E.U. EN ESTE SIGLO

E.U. EN ESTE SIGLO

Los dos últimos libros de John Updike se situaron en ambos extremos del tiempo y del espacio. Brasil fue la apasionante y sensual historia de un muchacho de color de los tugurios de Río y de su relación amorosa con una joven blanca de la clase alta, en tanto que en The Afterlife, hermosa colección de veintidós historias cortas, Updike exploró de manera compasiva e inteligente los estragos y recompensas de la edad madura en la clase media de la sociedad contemporánea de Estados Unidos.

11 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

Ahora viene su decimoséptima novela, En la belleza de los nardos, una enorme saga de 500 páginas que seguramente constituye su proyecto más ambicioso hasta la fecha, una crónica magistral y magnánima del curso que ha tomado la vida en Norteamérica durante el presente siglo, tal y como se refleja en la vida de cuatro generaciones de una misma familia y en sus peripecias y complejas relaciones con las tres fuerzas que han dado forma a ese país: la religión, el capitalismo y el cine.

La historia comienza en Paterson, Nueva Jersey, en 1910, cuando Clarence Wilmot, pastor de la iglesia presbiteriana, abandona repentinamente su lucha contra los tiempos sin Dios y pierde hasta los últimos vestigios de su fe: La mente de Clarence era como un insecto con muchas patas y sin alas que, desde hace mucho tiempo, tratara tediosamente de subir por las paredes lisas del lavamanos de porcelana, y al que luego un impaciente chorro de agua arrastra por el desage. Dios no existe . En 1913, cuando la ciudad se alborota durante la huelga de los trabajadores de la seda, Clarence ya se ha convertido en vendedor de enciclopedias y se ha hecho adicto al cine.

El segundo capítulo se centra en Teddy, el más joven de los hijos de Clarence, ateo, por lealtad a su padre, quien se casa con una joven metodista que es además coja. La tercera parte continúa con la historia de la hija de esta pareja, Essie, y su triunfo en Hollywood con el nombre de Alma DeMott, carne capaz de encandilar . En el capítulo final, Clarke, el hijo desatendido de Essie, se une a una secta del estilo de la de Waco y encuentra un final apocalíptico en una característica balacera a la americana. No es nada sorprendente que la novela concluya con la transmisión en directo por la televisión de su última escena, interrumpida por un comercial sobre un crucero que luce como una fiesta de Año Nuevo, con una mujer bocuda que canta cómo deberíamos verla ahora , seguido de cuatro o más mujeres de caras ahumadas que salen de una especie de refugio, como si temieran que alguien les fuera a disparar, que se asoman luego al aire libre y miran de soslayo, parpadean como si acabaran de despertar, cargando o cogiéndose de la mano de sus innumerables hijos. Los hijos .

Todo está ahí en la resonancia casi bíblica de esta última frase sin verbo, cuyo carácter fragmentario contrasta a la perfección con los grandes temas y las técnicas que se desarrollan a lo largo de la novela, una vacilante imagen que se fija de manera permanente, duradera y virtual en la memoria, después de que se haya apagado la propia vida. Del mismo modo, cada una de las partes termina con una frase sin verbo, el punto inmóvil de un mundo en movimiento, evocando ahora un pasado que no se puede cambiar, apuntando después a un futuro aún sin forma, siempre igual y siempre diferente.

Frases sin verbo Hay varias clases de triunfo en esta novela, en la que se hace una investigación a la vez esmerada y placentera sobre una multitud de temas, desde la teología presbiteriana de finales del siglo XIX, el mobiliario de época y la cocina tradicional hasta la fabricación de bebidas carbonatadas y de pociones para curar el escorbuto. Y luego, la manera magistral en que sus protagonistas parecen reflejar el espíritu cambiante de su tiempo, cobrando vida en el proceso, pero sin perder ciertos rasgos de familia invariables e inconfundibles, que parecen dar un sentido más profundo a sus vidas individuales. Y, finalmente, está la prosa de Updike, con su infalible justeza de tono y resonancia, su aguda visión y su benévola inteligencia, su cabal sentido del tiempo y del lugar.

La fe? repitió ella distraída. Su corsé, aunque menos feroz para la cintura y menos artificiosamente apretado que la figura de reloj de arena que estuvo de moda en su juventud, la aprisionaba; primero, desató las ligas, luego desabrochó los cierres en forma de bronce del frente para, finalmente, dividirse y salir de su coraza semielástica, del mismo modo en que se abre el rugoso abdomen de una langosta del Maine para acceder a la carne. Con un evidente alivio físico en su gran cara redonda, iba y venía por la alcoba embutida en su delgada camisa, como si no tuviera conciencia de la generosidad de sus dotes físicas .

Pero, sobre todo, se observa esa irónica aunque profunda simpatía de Updike por sus propios personajes y por los del mundo real, el fuerte y el débil, el piadoso y el impío, hombres como insectos sobre un papel matamoscas, atrapados en un tiempo histórico . Una simpatía que nunca pasa de ser más que eso, una mezcla de curiosidad, comprensión y confianza en los intercambios humanos que forman la base de la vida, una fe que va más allá de la religión o de la filosofía. Al igual que Teddy en su vejez, Updike es un hombre en paz, que aún expresa curiosidad por el mundo, pero que no tiene esperanzas de poder cambiarlo alguna vez . Una curiosidad que nos enseña a dejar las cosas como están, algo que en su caso ha madurado y florecido, convirtiéndose en lo que solo cabe calificar de sabiduría.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.