UTOPÍA UNIVERSITARIA

UTOPÍA UNIVERSITARIA

Se dice: mal de muchos, consuelo de tontos . En verdad, la situación académica en casi todas las universidades del mundo es preocupante, como lo demuestra la cantidad de estudios aparecidos en periódicos y revistas especializadas y hasta, a veces, en la prensa diaria. Quienes escriben, rectores y catedráticos de experiencia en la educación superior, siempre se refieren al escaso interés demostrado por los estudiantes en aprehender el meollo de la formación universitaria que es, dígase lo que se diga, comprender al ser humano como un ente global y no aprender simplemente a mirarlo desde un determinado punto de vista, llámese médico, jurídico, psicológico o biológico.

05 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

Para la gran mayoría de los universitarios su propósito es único: con el menor número de aprobaciones alcanzar a optar un título, a recibir un diploma que, para ellos, no es más que la autorización para ocupar cargos importantes donde se pueda lucrar lo más posible, con el menor trabajo y con un prestigio más cuantitativo que cualitativo.

En nuestro medio no tenemos profesores de nivel superior pedagógicamente capacitados. Echamos mano de licenciados (que están preparados para enseñas a nivel medio) o de profesionales, que son llamados a exponer sus experiencias ante un auditorio que, por su escasa preparación en el bachillerato, resulta un tanto asombrado de tanto saber y por ello, es más o menos receptivo. Lo que significa que, exceptuando los casos geniales (que los hay), la mayoría resulta amaestrado, pero no enseñado y mucho menos formado.

Si a ello añadimos que los profesionales enseñantes suelen dotarse de un aura hierática, de una exigencia académica forzada --por su carencia de preparación pedagógica-- que impide un método adecuado de evaluación y de un afán de mostrar ante sus alumnos su capacidad hermenéutica utilizando lenguaje casi esotérico, el pobre universitario nuestro que, muchas veces, ha de pagar sumas exorbitantes, pues la universidad necesita sostener todo un tinglado académico , se enfrenta a un dilema: o se adapta a un sistema de mediocridad fundado en lo cuantitativo o se convierte en un rebelde que no siempre logra el beneplácito de las autoridades docentes. En otras palabras, o se convierte en un aspirante a líder , destinado a adquirir prestigio social sobre la base del cuento o se dispone a vivir aislado de la sociedad con su secuela de desempleo, de pobreza y generalmente, de ser considerado un desadaptado.

Por todo cuanto antecede --como decía un inolvidable amigo-- me permito sugerir otra de mis locas utopías: reducir en un 50 por ciento el presupuesto militar (a la guerrilla hay que desarmarla con educación, salud, justicia social, etc. porque siempre han valido más las plumas que las balas); delimitar el ascenso a la educación superior de modo que sólo los más aptos accedan a la universidad; fomentar la formación técnica dándole el carácter de trabajador capacitado y no empírico al obrero manual; hacer que el tecnólogo ocupe su posición en el rango de la utilidad profesional y no hacerlo otro dotor ; recuperar el justo valor de la jerarquía académica (licenciado, maestro y doctor) mediante un serio escalafón adquirido por estudio riguroso; establecer una remuneración adecuada al profesional y no aprovecharse del exceso de graduados en relación con las necesidades ciertas de la industria, la banca y el comercio; ampliar la capacidad de la universidad pública y hacer ésta gratuita (podría evitarse la proliferación de establecimientos regionales); centralizar el esfuerzo presupuestal y no favorecer la politización de la educación superior con la fundación de instituciones raquíticas en busca de electores; y sobre todo, poner la mayor atención en la formación de hombres y mujeres seriamente preparados y siempre, por completo, humanizados.

Lo han logrado otros países con menor capacidad económica, en su momento, como España y Bélgica, cuya seriedad académica de hoy es notable, por qué nosotros no vamos a poder? Solamente porque estamos empeñados en hacer líderes, en alimentar ilusiones políticas, en establecer como talla profesional más la fama que el prestigio. Si comenzamos ahora, hacia unas decenas de años más tendremos universidades verdaderas y tal vez, Colombia vuelva a su valimiento académico.

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