DOS AÑOS DESPUÉS

DOS AÑOS DESPUÉS

El lapso transcurrido de la actual administración será imborrable para el presidente Ernesto Samper y, desde luego, para el pueblo colombiano. Se cumple la primera mitad del gobierno y podemos afirmar que este, sin lugar a dudas, es de los más convulsionados en nuestra historia. No ha habido mandatario alguno que haya sido objeto de tantas y tan graves acusaciones, acompañadas siempre por parte de sus severos críticos de vocablos hirientes, ofensivos y, algunas veces, de una agresividad desmedida. Tampoco habíamos conocido los colombianos un destape igual en cuanto a la tenebrosa infiltración de los dineros del narcotráfico en las altas esferas políticas. Hay en la cárcel varios congresistas y un procurador, y se están adelantando muchísimas investigaciones que buscan castigar a quienes desde altísimas posiciones del Estado han servido no a su pueblo sino a los carteles de la droga.

07 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

Por lo enrarecido que está el ambiente se torna muy difícil hacer un balance de gobierno desapasionado y objetivo. Cualquier intento por realizarlo encuentra atravesado en su camino el espectro de un narcotráfico todavía amenazante y con gran influencia en la vida colombiana. Tanto, que ha conseguido dividir a la opinión: la mitad cree que el presidente Samper debe renunciar al haberse comprobado que su campaña fue financiada con dineros de la droga y la otra mitad que debe permanecer en el cargo. Se llegó a episodios que pudieron haber transcurrido por caminos de juridicidad, con el respeto de la opinión, pero que pronto fueron cuestionados y objeto de violentas críticas para restarle legitimidad. Al punto de que se hizo inocultable un odio casi que enfermizo contra el Jefe del Estado.

Si a estos dos turbulentos años se suman los síntomas de una recesión, producto de factores externos y de la incertidumbre sembrada por la crisis política del actual gobierno, podríamos anticipar que la otra mitad de su debilitada gestión puede ser de consecuencias devastadoras para un país con una pesada carga de problemas y con su única carta de presentación ante el mundo, su estabilidad económica, comenzando a mostrar preocupantes indicadores. Lo que nos falta por recorrer puede ser más tortuoso y peligroso que lo que ya recorrimos con tantas dificultades.

Con todo, y de no haber sanciones económicas por parte de los Estados Unidos, todavía se mantienen las esperanzas frente a la posibilidad de un buen comportamiento de la economía. Las alarmantes cifras de desempleo podrían deteriorar todavía más la situación de inseguridad que castiga a las principales ciudades. Y aunque la inflación se mantiene controlada, el balance económico dista mucho de ser el ideal. Es cierto que el Gobierno ha hecho esfuerzos por llegar a las clases menos favorecidas y que se ha endurecido la lucha contra el narcotráfico. Paradójicamente, el fantasma de este último sigue restándole más que sumándole puntos a la administración Samper.

* * * * * No nos cansaremos de reiterar que lo único patriótico y necesario para procurar que la actual situación no desencadene males de consecuencias imprevistas es calmar pasiones, acallar odios y, en un clima sin tantas tensiones, llegar al sacrificio, ciertamente grave, de que el Presidente en una sabia decisión abandone el poder. Cuando hace ya unas semanas hicimos un comentario sobre la difícil situación del país y lo acompañamos de una respetuosa sugerencia, también reiteramos otra inquietud: con la decisión, si el Presidente la adopta, de renunciar desaparecerán todas las causas de este drama que vivimos? O será que, por el contrario, los nuevos vientos que soplen no lograrán desplazar con furor de huracán a los malos que hoy tienen al país en medio de una tormenta que hace muchos días no nos permite ver el sol? En estos dos años es justísimo reconocer que ni una sola vez la democracia que vive Colombia se ha interrumpido o visto amenazada. Ni los más feroces opositores podrán tildar de tiránico, en lo que se refiere a la libertad de expresión, al presente gobierno. Porque gozamos de la más absoluta libertad de prensa, a veces no la apreciamos en su verdadera dimensión ni nos fijamos nuestros propios límites para preservarla y fortalecerla.

Este siete de agosto, día histórico, cuando el pabellón debe izarse con orgullo y emoción, sí que pide cordura; y avistar con serenidad el futuro que nos va a tocar enfrentar. Como ese día que en Boyacá se selló una de las batallas definitivas para la independencia de Colombia, cuando a la nación la amenazaban tiempos muy difíciles, es bueno recordar a los patriotas la necesidad de luchar por su país. Que no se apague el espíritu de 1819 sino que persista, aún con más fuerza, en los días de pugnacidad, de enardecimiento, para que la sangre que se derramó en tan histórica batalla se convierta en bandera blanca de reconciliación. Que mucho la necesitamos.

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