Abrocharse los cinturones

Abrocharse los cinturones

Termina una memorable legislatura, quizás apenas comparable con la del famoso "revolcón" de la administración Gaviria, cuando el país adoptó un nuevo modelo económico que, por cierto, sigue vigente. No cabe duda de que el actual gobierno está en proceso de ganarse el apelativo de "reformista", que refleja la decisión de aprovechar las mayorías y el capital político para cambiar el llamado statu quo.

12 de junio 2011 , 12:00 a.m.

Pero es prematuro cantar victoria. Pese a la gran cantidad de leyes aprobadas en las últimas dos semanas, las transformaciones iniciadas son aún trabajo en marcha. El mejor ejemplo es la Ley de Víctimas, que, pese a la dificultad en su expedición y a la notoriedad que ha recibido en el exterior, realzada por el propio Secretario General de las Naciones Unidas, tiene todavía un largo camino por recorrer.

El estatus de ley "histórica" se logrará cuando sea apropiado hablar de un antes y un después, lo cual requerirá dosis altas de firmeza, capacidad institucional y recursos. Solo así regresaran las tierras a sus propietarios legítimos, para citar apenas una de las muchas posibilidades que ofrece la ley.

Algo similar ocurre con los dos actos legislativos que han dominado esta legislatura: la reforma del sistema de regalías y la introducción del criterio de sostenibilidad fiscal en la Constitución. En los dos casos, su futuro dependerá de las leyes que al desarrollarlos logren una mejor asignación de recursos fiscales. El tema central es que, a través de las nuevas herramientas, el Gobierno recupere la capacidad de ahorro, término que desapareció por completo del lenguaje fiscal en nuestro país.

También hay que decir que le corresponderá a la Corte Constitucional interpretar el principio de sostenibilidad fiscal. Esta será la verdadera prueba ácida, pues hasta la fecha la Corte ha tendido a ver la sostenibilidad fiscal como un capricho de la tecnocracia y no como el pilar para el desarrollo que es.

Los dos actos legislativos no podrían ser más oportunos. Todo indica que el país está ad portas de un auge económico extraordinario, liderado por un fuerte ingreso de capitales internacionales. La experiencia y la teoría indican que el ahorro fiscal es el único antídoto para evitar algunos efectos colaterales indeseables, como la revaluación. Entre enero y mayo de este año, la Inversión Extranjera Directa llegó a 5.752 millones de dólares, un 56% más que en el mismo periodo del 2010. La capacidad del Gobierno para impulsar una agenda, que agrada a los mercados, la confianza externa confirmada por las calificaciones de "grado de inversión" y la inminencia del TLC con EE. UU. son razones de sobra para esperar que se aceleren aún más los ingresos de capitales.

En estas circunstancias, lo recomendable es abrocharse el cinturón, no solo para el fuerte despegue que se viene, sino porque seguramente habrá mucha turbulencia. La economía global hoy en día es tan volátil como impredecible.

El panorama se debate entre una crisis profunda del euro, las guerras fiscales entre republicanos y demócratas en los Estados Unidos y los problemas del Medio Oriente, que afectan el precio del petróleo y, por esa vía, a la economía global. Pero hay una razón más de peso para justificar la conveniencia de apretarse el cinturón. En las actuales circunstancias, no hay ninguna necesidad para que el Gobierno endulce más la situación de la economía colombiana a punta de gasto público. Las condiciones son ya muy favorables y no se requiere estímulo adicional. Por el contrario, es el momento de reducir la deuda, acumular activos en el exterior y fortalecer de una vez la situación fiscal. Qué mejor mezcla que la de un gobierno reformista con una gran responsabilidad fiscal. Sin este último componente, el primer nubarrón que se atraviese en el horizonte se encargará de recordarnos que este buen momento es pasajero y que en vez de hacer historia lo que logramos fue simplemente que la historia se repita. Twitter: @MauricioCard

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