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CONTRA LA VIOLENCIA, UNIDAD!

CONTRA LA VIOLENCIA, UNIDAD!

En Colombia padecemos de la muy desagradable manía de rotular a los demás. Aquí nos encanta ponerle a la gente marcas, etiquetas y marbetes para después asignarle puesto dentro de alguna estantería ideológica con la misma trillada frescura con que se clasifican y se ordenan las mercancías en un almacén. Tal vez la más importante de las causas de nuestra terrible violencia está en la costumbre de encerrar a los colombianos en compartimientos estancos sin más rasgo en común que la hostilidad. Torpemente se nos ha enseñado no que somos parecidos sino que somos distintos. Y que en vez de eliminar las diferencias lo que debemos hacer es acentuar, arrogantemente, nuestra particularidad.

La búsqueda de un propósito nacional es casi imposible en Colombia porque lo que priva entre nosotros es lo grupista o lo sectorial. Hasta dentro de los propios partidos políticos se perdió lo que justificaba su existencia que era una cierta homogeneidad. Hoy las colectividades históricas se han convertido en un mosaico de hirsutos egoísmos en pugna. Su principal característica es el odio intertribal.

En las últimas semanas se ha desatado dentro de una de ellas, el liberalismo, una nueva manifestación de esa especie de guerra personal. De un tiempo hacia acá, a los liberales se nos quiere rotular otra vez arbitrariamente como a las reses dentro de un corral. Según esa manera de pensar, somos, o debemos ser, socialdemócratas o neoliberales, y se supone que fuera de tales denominaciones no hay salvación.

Entre el Estado y el Mercado se ha desatado una guerra en la que se supone todos debemos comprometernos. O se matricula uno en la Internacional Socialista o se está con Adam Smith.

Me niego a participar en esa nueva división. Cuando el deber del país es buscar la unidad para enfrentar todas las formas de la delincuencia que, mancomunadas, lo quieren destruir, hemos resuelto inventarnos otro motivo de disensión. En vez de la gran convergencia nacional, que es lo que debemos estimular para salvar a la República, en gravísimo peligro de desaparecer como país civilizado y como entidad moral, se nos está invitando a participar en una controversia que no es otra cosa que una mala copia de debates casi escolásticos que se realizan en el exterior. Cuando aquí lo único común que tenemos es la violencia, nos sentamos a debatir si es mejor Friedman que Marx. Estamos en Bizancio. Con los bárbaros a las puertas, nos entregamos frenéticamente a la escatología conceptual.

De mí sé decir que no creo en los extremos, ni nuevos ni viejos, porque he visto, tanto a la derecha como a la izquierda, surgir y pregonar que van a dominar el mundo, para después derrumbarse con estrépito y, muy merecidamente, desaparecer.

De niño vi al fascismo y al nazismo avanzar sobre Europa y casi toda el Asia para luego ir a parar a los albañales de la historia de donde nunca debieron salir.

En esos días terribles triunfaban Hitler, Mussolini y los militaristas japoneses a quienes nada ni nadie parecía en capacidad de detener. Sin embargo las tranquilas y civilizadas gentes del Centro ese gran movimiento de las mayorías que no hacen estruendo y que aquí, cuanto antes, debemos organizar resolvió enfrentar a la barbarie y ponerle fin. El legado sangriento de la derecha en el poder fueron Auschwitz, Treblinka, el racismo y, desde luego, los 40 millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial.

Luego presencié lo que parecía el triunfo inevitable de Lenin y de Stalin, de Castro y de Mao Tse-tung, de Pol Pot y de Brezhnev, del socialismo científico y del socialismo real , hasta que de nuevo el Centro, moderado e inteligente, demostró que todo eso no era otra cosa que una superchería monstruosa y lo desenmascaró. Las consecuencias de la izquierda en el mando fueron el Gulag, las purgas, la ineficiencia, el atraso económico y social, la nomenklatura corrupta y por supuesto las decenas de millones de rusos y de chinos a quienes mataron el fanatismo y el hambre durante la doble locura de la colectivización stalinista y de la Revolución Cultural.

Durante muchos años vi también cómo los colombianos nos aniquilábamos unos a otros simplemente porque los de acá éramos liberales y los de allá conservadores, hasta que después de un espantoso e inútil desangre llegamos a la conclusión de que todo eso no tenía sentido y de que podíamos no solo coexistir sino convivir armoniosamente y en paz.

Hoy es la codicia la que nos divide y está a punto de aniquilarnos también. En Colombia se mata, se destruye y se pervierte, con la facilidad más grande, por el lucro, por la nuda ganancia, por la grosera utilidad. La violencia se ha vuelto económica y por lo tanto mucho más siniestra y más vulgar. La muerte está hoy en pública subasta: se arrienda al mejor postor.

En tan terribles circunstancias, proponerle al país nuevas divisiones, artificiales y sin sentido, es un acto de demencia, de estupidez o simplemente de turbia complicidad con el designio gangsteril.

Tenemos que convencernos de que a Colombia, para que sea rescatada de la terrible situación en que la han colocado la barbarie, la cobardía, la permisividad excesiva y la falta de autoridad, no la puede guiar un solo partido, ni orientar una sola voz. Hoy son más necesarias que nunca la solidaridad, la unidad, la generosidad y la compasión.

En otros tiempos, la violencia castigaba a unos y perdonaba a otros y eso explicaba, sin justificarla, la división. Hoy el infortunio nos golpea a todos, parejo, y por igual. Quienes ingenuamente creyeron que estaban protegidos y a salvo, en su capullo confortable, de los efectos de la iniquidad, lloran ahora ante las dolorosas consecuencias de su equivocación. No era cierto, como se dijo tantas veces, que a una parte del pais le podía ir bien mientras a la otra, periférica y lejana, le iba mal. A esa otra división arrogante, egoísta, insensible y pretenciosa el terrorismo indiscriminado le puso fin. Hoy todos somos iguales ante Pablo Escobar.

Por eso, esta es la hora de unir y no de dividir. Y de crear, con visión y con grandeza, un vasto y potente movimiento nacional que redima primero a Colombia y que después inicie su reconstrucción física y su restauración moral. Ante el espantoso poder nivelador de las bombas y el aterrador derrumbe de las cotas morales del país, solo tiene sentido la unidad...

Yo, por lo menos, ni acepto ni prohijo discrepancias o desacuerdos que ante la magnitud inmensa de la gran tragedia nacional carecen de toda significación. Para mí no hay un país liberal y otro conservador. Ni un país económico afluente y moderno que hay que estimular, y otro pobre y atrasado que es mejor ignorar. Ni un país olvidado que gime y que llora, al lado de otro que baila gozosamente la danza de moda en el ambiente liviano de un carnaval. Para mí hay un solo país que únicamente entre todos, y con un largo, duro y perseverante esfuerzo, podemos rescatar. En ese país, y en el movimiento que debe salvarlo, me he matriculado yo. En los demás, con mucha pena, no.

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