UN OFICIO QUE SE EXTINGUE

UN OFICIO QUE SE EXTINGUE

Ya había tenido la ocasión de reparar en el viejo; alto y de andar solemne, porque al terminar la proyección de Actos privados había exclamado a voz en cuello: Estoy de acuerdo con el obispo. Hay que ser consecuente entre lo que se predica y lo que se hace . Al irse estaba rodeado de una pareja de jóvenes con quienes discutía con ardor.

09 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

En cualquier momento y en un barrio tradicional -una callejuela da a un pasaje- encuentro una barbería de las de antes con el pirulí rojo y blanco que las distinguía. Allí estaba de nuevo el viejo sentado en las gradas del negocio y con gente a su alrededor, entre ellos gente mayor. Esta vez me quedé escuchando. El hombre estaba relatando una película: Y entonces el cura relapso, ya borracho, atendió a las chicas del bar que le dijeron: Si eres sacerdote puedes consagrar esta botella de vino? El hombre se niega, las mujeres insisten y en un momento dado él pronuncia las palabras sacramentales. Todos rehuyen tomar de esa botella. En un descuido el bobo del pueblo, cuando la gente está descuidada se la toma. Cae en redondo profundamente dormido. Cuando alguien intenta despertarlo una mesera dice: Déjenlo que está embriagado de Dios .

Todavía no he podido saber si estaba contando Nazarín o El pero la película de todos modos era de Buñuel. El viejo tenía el don de la conversación y estaba haciendo el proceso inverso. Trataba con la palabra reemplazar la imagen. Algo que tiene tradición. Así lo sabemos por el bello libro Tiempos del Olimpia de Jorge Nieto en la que nos cuenta como en los primeros tiempos del cine entre nosotros, a veces faltaban algunos rollos. Entonces alguien de la compañía se paraba ante el telón y contaba la parte que faltaba. Después se reanudaba la proyección.

Este oficio de contador de imágenes esta muy bien ilustrado en la novela El beso de la mujer araña del argentino Manuel Puig. En la versión cinematográfica se da la paradoja que la imagen muestra la película que alguien está narrando.

A veces desaparece la imagen queda tan solo la palabra. En Santa Evita hay un capítulo en el que aparece el peluquero de Evita Perón. Este empieza a contarle al autor del libro los culebrones fílmicos en que actuó este personaje, y que mandados a destruir solo perduraban en su memoria. Y repito es un don esquivo. Para foguearme traté de contar ante unos amigos Fuego una película con Isabel Sarli. Hay un pasaje cumbre en el que ella se hecha nieve dentro del corpiño para aplacar el fuego que la devora . Pero recontar películas aceptémoslo, es un oficio que se extingue.

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