las lesiones personales.

Chaparral bajo la sombra de la guerrilla En jurisdicción del municipio de Chaparral, donde se registran cultivos de amapola, la guerrilla ha impuesto estrictas normas de control social tendientes a frenar la escalada de robos, asaltos y asesinatos que a diario se cometían. La guerrilla ha establecido para quienes asuman actitudes antisociales un régimen de castigo similar al utilizado en las zonas coqueras bajo su influencia.

Las penas van desde las multas en dinero para quienes protagonicen riñas, hasta la pena de muerte para homicidas. En estas zonas, la guerrilla ha controlado la llegada de gentes atraídas por la bonanza, mediante la estricta selección del personal que ofrece su trabajo, evitando con esto que los procesos de inmigración se canalicen hacia la delincuencia común. La mediación en la comercialización de látex a través del cobro de un impuesto a productores y compradores es otra de las tareas desempeñadas por la guerilla en el sur del Tolima. Como en otras regiones, la guerrilla ofrece a cambio del pago del impuesto, garantizar el orden social, asignar las áreas de cultivo, aplicar la justicia, evitar los abusos de los comerciantes e impedir que se creen grupos paramilitares. Todo parece indicar que los compradores buscan maximizar su ganancia y para lograrlo se trasaldan a zonas donde no esté presente la guerrilla, para así eludir el pago del impuesto exigido.

Por otra parte, las zonas donde el negocio de la amapola se ha desarrollado sin que la guerrilla intervenga directamente como en los casos descritos anteriormente, la primera característica observada es el apresurado proceso de compras de tierras por parte de inversionistas que buscan dedicarlas a la siembra de la amapola. No se aprecian mejoras importantes en las fincas campesinas como en otras localidades vinculadas a la producción de látex, debido a que las personas que participan en la producción del látex han venido de otros lugares y no tienen ningún arraigo ni interés en invertir en la producción agropecuaria. La abundancia de dinero ha dado lugar a la proliferación de nuevos negocios. Las distorsiones introducidas por el consumo desbordado y la abundancia de armas y licor, han tenido efectos especialmente graves en estas localidades.

Amapola y violencia En los momentos en que los precios de látex caen por alguna razón, también se genera violencia. Así ocurrió en diciembre de 1991, cuando la baja en los precios desató una ola de asaltos a buses, fincas y establecimientos comerciales, perpetrados por personas que no se resignaron a ver mermados sus ingresos. La espiral de violencia se plasma en el alarmante aumento de los homicidios.

Como se observa en el caso del Tolima y en otras zonas productoras de amapola, los más beneficiados con el auge a nivel local son los intermediarios. Estos mismos intermediarios hacen que los excedentes generados en la actividad no se queden en la región, sino que se trasladen a otras localidades o a los centros urbanos, como se constata a través de la larga tradición de economías especualtivas en Colombia. Así mismo, las localidades productoras quedan expuestas a un clima especialmente propicio para la gestación de los conflictos y la violencia. Es así como al finalizar el ciclo, no quedan obras de infraestructura social que sustenten unas mejores condiciones de vida para la población, abocada a enfrentar el paso de la bonanza con sus secuelas de ruina, abandono y aislamiento. La producción de amapola en el Tolima se desarrolla en escenarios tradicionalmente conflictivos que se tornan aún más críticos por todo lo que conlleva la irrumpción de una economía de ciclo corto portadora de la ilusión del progreso y una lata carga de violencia.

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