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DE LA DESNUDEZ A LA MODA EUROPEA

DE LA DESNUDEZ A LA MODA EUROPEA

Las primeras referencias al atuendo americano las recoge Colón en su Diario de navegación y en sus cartas. Observa la desnudez de los lucayos, ciguayos, macuriges, caribes, ciboneyes, guanahaytabeyes, su costumbre de pintarse la cara y el cuerpo y de adornarse con elementos de origen animal como plumas, huesos, escamas, dientes y conchas, vegetales como semillas e hilos de algodón y minerales como piedras pulidas o talladas y piezas de oro. Solo en el tercer viaje menciona telas tejidas después de observar a los arawaks, cerca de la desembocadura del Orinoco: ... de muy lindo gesto y fermosos cuerpos y los cabellos largos y llanos, cortados a la guisa de Castilla, y traían la cabeza atada con un pañuelo de algodón tejido a labores y colores, el cual creía yo era almaizar. Otro de esos pañuelos traían ceñido e se cobijaban con él en lugar de pañetes... .

En su último viaje, cuando llegó hasta las actuales Honduras y Nicaragua pobladas por los chontales, vio por primera vez gente ricamente vestida: ... en aquella provincia vide sábanas grandes de algodón, labradas de muy sotiles labores; otras pintadas muy sutilmente a colores con pinceles. Dicen que en la tierra adentro hacia Catayo las hay tejidas de oro .

Esa sábana , que posteriormente denominaron manta, fue la pieza básica y unidad de vestuario en América. Mucho más que vestidos, las mantas tuvieron roles variables: ofrenda a los dioses, tributo a los señores étnicos, halago de los conquistadores; para los mexicas eran junto con las plumas y las joyas un símbolo de su poder y de su generosidad .

La dádiva de tejidos como expresión de amistad se repite en las crónicas de la Conquista de México, la Nueva Granada y el Perú; los textiles eran parte de las ofrendas funerarias y en algunas culturas sirvieron de envoltura a los muertos. En los imperios más estructurados como mayas, aztecas e incas existieron trajes distintivos de cada una de las castas; esa actitud de clara filiación imperial, que de acuerdo con categorías internas obligaba o prohibía el uso de ciertas prendas, fue una realidad en América cuando era apenas un propósito, nunca alcanzado a cabalidad, en la España de Carlos V. El señor de Bogotá limitaba las pinturas, galas, joyas, vestidos y adornos de la gente del común y concedía privilegio a los usaques y a los más caciques y otros principales... para traer las narices y orejas horadadas y ponerse en ellas y en el cuello las joyas de oro que quisieran... .

En 1543, Polo de Ondegardo observaba en el Perú: ... toda la ropa que estos indios usan... es de una misma manera, que es manta y camiseta pero difiere en algunas cosas como las listas y en otras señales; de manera que la gente que en ello trata conoce de qué provincia es , diferenciándose por el adorno de la cabeza: ... el tocado de los indios es todo diferente, porque en ninguna provincia se usa lo que en otra... y añade ... usar los unos del traje de los otros era prohibición del inca... . Sobre la especialización en el trabajo, refiere Cieza de León: ... en tiempo que los reyes incas mandaron este reino, tenían en las cabezas de las provincias cantidades de mujeres que llamaban mamaconas... que no entendían sino en tejer ropa finísima para los señores incas, de lana de las vicuñas; y cierto fue tan prima esta ropa como habrán visto en España por alguna que allá fue luego que se ganó este reino... eran camisetas pobladas de argentería de oro, otras de esmeraldas y piedras preciosas y algunas de plumas de aves; para estas ropas tuvieron y tienen tan perfectos colores de carmesí, azul, amarillo, negro y de otras suertes, que verdaderamente tienen ventaja a las de España... .

Como españoles Respecto a la funcionalidad del traje indígena, Ondegardo estimaba que ... es más sano y el hábito mucho más suelto y mucho mejor para ellos que todos cuantos pueden usar, porque hecho el cuerpo a ello desde que nacen, nunca por fría que sea la tierra tienen necesidad de más ropa que la ordinaria y están muy seguros de muchas enfermedades a que nosotros estamos sujetos cuando nos falta aquello de que usamos de ordinario o desabrigándonos o arropándonos, allende de otras pesadumbres y funciones que nuestros vestidos y trajes traen consigo, que son innumerables y así tengo por malo enseñarlos (a los indios) a traer otros hábitos... . Ondegardo no alcanzó a observar que en algunos pueblos indígenas se preservó el uso del vestido autóctono como forma de resistencia cultural, en tanto que otros se enorgullecieron de adoptar la indumentaria de los conquistadores.

Con el avance de la Conquista, los indígenas fueron obligados a cubrirse de forma diferente, más acorde con la mentalidad española; despojados de un atuendo que se había configurado por un proceso natural de muchísimos años y desposeídos del oro que era lo mejor de su indumentaria, quedaron envueltos como fardos con los rezagos de un traje que ya no era el propio. Al perderse los cánones estéticos de la propia imagen, fue sensible el debilitamiento de las culturas. Tal vez por ello es escasa la información disponible sobre significados y contenidos del traje precolombino en nuestro territorio; respecto a las muestras materiales, la humedad del terreno y el descuido en el rescate de yacimientos arqueológicos, dan como resultado la existencia de escasas piezas y fragmentos textiles. Es muy significativo el caso de las actuales regiones de Antioquia y el Viejo Caldas en donde el hallazgo de millares de puntas de huso de hilar sugiere una gran actividad textil, de la cual prácticamente no se han encontrado muestras. Las piezas escultóricas de cerámica y de oro suplen esa carencia y ofrecen la mejor información disponible sobre el atuendo de los indígenas en períodos anteriores al Descubrimiento.

Instalada la Colonia, la capacidad expresiva del atuendo indígena se fue diluyendo mientras la acción evangelizadora contribuía a desarticular su lenguaje simbólico. A medida que se borraron sus signos legibles, los indígenas comenzaron a adoptar elementos del vestido español e incluso de reclamar su uso como un derecho. En 1593, los indígenas de la Audiencia de Quito pedían que se les dejara traer vestido como los españoles y en 1605, don Pedro, cacique de Suba, reconocía a un mercader de Santafé una deuda de 131 pesos y cuatro tomines de oro fundido y marcado por la compra de ropa y mercaderías ... para mi casa e vestuario de mi persona y de mi mujer, por ser como soy cacique principal y haberlas menester y porque denque he acostumbrado a vestirme como español nunca he tomado otro hábito ni modo de vestir... . Dos siglos después, durante las luchas por reivindicación de sus derechos, algunos grupos indígenas retomaron partes del vestido de sus ancestros.

Prisión del vestido En el duelo de la Conquista, vestirse fue el signo de la derrota. Con el traje europeo los hombres y mujeres de América, antes libres y desnudos, aceptaron los modelos de una civilización ajena e incomprensible; involuntariamente afiliados a nuevos principios morales debieron sentirse inseguros y débiles: del otro lado del espejo en donde se miraban multicoloridos, imberbes, limpios y desnudos, aparecieron pálidos y acorazados, los españoles con sus barbas cerradas y la bragueta enjoyada para enseñarles otro bien y otro mal. Solo tuvieron un gusto en común: las mujeres y el oro. Cuando las chinas y las princesas de este novísimo mundo se levantaron del lecho del conquistador nunca saciado con la posesión de la tierra y las almas, quisieron para el hijo recién hecho un vestido de hierro y un guante de acero para que él, como su padre, fuera invulnerable. Así comenzó a renovarse el vestido. Con los conquistadores y tras ellos, los curas misioneros con sus ojos muy abiertos pasaron cargando el peso de sus hábitos y millares de varas de telas con las cuales envolvieron toscamente a la naturaleza.

Para someterla era preciso encarcelar el cuerpo y se puso tanto empeño en hacerlo que en los museos de la Inquisición deberían exhibirse, junto con las máquinas de tortura, los corsés, los guardainfantes tontillos y miriñaques, los chapines, las gorgueras, las pelucas, todos esos artefactos del vestido español adecuados para constreñir el cuerpo y ponerles cepo a las ideas. Por ello terminamos tomando como signo de nobleza unos mechones de pelo, como expresión de sabiduría una toga negra y llegamos a juzgar el poder por el largo de una capa. Precio del honor, lenguaje convenido, jaula y reja, nuestros vestidos nacionales son el fruto de una imposición cultural que es parte de nuestra historia. Sin embargo, el traje también tiene una relación piadosa con el hombre al cual protege y abriga, cuyas memorias étnicas preserva, y al convertirse de cárcel en hogar se abre a múltiples confidencias, que hemos pretendido recoger.

Antes de las grandes empresas y de la mecanización industrial, cada vestido fue una obra individual; la secuencia infinita de millares de millones de puntadas cristalizó con metros de tela y de hilo otra también infinita sucesión de esperanzas y de anhelos. Vehículos de movilidad social, cómplices de todos los secretos posibles, apegados a la materialidad del cuerpo, los vestidos también son evidencias materiales de la quimera: retienen alegrías y frustraciones, fulguran con la vanidad y fruición con que se usaron por primera vez y ya viejos y maltrechos repiten las formas del cansancio de sus dueños. Moldes anatómicos, retratos sicológicos, sus pliegues, sus manchas, sus arrugas, gestos propios de las prendas vacías, documentan la historia. Dicen que los muros de las prisiones están cargados de mensajes de angustia, de violencia, de esperanza, de amor y de muerte. Los vestidos también.

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