POSDATA A UN DESTAPE

POSDATA A UN DESTAPE

Quienes admiramos su pluma, quienes tantas lecciones de entereza y entrega por la profesión hemos recibido en largas jornadas de trabajo, esperábamos algo más contundente de quien por tantos años se había mantenido al margen de los convulsionados episodios nacionales de los últimos diez años.

11 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

Al bajar de su torre de marfil, Daniel Samper Pizano hace un diagnóstico sobre la crisis de la prensa colombiana en el que muchos estamos de acuerdo. No ha sido el primero en señalar los pecados, omisiones y excesos en que han incurrido los medios de comunicación. Tampoco el único en pedir que se les haga un juicio de responsabilidades por las equivocaciones que hayan podido cometer. Explicables, aunque jamás justificables, en el cubrimiento de una avalancha de hechos que desbordó la frágil capacidad de los medios para confrontar cada pedacito de evidencia que iba apareciendo en el desarrollo del más grande escándalo político de nuestra historia.

Era tal el alud de información mucha de la cual terminó siendo cierta que si nos hubiéramos aguardado, en aras de la ortodoxia profesional, a tener la confirmación plena de la veracidad de cada una de las piezas, hoy muchas de las denuncias no habrían salido todavía a la luz pública.

Que es la primera sorpresa. Daniel se prestó para un juego de ambigedades donde no es fácil establecer con claridad cuándo está atacando a los medios de comunicación y cuándo asumiendo una defensa de su hermano. Es comprensible que defienda con rabia y dolor al más cercano de sus hermanos, pero desconcierta que lo hubiera hecho a través de explosivas sutilezas.

No va con su estilo. Quemó unos ases que, bien guardados, hubieran sido demoledores en su momento. Daniel es un periodista noble que no se deja provocar fácilmente. Y aunque está en todo su derecho de opinar, me pareció innecesario, por lo enigmático, su destape. Si alguna posición era seria y consecuente, en medio de tanta locura, era la suya: la de mantenerse a un lado de lo que pasara antes o después de esta administración, sobre todo luego de que estallara el escándalo del 8.000. Más desconcertante todavía, como lo dijera DiArtagnan, cuando hace tantas insinuaciones generalizadas, sin precisar a quién se refería con sus fuertes indirectas.

Daniel pierde de vista que lo que está en cuestión no es la honestidad de Ernesto Samper. Nadie, salvo unos poquísimos periodistas deschavetados, puede decir que se haya lucrado del narcotráfico. De lo que estamos hablando es de un Gobierno que fue elegido con dineros del narcotráfico y de un candidato que, así no lo supiera, no puede rehuir la responsabilidad política que recae sobre él.

Daniel bien sabe, por la cantidad de averiguaciones que adelantó cuando era jefe de la Unidad Investigativa de EL TIEMPO, la calidad de ciertos personajes que se botaron a rodear al candidato para hacer mandados, seguramente a sus espaldas. Es una lástima que en lugar de haberlo asesorado en el manejo del gerundio galicado no le hubiera aconsejado cuidarse de esos políticos que, gracias al expediente 8.000, vinimos a saber que eran fichas del narcotráfico.

Con todo, Daniel omite, al margen de los virulentos ataques de algunos columnistas al Presidente y de la poco ética intromisión del sesgo editorializante en títulos e informaciones, hacerle algún reconocimiento, aunque fuera tímido, al papel que los medios de comunicación han cumplido en poner al descubierto, en un país tan peligroso como el que dejó Daniel cuando se fue para España, la promiscuidad entre la mafia y la política.

Daniel nos queda debiendo sus reflexiones más profundas y ejemplarizantes de lo que él habría hecho como periodista si este escándalo le hubiera estallado en sus manos. En eso es un maestro, y al reconocee que a lo mejor si hubiera estado presente no se habrían cometido tantas equivocaciones, creo que en la inoportuna entrevista a Semana se asomó más el hermano del Presidente que el magistral periodista.

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