ARTE PARA MITIGAR EL RUIDO

ARTE PARA MITIGAR EL RUIDO

Horst Papenhausen y Alicia Fuster viven en Colombia desde hace ya cuatro años, han expuesto su obra varias galerías de Bogotá. El año pasado realizaron una gran exposición en la Casa de Cultura Wiedeman de la Universidad de los Andes, en donde Papenhausen es profesor. Tanto Horst como Alicia participaron en el pasado Salón Nacional de Artistas de Colcultura y durante el presente mes Papenhausen dará un taller de artes plásticas en la casa del teatro, destinado a poetas, artistas, críticos e historiadores del arte. Hace ya 10 años ambos artistas abandonaron la pintura para dedicarse a sus actuales instalaciones, que se conocerán en Alemania en un catálogio especial con textos de varios críticos e historiadores, entre ellos el siguiente texto de Santiago Mutis.

11 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

El jazz nos salvó del castigo, del dolor, del desorden, del ruido... Las viejas casas al aire libre, solas, asoleadas, iluminadas por el paisaje, quietas en el silencio, brillando tenues bajo estrellas azules; las viejas casas de campo, rodeadas de luz, cruzadas por las sombras de las nubes, por el viento suave como un dios niño transparente jugando con las cortinas. Esas viejas casas son hoy una idea perdida, en las llanuras consteladas de la memoria, de la vida hecha sueño, tan humana, tan lejana...

De aquella fase ya olvidada una leve sombra acogedora en esta tierra insolada hemos despertado, en una ciudad de casas aglomeradas, hecha para gigantes, para multitudes, para todos los oficios, para ancianos, para enfermos, para locos, para niños, para criminales, para viajeros... edificios que formaron ciudades, bosques nuevos para criaturas nuevas, y sus calles y sótanos, sus fábricas y prostíbulos, sus radios y sus chimeneas, sus ejércitos y máquinas levantaron una gran flor oscura y confusa, deslumbrante y viva, en donde nació un terrible ser desconocido, una bestia terrible, que acecha las cunas, la niebla de los moribundos, las aguas embotelladas, el azul de los sueños; criatura informe y malsana: el ruido.

Como hojas secas en una pira, el ruido quemó el silencio y la música, los instrumentos construidos para llamarla, para recordarla, para echarla a volar en el aire como a un pájaro. El ruido de los hornos, el chirrido de las puertas, el sonido sonámbulo de los ascensores, el ritmo agónico de las máquinas, el canto de sirena de los metales, el mugido de los trenes, el silencio insoportable de los corredores de los orfanatos...

De aquí surgieron nuevas músicas, para domesticar el monstruo, para atrapar el grito del cobre y de las herramientas, los golpes de las cerraduras, la luz de esa voz subterránea que es la herrumbre, y hacer música con esos ruidos que muerden al hombre, darles forma, limar sus escamas, amasar su óxido, hacerlos cantar la vieja fe del hombre, la antiquísima espera de lo imposible. Y una vez más, el hombre hizo música. Por eso músicas como el jazz nos salvaron del caos, del sufrimiento de no entenderlo, de las astillas del mundo: el ruido.

Algo muy similar está haciendo Horst Papenhausen: devolvernos el asombro por los sonidos viendo lo insólito en lo cotidiano aceptar los objetos que los producen, conciliarnos con la gente de las ciudades y sus nuevos grillos.

Así, nos admiramos del tic-tac que tiene un chaleco en la oscuridad o una habitación vacía; el ruido del agua que pasa por entre las paredes o asoma en nuestro baño; de aquello que hierve en las cocinas; del eco de un metal que vuela por el patio; de la voz de una pala; del canto tosco de una botella que se llena... Aprender a oír como un jovencito que recorre un instrumento musical con puentes y calles ciegas, con escaleras de caracol y lugares donde no cae la lluvia, un instrumento musical tan grande como una ciudad. Y esta idea me absorbe. Oír la canción de los túneles y las plomadas, domesticar el rumor de los espacios vacíos, el ruido de los inodoros, reconocer el viento en unas tiras de papel, el vértigo ronroneando en la oscuridad... Conjurar las dos más grandes soledades del mundo: el ruido de las estrellas y el canto de las escaleras eléctricas.

Sobre el mapa de Alemania, Papenhausen ha colocado, como gigantescos radares, una docena de parlantes, dispersos por todo el país. Al acercarnos, cada parlante nos hace descender al sonido de algún lugar. Así, creo haber oído la vieja estación de una ciudad de provincia y la llegada del último tren nocturno; la nieve cayendo sobre una pequeña aldea; las lecciones de piano de un niño de 7 años; la voz de mi madre que nos llama a cenar; una antigua canción de cuna; una máquina de coser al fondo de una habitación... Seguramente así se acerca Dios a nuestras vidas cuando no puede resistir la curiosidad ni el amor por escuchar lo que piensa allá abajo un niño que intenta espantar el miedo y dormirse.

En este mismo mundo, Alicia Fuster crea ilusiones, materializa recuerdos, impone en sitios públicos la anunciación de su propia intimidad. Como un lapsus que hace saltar de la palabra párrafo un pájaro inesperado, sobre la blanca pared de un aeropuerto la luz del sol crea la desmesurada aparición de la puerta entreabierta de la habitación de nuestra infancia, y la luz de aquellas noches azules se asoma a nuestros días y nosotros a su tiempo apacible y encantado. Pintura, escultura, ilusión, murmullos luminosos en donde quedó atrapada nuestra niñez, hechos solo para nuestros ojos.

Tarde, en la noche, se enciende por unos segundos la luz de la escalera, pero nadie viene. Esta expectativa, este deseo, este latido del alma, esta vida posible es lo que Alicia Fuster pone ante nuestros ojos. La mayor parte de las veces cuando uno oye que llaman a la puerta es que hay alguien. Así pasa también con ese invento extraordinario que son las escaleras, objetos que nos llevan a otra parte, algunas veces. Y así con las esculturas de Papenhausen, que debemos afinar como un instrumento musical; y con las escaleras de cristal y las puertas de luz de Alicia Fuster.

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