LA ONU DE CARA AL SIGLO XXI

LA ONU DE CARA AL SIGLO XXI

A lo largo de sus cincuenta años de existencia las Naciones Unidas han enfrentado en la primera línea la extraordinaria sucesión de desafíos que el mundo confrontó en este período.

12 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

La ONU ha obrado para que el mundo sea más seguro ayudando a prevenir estallidos de violencia en regiones que antiguas animosidades habían transformado en polvorines, como Chipre, el Medio Oriente y los Balcanes. Y ha contribuido a que el mundo sea más justo al imponer sanciones contra acciones criminales, como en el caso de Irak.

Pero si dirigimos la mirada a las nuevas realidades que nos presenta la posguerra fría, comprobamos que los hábitos y presupuestos de la época pasada ya no resultan suficientes.

Estamos presenciando el nacimiento de una nueva era, plena de promesas pero también sembrada de peligros.

Hoy en día operan fuerzas históricas poderosas que confluyen inexorablemente hacia objetivos comunes: en todo el planeta hay un ferviente deseo de libertad, una creciente adhesión a la economía de mercado, así como avanza con ímpetu una revolución tecnológica que hace circular ideas, informaciones, capitales y personas a una velocidad sin precedentes.

Esas mismas fuerzas que en sí son positivas presentan con frecuencia aspectos que engendran inseguridad. La misma expansión tecnológica que ha dotado a nuestras economías de mayor eficiencia, también hace que nuestras fronteras y ecosistemas resulten más vulnerables a los terroristas, a los narcotraficantes, a la transmisión de enfermedades infecciosas y al desarrollo salvaje.

En este contexto nuestra tarea consiste en cooperar para conformar una nueva alianza que asegure paz y prosperidad a las futuras generaciones. Y lograremos esta aspiración si somos capaces de dedicar lo mejor de nuestra inteligencia y energía a mantener una presencia activa y comprometida en el escenario internacional, en los mercados mundiales y en las instituciones internacionales.

Un nuevo milenio Ya estamos a un paso de trasponer el umbral de un nuevo milenio, que no será solamente un tránsito cronológico sino también de destino.

Crecerán nuestros hijos en un mundo caracterizado por más amplias oportunidades y mayor libertad, o se verán ante un mundo plagado por la miseria, la desesperación y la confusión? Podrán nuestras comunidades y nuestras naciones mantenerse unidas por una paz asentada en la prosperidad, o serán laceradas por el odio y la división? Serán nuestras tierras, nuestro aire y nuestras aguas preservadas por un esclarecido sentido de conservación y por un reverente respeto hacia la creación de Dios, o serán arruinadas por la ignorancia y la codicia? Para responder a los desafíos del siglo XXI, tenemos que convertir a las Naciones Unidas en una organización a la altura del siglo XXI.

En esta época de cambios incesantes, en que tanto los gobiernos como las empresas exitosas se reducen y se reestructuran, se someten a prioridades rigurosas, enfatizan la autor responsabilidad, y se concentran en sus objetivos esenciales y en la obtención de resultados, las Naciones Unidas deben optar por el mismo camino.

La reforma debe ser la prioridad número uno de la ONU por su propio bien y por el de todos los intereses que debe servir. Por lo tanto, debe derrochar menos y producir más, debe ser más rápida y más flexible, debe utilizar sus recursos con el mejor provecho e integrar sus esfuerzos con todos sus interlocutores.

En diciembre pasado la Asamblea General aprobó un presupuesto restringido que tendrá como resultado la reducción de 10 por ciento del personal del Secretariado de las Naciones Unidas. Se decidió la creación de un nuevo Consejo de Eficiencia y de grupos de alto nivel encargados de proponer reformas que serán incorporadas al proyecto para la ONU del siglo XXI.

Pero se puede y se debe hacer aún más Puede hacer aún más la comunidad de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG), que con sus conocimientos y capacidades ya coopera apreciable medida con las Naciones Unidas. También puede hacer más el sector privado trabajando en una asociación más estrecha con instituciones públicas como la ONU, para ayudarlas a ser más ligeras y dinámicas, más eficientes y más sensibles hacia los intereses que están llamadas a servir. Y pueden hacer más los Estados miembros asumiendo una mayor responsabilidad a fin de asegurar que la ONU progrese como institución y como ideal.

Por su parte, los estadounidenses queremos pagar nuestra deuda con las Naciones Unidas, y así lo haremos. Pero al mismo tiempo queremos asegurarnos de que nuestros aportes sean utilizados por unas Naciones Unidas que desempeñen sus tareas con eficiencia y en modo efectivo.

Por este motivo el gobierno ha apoyado lo que ha sido llamado una gran negociación con el Congreso estadounidense, la que exige que nuestros pagos estén vinculados a progresos y reformas reales.

El efecto neto de este plan debe consistir en afianzar el liderazgo estadounidense en el marco de unas Naciones Unidas que cuesten menos y realicen más, que hagan sentir con fuerza su voz y su influencia para expandir las libertades, afirmen la vigencia de los derechos humanos y abran mercados en todo el mundo, y que adapten las tradiciones del pasado a las realidades del presente y a los requerimientos del futuro.

Ha llegado la hora de que todos sumemos nuestros esfuerzos para ayudar a las Naciones Unidas a desplegar su enorme potencial de buena voluntad y de buenas acciones.

(*) Al Gore es Vicepresidente de los Estados Unidos.

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