EL OTRO SANTO PATRONO

EL OTRO SANTO PATRONO

Cuando azotada por una epidemia de cólera la naciente Barranquilla armó a las volandas una procesión con la imagen de San Roque de Montpellier, marcó un punto en la historia a partir del cual San Nicolás de Tolentino comparte patronato.

19 de agosto 2001 , 12:00 a.m.

Cuando azotada por una epidemia de cólera la naciente Barranquilla armó a las volandas una procesión con la imagen de San Roque de Montpellier, marcó un punto en la historia a partir del cual San Nicolás de Tolentino comparte patronato.

Fue una circunstancia que llevó a construir un templo en honor al santo francés, y que, a la postre, llevó a Barranquilla a una división en dos distritos: el de San Nicolás, al norte; y el de San Roque, al sur.

Ahora, cuando Barranquilla acaba de celebrar 120 años de la erección canónica de la parroquia, vale la pena recordar la entrada de Roque en esa comunidad religiosa que giraba en torno a San Nicolás. La veneración a este último responde a que la hacienda primigenia, en torno a la cual creció Barranquilla, llevaba el nombre del santo italiano.

A los dos templos los separa una caminata de 15 minutos. Y mientras el de San Nicolás aparece en su forma actual a mediados del siglo XVIII, el de San Roque surge un siglo después: la primera piedra fue colocada el 31 de octubre de 1853.

El 15 de agosto de 1857, se da por inaugurado el templo, fecha en la que 479 años antes había muerto el santo. La estructura sería declarada Monumento Nacional en 1996.

La procesión que permitió subir al santo francés al patronato popular de Barranquilla fue en 1849. El cólera diezmaba la población y se acudió a la ayuda de San Roque en atención a su poder para combatir epidemias. Se conoce que en la primera etapa de su vida ministerial que asumió aun sin ser religioso, como sí lo fue Nicolás de Tolentino sometía epidemias a base de oración.

Ese poder lo había llevado al santoral, porque en el proceso de su santificación aparecen varias epidemias de peste aplacadas por su intercesión. Una de las más famosas ocurrió en 1439 cuando tenía 161 años de muerto , y fue reconocido en el Concilio de Ferrare (Italia). La devoción cada vez más sólida en Francia e Italia se difundió por la cuenca del Mediterráneo, luego a toda Europa, para saltar de allí a América después de la Conquista.

Una imagen, otro patrono.

Según datos de monseñor Pedro María Revollo, la devoción llegó a Barranquilla a través de la familia Blanco a principios de 1827. Ellos vivían en la esquina de la carrera Progreso (carrera 41) con la calle 9, y eran propietarios de una imagen de San Roque a la que rendían culto. Esa calle donde vivían pasaría a llamarse así: calle de San Roque.

Hasta allá fueron a tener, en 1849, los desesperados barranquilleros que organizaron la histórica procesión. La familia Blanco prestó la imagen. La población diezmada se comprometió con el santo a construirle un templo si acababa con la epidemia: ambos lados cumplieron.

Pero aunque el dominio sobre la peste constituye el motivo de fama y posterior canonización de Roque, hay un gesto muy significativo en su vida que sella su entrega a la causa cristiana: su donación a los pobres de Montepellier --su tierra natal francesa-- de la herencia multimillonaria que le habían dejado sus padres.

En efecto, el que cinco siglos y medio después había de convertirse en patrono del raso pueblo en Barranquilla, nació en 1295 del hogar de Juan De la Cruz --que fue gobernador de Montpellier--; y de su esposa Libera. Al igual que los padres de Nicolás de Tolentino, los de Roque no habían podido tener hijos, hasta que ya casi ancianos --encomendados a Dios-- apareció un embarazo en Libera.

Era un niño robusto, y por eso lo bautizaron Roque, que significa fuerte como la roca . A los 12 años, perdió a su padre; y a los 20, a su madre. Ya para ese entonces, solía visitar a los enfermos pobres en los centros hospitalarios de Montpellier. A ellos, precisamente, entregó todo lo producido por la venta de los bienes heredados de sus padres e inició, de inmediato, su apostolado.

Para hacerlo, se pone en camino a la Catedral de San Pedro en Roma. En su camino, se topó con una epidemia de tifoidea en una población llamada Aquapendente, y sin titubear siquiera se pone en el trabajo de cuidar a los enfermos y hacerles la señal de la cruz en la frente. La peste retrocedió milagrosamente. Lo mismo ocurrió en la villa de Césene a las orillas del golfo Adriático.

Llegada y regreso.

En 1938, con su fama fortalecida, Roque llega a Roma. El cardenal Anglio de Grimoard lo hospeda en su casa y su sola presencia lo sana de una afección. Tres años duraría Roque en la ciudad sanando enfermos hasta que decide emprender el camino de vuelta a su natal Montpellier.

Tantos enfermos de peste topó y trató en el camino, que el bacilo terminó contagiándolo en Plasencia (Italia), a orillas del río Po. Un hospital donde era atendido lo expulsó por la forma en que se quejaba. Sin oponerse, Roque se va al bosque. Es allí donde aparece el famoso perro que lo acompaña en sus imágenes.

Ese perro primero le lame las llagas que la peste ha dejado en sus piernas; y cada día se aparece en el refugio de Roque con un pan en la boca para su nuevo amigo. El animal era de un señor de nombre Gothard, que al notar la extraña conducta de su mascota, la sigue y se topa con Roque. El es quien lo rescata y le proporciona los cuidados que lo llevaron a curarse.

Ya restablecido, Roque retoma su camino a Montpellier; pero es detenido como espía. Nadie lo reconoce: se trata, para ellos, de un extranjero que viene de Roma, y como tal es sospechoso. Así, pues, que es hecho preso. Cinco años después, estando en cautiverio, muere. Eso fue el 15 de agosto de 1378, fiesta de la Asunción de la Virgen María.

En las diferentes historias recogidas para su canonización, figura que una luz enceguecedora invadió aquella celda. Un tío materno es quien reconoce el cadáver. Era, en efecto, el mismo hombre que varios años antes había partido y cuya santidad se daba por sentada en diferentes partes de Europa.

Con su muerte, comenzó la segunda parte de la historia de su santidad. Enfermos, comunidades abatidas por epidemias se encomendaban y sanaban. De manera, pues, que cuando aquella imagen de Roque de Montpellier llegó a la casa de la familia Blanco, el santo ya traía una carga de casi seis siglos de milagros.

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