MALANDARIA ANDA POR AHÍ

MALANDARIA ANDA POR AHÍ

Su estudio, en el Parque de Los Periodistas, en Bogotá, es un lugar pleno de luz y paisaje por los cuatro costados, a dieciseis pisos sobre el nivel de la calle, y que tiene como traspatio la vista de los cerrros Monserrate y Guadalupe. Hay varios estantes repletos de libros, bellas pinturas y muchos discos de jazz. Los muebles, sencillos en exceso, son los estrictamente indispensables. No hay televisor. La radio calla en señal de respeto ante los libros y los cuadros, y sólo habla, a veces, con voz de jazz.

04 de enero 1991 , 12:00 a. m.

El es el maestro Carlos Flores Sierra, escritor, alguna vez periodista cultural y publicista, magister en jazz y en el arte de la conversación. Ella es Claudia Ruiz, diseñadora industrial, pintora y magister en largos silencios. Introspectiva.

Juntos han realizado, durante estos últimos tres años, una serie de bellos e inteligentes disparates . Su más reciente trabajo conjunto aparece sobre una mesita con cubierta de vidrio que es cuadro. Es el Objeto-Arte, el Arte-Facto, el Libro-Cuadro, el Libro-Libre: Malandaria. Es la antítesis de un libro convencional, pero es libro, aunque también es cuadro y pieza de arte y ciudad.

Flores cree, como Suskind, que lo que el escritor tiene que decir lo escribe. Por eso no concede declaraciones sobre el tema de su novela. Quien desee conocer el texto que lo lea, aunque es bueno advertir que mi novela no está a la venta en las librerías y que jamás será pregonada en las esquinas, en contubernio con Maturana, Soy libre, Mis primeros cuarenta años y Los jinetes de la cocaína.

Yo escojo a mis lectores. No ando a la caza del lector-macho del que habla Cortázar ni del lector-víctima onettiano, mucho menos, del lector-exhibicionista de bus ejecutivo en hora pico, el lector de revistas de peluquería unisex y del pujante lector de water-closed, sino de lectores-cofrades, gente de mi misma raza poética, capaces de encontrar en mis textos lo que no está pero es .

De Malandaria, como Objeto-Arte, sí le encanta conversar. Desde un principio --fue en 1986-- deseaba construir una Ciudad-Libro. Algo como la Santa María de Onetti. No como la Dublín de Joyce. Más bien parecida a la New York de Dos Passos, pero por supuesto en lenguaje y ambiente caribes. Tropical, pero de alguna manera planetaria. Una ciudad situada más allá de simples realidades y ficciones.

Cuando comencé a trazarla no le tenía nombre, pero sí absotamente definidos su topografía social y personajes. Su lenguaje. Sus colores. Sus sonidos. Comencé a construirla en la mitad del desierto y, sin embargo, lo primero que le puse fue EL Ascensor (nombre del primer cuento-capítulo de la novela) y en aquel ascensor prematuramente viejo y herrumbroso, crujiente, me subí despojado de todo compromiso con las editoriales, críticos, lectores, gustos y corrientes literarias de moda.

Después hice El Puente y lo crucé una y mil veces en más de dos direcciones hasta encontrar el camino que me llevó a los otros cuentos. Que no son cuentos. Son capítulos de una novela que era ciudad y se convirtió en Objeto-Arte, en Arte-Facto, Libro-Libre, Pieza-Estética.

Todo lo intuí desde cuando el escritor y profesor Carlos Rojas y el poeta Néstor Madrid Malo acusaron, perplejos, la ocurrencia de ciertas maravillas, de como el recién concluido libro cambiaba de signo y especie literaria ante el autor y sus amigos a la espera del sancocho , como lo manifiesta Rojas en el prólogo de mi libro , dice con su acento barranquillero, que no ha desaparecido luego de muchos años de recorrer el mundo como ciudadano del planeta y como primer gobernante de Malandaria.

Fue entonces cuando decidí titularlo Malandaria, que supongo deriva del Mandala, el Ygdrasil vertiginoso por donde se salía a una playa abierta, a una extensión sin límites, al mundo debajo de los párpados que los ojos vueltos hacia adentro reconocían o acataban , según texto en Rayuela que yo evoqué, porque me urgía salir y que mis futuros lectores saliesen a una playa abierta, a una extensión ilímite más allá de mi texto.

Sería cosa, pensé, de que habitaran mi historia con sus ojos vueltos hacia adentro. Sería cosa de que mi libro no sólo respondiera a la misión que debe cumplir todo buen libro de ficciones, cual es la de provocar en el lector las más disímiles emociones sino lograr introducirlo en el conocimiento de que el arte no es para gustar y de que la importancia de un libro no depende de su poder de sugestión mecánica o de un impulso ciego para empujarnos hacia el arrebato y el deleite vacíos como sucede en el melodrama, la poesía romántica, la novela pornográfica y la narco-novela, avivadores del interés primario sino de su capacidad de provocar esa fruición que abarca una nueva disciplina y técnica del arte de escribir y del goce de leer.

Sentí la urgencia de hacer algo inusual, no sólo para salvar a mi libro sino para salvarme a mí mismo de las garras de las leyes del mercado y de ese tenebroso terrorismo artístico instrumentado y puesto en acción últimamente por cierta clase de gente en emergencia estética que se ha arrogado el derecho de hacer el dictamen crítico de lo que a su juicio sirve o no sirve en materia literaria.

Tenía la certeza de haber escrito un buen texto. Una buena historia. Un libro no destinado a divertir al lector sino a conmoverlo; un libro que muestra en lenguaje descarnado, a veces áspero, pero siempre provisto con la gracia insuperable de lo real y fuera de todo esquematismo y monotonía, la trémula mudanza de la existencia cotidiana.

Sin embargo, algo hacía falta. Decidimos diseñar un libro que fuese al mismo tiempo y por separado, libro y objeto estético. No un libro de lujo y mucho menos un libro-arte sino, quizá, un anti-libro inserto en un objeto totalizador en el que se conjugasen interdisciplinariamente nuestras experiencias intelectuales y estéticas.

Un Objeto-Arte-Libro-Libre para personas muy especiales, interesadas no sólo en verlo, leerlo, tocarlo, mirarlo, pensarlo e idealizarlo en procura de alcanzar una nueva y más pura fruición, descubriendo sus contenidos textuales más recónditos y su máxima y más íntima belleza.

En suma, algo para quienes fuesen capaces de asumir las responsabilidades propias del lector-crítico y el expositor y bibliotecario calificados. Un Objeto-Arte cargado de presagios.

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