Juego de espejos

Juego de espejos

Se ha cumplido este mes el 25 aniversario de la muerte de Jorge Luis Borges. Cuando sus libros llegaron a mis manos en la juventud, me sedujeron por igual su poesía y su prosa.

27 de junio 2011 , 12:00 a.m.

Aprendí de sus cuentos con pasión sedienta, buscando descifrar los arcanos del lenguaje, como él mismo diría, y en su poesía me admiré de hallar la continuidad vital del modernismo, una prolongación sabia de Darío.

Yo conocía al dedo a Darío, porque había sido amamantado en esa leche materna, y así, a veces, como en esos juegos de espejos tan caros a Borges, me parecía que había poemas de Darío que parecían escritos por Borges, como si uno se reflejara en el otro, por ejemplo este del año 1900, cuando Borges tenía un año de edad: La tortuga de oro camina por la alfombra y traza por la alfombra un misterioso estigma; sobre su carapacho hay grabado un enigma y círculo enigmático se dibuja en su sombra.

Esos signos nos dicen al Dios que no se nombra y ponen en nosotros su autoritario estigma: ese círculo encierra la clave del enigma que a Minotauro mata y a la Medusa asombra...

Y el poema La noche cíclica, de Borges, a su vez, parece escrito por Darío: Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras: Los astros y los hombres vuelven cíclicamente; Los átomos fatales repetirán la urgente Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras... Ambos adoraban la idea de la metempsicosis, la transmigración de las almas de un cuerpo a otro cuerpo, no importa la distancia de las edades. En el poema Metempsicosis, Darío cuenta la historia de Rufo Galo, el soldado que durmió en el lecho de Cleopatra, donde disfrutó un minuto audaz del capricho "de la imperial becerra", y lo paga con la vida: Yo fui llevado a Egipto. La cadena tuve al pescuezo. Fui comido un día por los perros. Mi nombre, Rufo Galo. Eso fue todo.

En el cuento de Borges, El inmortal, que está en El Aleph, otro Rufo, Flaminio Rufo, salta a través de las edades. El personaje dice: "Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto...".

Y el propio Borges: "Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal...". A lo que Darío ya le había respondido desde antes en El coloquio de los centauros: La pena de los dioses es no alcanzar la muerte...

Padre e hijo, maestro y discípulo, persiguiéndose y hablándose a través de las edades.

Tegucigalpa, junio de 2011.

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