Secciones
Síguenos en:
HUMANIZACIÓN DEL PAISAJE

HUMANIZACIÓN DEL PAISAJE

Patagonia Bruce Chatwin Norma, 1995

Desde aquella inolvidable Colina negra, historia de dos gemelos viejos en el delirante paisaje de Gales hasta, Utz, Chatwin dejó sentada en la narrativa moderna una propuesta de relato, una propuesta de escritura que en este fin de siglo se emparenta con un concepto fundamental: el nómada, el aventurero en un mundo donde ya no hay aventuras. La sombra titilante de quien ha salido detrás de Stevenson a recorrer el mundo y a encontrarse en las preguntas del otro. Aquí, la aventura no es una huida de sí mismo, un enmascararse para huir de una encrucijada sino la posibilidad de verse en los restos de paisajes primigenios, en las hablas de los seres humanos que no fueron clasificados por la cultura y dominados por la historia.

Es de algún modo la persistencia en el tiempo de aquel ojo que busca la planta perdida en la selva ignorada, Humbold o Eliseo Reclus, y entre nosotros los libros de Santiago Pérez Triana, de Joaquín Uribe, donde la dimensión de un paisaje, la realidad de un rostro se reconstruye desde una mirada objetiva, expectante. Chatwin sabe como pocos adentrarse en la sangre de cada personaje perdido hasta darnos la dimensión metafísica de su vida, la parábola que se encierra en una vida sometida a los avatares de un paisaje, la inclemencia del mar.

Recordemos que el límite no es el final de algo sino el comienzo de aquello que no tiene nombre. La Patagonia se erige así en una eterna metáfora de las preguntas que acerca de la vida llegó a plantearse un ser humano. El viajero rasguña la tierra, rasguña un viejo madero de taberna, ahonda su huella en la arena ante el bramante mar y descubre así las capas de que se va componiendo una geografía, recuerdos insepultos que ayudan de repente a establecer analogías impensadas. Qué nueva tragedia desencadenará el albatros muerto? Vascos, escoceses e ingleses y los sobrevivientes de los antiguos pobladores que vieron pasar por entre el oleaje oscuro a Magallanes y a Pigafeta.

Hombres asediados por lo que Baudelaire llamó el gran mal: el horror al propio hogar . La prosa exquisita de Chatwin recrea las peripecias de esos marineros, de esas señoras metidas en absurdas historias de hambrunas y naufragios, recrea la patética dimensión de esas carcazas milagrosamente sostenidas sobre el vaivén de las aguas y capaces de bordear con entereza el obstáculo infinito de la nada. Así, junto a los gigantescos y mondos huesos de las ballenas, sobre las praderas verdes y lozanas del verano y el eterno ulular de los vientos que trae la melodía del viejo marinero de Coleridge, la geografía se humaniza para siempre pues en la imaginación del lector queda de nuevo, ante el sopor del presente, la invitación al viaje. Excelente edición de Norma y buena traducción de Lucrecia Moreno de Sáenz.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.