A SATINGA SE LA LLEVA EL AGUA

A SATINGA SE LA LLEVA EL AGUA

El canal que en lo alto de la montaña construyó un aserrador para facilitar el transporte de la madera condenó a la desaparición la localidad de Bocas de Satinga.

10 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

Cada semana, el río Sanquianga, cuyo caudal aumentó con el paso de agua del Patía, se lleva dos o tres casas, cuentan los habitantes.

José Alvarez Cuero Sinisterra, de 60 años, tuvo que abandonar hace 14 años el corregimiento La Pieta, a una hora de Bocas de Satinga, pues su vivienda desapareció en las aguas del Sanquianga.

Recuerda que en los años siguientes a 1972, cuando se construyó el canal Naranjo, bautizado con el apellido del maderero que lo construyó para pasar troncos del Patía al Sanquianga, medía solo dos metros de ancho y uno de profundidad. Con el paso del agua ahora mide más de 30 metros de ancho.

En Bocas de Satinga, como se le conoce al municipio Olaya Herrera, el miedo cobija a sus 22.840 habitantes, que ven con temor cómo el cauce es cada vez más caudaloso y ancho.

Durante los últimos 20 años, en su recorrido por Bocas de Satinga, el río pasó de 60 metros a más de 200 entre una orilla y la otra, arrasando viviendas y cultivos.

Pese al drama, no hay un censo definitivo de los damnificados. Durante el invierno pasado el cauce dejó ese crecimiento paulatino y ganó varios metros en cada orilla, causando numerosos daños.

Ahora, del muelle solo queda una parte de estructura en concreto, cada vez más alejada de la orilla.

El río se llevó también establecimientos comerciales y algunas viviendas, lo que generó la alarma. Por lo menos 100 familias resultaron afectadas.

Entonces, los damnificados ocuparon terrenos privados y del municipio.

Los concejales Abel Garcés y Manuel Antonio Pineda explican que fue instaurada una tutela por el derecho a la vivienda y la salud y pese a que se definió la reubicación hace seis meses, nada se ha hecho hasta el momento.

Los habitantes de Satinga se quejan que hasta aquí no ha llegado ninguna ayuda del Estado.

A la localidad se llega después de 12 horas de viaje en buque desde Buenaventura, en el Valle del Cauca, municipio con el que se realiza la mayor parte del comercio, especialmente la venta de madera y productos agrícolas como el plátano, borojó, zapote, maíz y coco.

El pasaje en buque tiene un costo de 10.000 pesos a Buenaventura, mientras a Tumaco, ubicado a solo cuatro horas al sur, tiene un precio de 20.000 pesos. La situación se explica por el poco recorrido de buques con destino a Tumaco.

Toda la ayuda se limita a la presencia desde el Valle de una comitiva organizada por la Gerencia del Litoral Pacífico, con algunos mercados y una brigada médica.

A esa situación de abandono se suma que el municipio está sin electricidad hace cuatro meses y sin teléfono -servicio que Telecom entregó a un particular- desde hace dos meses.

Sin tierra para cultivar, los trabajos de construcción y ventas ambulantes son las ocupaciones ocasionales.

Como a Cuero Sinisterra hace 14 años, a los nuevos afectados les tocó alojarse en las casas de sus padres, hermanos o allegados, en espera de un punto definitivo dónde reorganizar sus vidas.

Por lo menos hasta que el agua llegue hasta estas viviendas y también se las lleve, porque todos coinciden en que Santinga desaparecerá.

Paradójicamente, los muertos tienen vivienda segura, ya que el cementerio queda al final de población y no corre riesgo.

En esta región es costumbre construirles rudimentarias casitas en madera o bien elaboradas en concreto, según la capacidad económica de los dolientes.

Sobre los orígenes de esta práctica hay distintas versiones. Unos señalan que se busca que los animales no destruyan las fosas, otros que son los particulares quienes dañan las tumbas y algunos afirman que se busca proteger del sol y el agua a los difuntos.

Es quizás el único cementerio que lo cruza un camino. Es paso obligado para centenares de personas rumbo al polideportivo y un barrio inconcluso.

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