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ECOPETROL EL MONSTRUO

ECOPETROL EL MONSTRUO

Pedro Liberio Joya aún recuerda la época en que los rudos trabajadores petroleros encendían sus cigarrillos Lucky Strike con billetes de cinco pesos.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
25 de agosto 2001 , 12:00 a. m.

Pedro Liberio Joya aún recuerda la época en que los rudos trabajadores petroleros encendían sus cigarrillos Lucky Strike con billetes de cinco pesos.

Con esa plata uno podía comprar casi tres docenas de huevos en el comisariato de la Tropical (Oil Company), o diez cajas de cigarrillos importados, Chesterfield o Lucky , dice Joya, un fotógrafo de Barrancabermeja que ha coleccionando más de dos mil imágenes de la industria petrolera.

La memoria, un tanto imprecisa de Joya, dice que eran los años 50 ó 60. Las cantinas de Barranca permanecían colmadas de prostitutas, colombianas y extranjeras, y de obreros rasos que amanecían los fines de semana consumiendo ron Caldas y cerveza Póker.

Mientras, la reverberante ciudad seguía creciendo a orillas del Magdalena y alrededor de los edificios, tanques y torres de la refinería. Era un mosaico de antioqueños, tolimenses, vallunos, santandereanos y sobre todo, costeños llegados en canoas y vapores que recorrían el Magdalena igual que en las películas del Misisipí , dice Joya.

Se embarcaban en sus pueblos atraídos por el bullicio de una nueva industria que avanzaba con pasos de animal grande. Sus desproporcionadas dimensiones se confirman con los 2.6 billones de pesos de utilidades netas (equivalentes 130 mil viviendas de interés social) que logró el año pasado la Empresa Colombiana de Petróleos, Ecopetrol.

Esa entidad celebra hoy medio siglo de vida, pero en realidad su historia comenzó en 1904, cuando el coronel José Joaquín Bohórquez, un ex combatiente de la guerra de los mil días, hizo recoger, en cercanías de Barrancabermeja, tres latas de un líquido espeso y grasoso de características similares a las del petróleo refinado que se importaba para alimentar las linternas.

Era la misma sustancia con la que los indígenas se embadurnaban las piernas para darles fortaleza y librarlas del cansancio, según el relato, de 1541, de dos capitanes que acompañaron a Gonzalo Jiménez de Quesada en su expedición por el río Magdalena.

Bohórquez, que había pasado de exitoso militar a fracasado comerciante de caucho y tagua (marfil vegetal), deambuló por Barranquilla y Cartagena con las muestras de petróleo sin que nadie se interesara. Hasta que a mediados de 1905 Roberto de Mares, un habilidoso y persistente hombre de negocios, conoció las muestras y consiguió inversionistas estadounidenses y un permiso oficial para la explotación, conocido como la Concesión De Mares.

Este hombre le vendió en 1919 sus derechos a la Estadounidense Tropical Oíl Company, que mantuvo la explotación de crudo hasta las doce de la noche del 25 de agosto de 1951.

A esa hora sonó el Himno Nacional en El Centro, donde estaba ubicada la sede administrativa de la petrolera. Luego, los delegados del Gobierno y de la Tropical firmaron el acta de reversión de la Concesión De mares, con la cual la Nación recuperó sus derechos para la explotación de las 430.492 hectáreas cedidas en 1909.

El flujo de petróleo no se interrumpió por el cambio y la naciente Ecopetrol mantuvo a los mismos trabajadores en nómina, incluidos 21 técnicos estadounidenses. Las reservas probadas en ese momento ascendían a 104 millones de barriles. Hoy son 1.972 millones de barriles.

Cincuenta años después, el monstruo tecnológico, productivo y administrativo en que se ha convertido Ecopetrol tiene su cerebro en un edificio de 12 pisos, en el sector de Teusaquillo, cerca del centro internacional de Bogotá.

Sus venas y arterias son los 5.300 kilómetros de tubería (más que un viaje, ida y vuelta, entre Ipiales y Maicao) por los que se transporta crudo y productos refinados.

El más largo de estos (780 kilómetros) es el oleoducto Caño Limón Coveñas, que empata en el Golfo de Morrosquillo, 17 kilómetros mar adentro, con un buque tanque del tamaño de un edificio de veinte pisos, habilitado para almacenar dos millones de barriles.

Pero el de mayores dificultades topográficas es el oleoducto Transandino (310 kilómetros). Comienza en Orito (Putumayo) y termina 7 kilómetros adentro del mar de Tumaco (Nariño), luego de trepar y bajar por montañas donde la niebla no permite ver a medio metro de distancia.

El corazón del monstruo palpita en Barrancabermeja y no se detiene nunca. Es un intrincado y fulgurante complejo industrial de acero con más de 50 plantas de refinación petroquímica y servicios industriales. Allí se atiende el 75 por ciento del consumo nacional de refinados y se procesan 240 mil barriles diarios de crudo.

Las manos del monstruo son las de los 7.200 empleados que la empresa tiene regados por todo el país. A principios del siglo pasado bastaba que un campesino enseñara sus manos callosas para ser enganchado en las titánicas tareas, que incluían abrir chambas y trochas, construir campamentos, pelear contra caimanes, culebras venenosas y boas constrictoras y vencer el paludismo a punta de quinina.

Las alas del monstruo también revolotean todos los días. Los que más sintieron su aletear en otros años fueron los kofanes, Nukak, huitotos y otras tribus, según lo reseña un documento de la Organización Nacional Indígena: en la selva supieron de su presencia por el zumbido inverosímil de los helicópteros que espantaba a las guacamayas y hacía aullar a los perros . Y también sintieron sus pisadas en las explosiones que hacían huir a dantas y borugas para abrir cientos de kilómetros de trochas y carreteras en las selvas colombianas.

La sangre del monstruo se mide en barriles. Cada día del año 2000 circularon por sus venas y arterias 278 mil barriles de crudo y 179 mil de refinados. Pero como el monstruo también tiene enemigos, ha perdido 2.6 millones barriles de su sangre (casi la producción diaria de Venezuela) en los 870 atentados dinamiteros que la guerrilla le ha hecho desde 1986, según dice, por entregar los recursos del país a gigantescas multinacionales.

Por sus dimensiones colosales, Ecopetrol es el mejor y más fuerte monstruo del país. En producción y reservas es el cuarto en América Latina, en competitividad petrolera ocupa el puesto 18 en el mundo, y durante el 2000 transfirió al Estado más de cinco billones de pesos, casi la mitad de los cuales fueron a parar a más de 150 municipios por concepto de regalías.

Sin embargo, muchos consideran al monstruo como un enemigo de la naturaleza. Los u was, una comunidad indígena de las selvas del oriente donde hasta el mes pasado se realizaron exploraciones de crudo en el pozo Gibraltar- 1- , dicen que la sangre que corre por sus tuberías le ha sido robada a la tierra.

Por eso, los ui was piensan que su dios Sira escondió el petróleo durante los ocho meses en que la Oxxy, un socio extranjero del monstruo, perforó con su pico de acero el territorio sagrado de sus ancestros.

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