NOTAS DEL EDITOR

Los colombianos nos estamos acostumbrando a todo. Hasta que las relaciones internacionales sean un asunto de plaza pública en Chaparral o Neiva.

12 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

Cada semana, recibimos con perplejidad anuncios a diestra y siniestra de contrareformas constitucionales por parte del presidente Samper, luego que López Michelsen le dijo que debía pasar a la historia como un gran reformista. Solo falta que Samper proponga cambiar el tipo de letra de la Constitución.

Esta carrera desenfrenada de lanzar cortinas de humo , que comenzaron con la pena de muerte y siguieron con la reforma a la Fiscalía, a los partidos, a la junta del Banco de la República, a la Corte Constitucional, causa mucho daño a quienes están interesados -si todavía queda alguien- en hacer cosas en nuestro país. La estabilidad normativa en los grandes temas era uno de los pocos factores a favor de Colombia. Hasta ahora.

Pero la semana pasada, el propio presidente Samper batió el récord de la inconsistencia e incoherencia. En un congreso de cooperativas en Cartagena, en medio de su simpática carreta sobre el guayabo de apertura, volvió a recriminar a la Junta del Banco de la República por no reducir las tasas de interés. Hasta ahí, nada nuevo.

Y luego, lanzó la perla: no solo quiere que se baje la tasa de interés, sino además que se corra hacia arriba la banda cambiaria, lo cual no es otra cosa que pregonar por una mayor devaluación de la moneda. Sencillamente imposible, diría un primíparo estudiante de economía. El primer mandatario debe saber que la única manera de aclimatar una verdadera reducción de la tasa de interés es no generando esas expectativas de devaluación que él mismo pregona.

El asunto va más allá cuando quien lo plantea es el presidente de la República. No hay derecho que mande esas señales al mercado, que no son otra cosa que la antesala a causar pánico económico, del mismo que acusa a sus críticos y a los medios de comunicación. Y además, esos son temas que debe manejar su Ministro de Hacienda. Con carácter.

Pero es que esa es la forma como Samper está entendiendo la gobernabilidad que no logra tener: repartiendo y complaciendo a todo el mundo. En este caso, a los exportadores diciéndoles que hay que devaluar y a los empresarios que la recesión se acaba cuando bajen las tasas de interés. Y a los cooperavistas les dijo: Mi gran anhelo es convertir a Colombia en una gran cooperativa . De todo y para todos.

Desde que comenzó el gobierno, Samper no ha hecho otra cosa que culpar a los demás de los problemas que no ha podido enfrentar. Dice que el orden público no se puede controlar porque el presidente está amarrado legalmente y entonces plantea una reforma constitucional, cuya aprobación solo logrará al terminar su gobierno. Ya para qué, cuando el problema de la guerrilla es inmediato.

Al cabo de dos años de decir que su gobierno tenía controlada la situación fiscal, aparece el fantasma del déficit y una nueva reforma tributaria. Y culpa a la Constitución del 91. La inflación es responsabilidad de la junta del Banco de la República y el desempleo es consecuencia de la apertura de Gaviria.

Que pesadilla sin fin!. Pueda ser cierto que no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista .

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