Carmen, la hija única de El Morro

Carmen, la hija única de El Morro

Santa Marta. "¡Me siento orgullosa de ser la única persona que nació allá!", exclama Carmen Coronado Libernal, señalando desde la playa de la bahía de Santa Marta la enorme roca que emerge del mar a unos tres kilómetros de la orilla, conocida como El Morro.

12 de junio 2011 , 12:00 a.m.

A sus 63 años, esta mujer delgada y de cabello corto y rubio, asegura que nunca ha pisado el lugar donde nació. "Lo conozco por fotos y por las imágenes que muestran en la televisión, pero para lo que me contaba mi mamá eso está acabao. Ahí no hay ná", dice, y señala otra vez hacia la roca.

Carmen vino a este mundo la madrugada lluviosa del 18 de octubre de 1947, en una de las tres habitaciones de la casa de material que ocupaban desde hacía cinco años sus padres, en la parte baja de El Morro, uno de los fuertes que sirvió de protección a la ciudad contra el ataque de piratas y corsarios. Su madre, Alejandrina Libernal, que tenía 7 meses de gestación, confundió los dolores de parto con una indigestión después comerse sin remordimientos una olla de avena antes de acostarse. Pero a las 10:30 de la noche entendió que todo ese malestar (vómito y diarrea) no era más que el apuro de su segunda hija por nacer anticipándose a sus cálculos. Roque Jacinto Coronado, su esposo, estaba hecho un manojo de nervios. Había intentado llevarla en una canoa hasta el hospital San Juan de Dios de Santa Marta, pero el mal tiempo se lo impidió. Así que no tuvo más remedio que estrenarse como partero recibiendo a Carmen, que vio la luz a la una de la mañana. Siguiendo las indicaciones de su mujer, le cortó el cordón umbilical con una cuchilla de afeitar y le echó yodo para evitar una hemorragia. "Era una cosita de nada, chiquitica", recuerda doña Alejandrina, quien a sus 83 años aún se conserva lucida y habla con la voz ronca y pausada. Tenía previsto mudarse a los ocho meses a la casa de una tía que vivía cerca del cementerio San Miguel, en el centro de Santa Marta, por lo que había llevado desde antes todo el ajuar de la bebé para allá, y como se anticipó el parto no tenía nada que ponerle. Los primeros ocho días, las camisillas y calzoncillos viejos de don Roque hicieron las veces de sábanas y pañales, hasta que el mal tiempo les permitió ir a la ciudad. Ese día, los pescadores que lanzaban sus atarrayas en la playa, al verlos llegar se acercaron a preguntar por 'La Morrera', remoquete con que llamaban a Carmen en su infancia, quien venía escondida en el pecho de su madre. Después de la 'dieta' que guardó doña Alejandrina, se regresaron para El Morro, y allí estuvieron los siguientes ocho meses hasta que su padre fue despedido de su empleo como vigía de las embarcaciones que llegaban a la bahía desde Aruba, Panamá y Estados Unidos. Por eso, Carmen, bautizada con ese nombre por la devoción de su madre por la patrona de los transportadores, no recuerda la vida en El Morro, donde sus progenitores criaban gallinas que les vendían a los turistas que visitaban el lugar y se abastecían del agua lluvia que sacaban de un aljibe o que brotaba de una piedra. "Yo nací allí y quiero regresar un día de estos para conocer el lugar", dice Carmen.

Una roca orgullo de samarios Ahora, mientras Carmen Coronado Libernal camina por la playa, llevando a su mamá Alejandrina de la mano, los lancheros se les acercan para ofrecerles un paseo por la bahía. -¿Cuánto cobra hasta El Morro?, pregunta Carmen.

-Las puedo llevar a 10.000 pesos por persona, 'seño', responde el lanchero.

Carmen queda pensativa y le dice que será otro día porque quiere ir con toda la familia (su marido y sus tres hijos).

"Toda la vida he tenido ganas de ir allá", dice con nostalgia.

"Pero no se ha dado. Antes decían que eso era del Ejército y que no dejaban ir a nadie y ahora es que están llevando viajes", añade con la mirada fija en El Morro, la roca que los samarios tienen como orgullo y que sorprende a los visitantes

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