ALFONSO PALACIO RUDAS

ALFONSO PALACIO RUDAS

Con el Presidente López Pumarejo llegó al poder una de las más valiosas generaciones de nuestra historia republicana. De su seno fue proyectado un equipo de tolimenses ilustres encabezados por el maestro Echandía, del cual formaron parte también Antonio Rocha Alvira, Carlos Lozano y Lozano, José Joaquín Caicedo Castilla y Rafael Parga Cortés.

07 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

El mejor discípulo de ese equipo de notables fue Alfonso Palacio Rudas, en cuya personalidad hizo simbiósis el hombre de Estado con el hombre de Universidad. Polémico como López, dialéctico como Echandía, jurista como Rocha, polígrafo como Lozano y economista como Parga, Palacio supo equilibrar la fortaleza de sus principios con la apertura al libre examen y el rechazo a toda forma de dogmatismo.

Palacio fue producto intelectual de un período histórico signado por grandes interrogantes. En el decenio del 30 al 40, enmarcado entre una crisis y una guerra universales, se vio compelido a descubrir otra manera de penetrar en el mundo de la ciencia económica y del pensamiento social. De esa búsqueda surgieron su vocación por la hacienda pública y su espíritu crítico.

Inició su larga carrera como Secretario de Hacienda del Tolima en 1934 y la culminó como miembro de la Asamblea Nacional Constituyente en 1991. Luego se retiró a escribir sus memorias. Fueron más de sesenta años alternando la política, la cátedra, la administracón pública y el periodismo con la dedicación de un estudioso, la idoneidad de un especialista y el talento de las mentes superiores.

Yo fui su alumno en la Facultad de Derecho. Procuré ser buen discípulo de su Cofradía de los que no tragan entero, cuyo espíritu libérrimo hizo notar, por contraste, la existencia de lo que él llamó la Cábala de los Devotos. Jamás pensé que ésta se extendiera en forma tan dramática sobre el escenario espiritual del país, y menos hasta los extremos que hoy nos avergúenzan. En su Cofradía, Palacio nos enseñó lecciones de dignidad e independencia. A no pensar por lo que nos dejaron pensado, ni a repetir lo que nos repitieron, ni a mirar por ojos ajenos ni a razonar por ajena razón. Ahora que ingresó a la eternidad, imitar su ejemplo de vida resulta el mejor tributo a su memoria.

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